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CONFLICTOS DE PAREJA Y CONFLICTOS SEXUALES

Xavier Serrano Hortelano

(Psicoterapeuta caracteroanalítico, Orgonterapeuta especializado en sistemas humanos, Trainer de Vegetoterapia caracteroanalítica individual y en grupo, Director de la ES.TE.R.)

Transcripción: María Clara Ruiz

(Conferencia realizada en marzo de 2003)

    

    

Una pareja se constituye cuando dos personas llevan un tiempo manteniendo un lazo amoroso y un proyecto común, preferentemente en un contexto de coexistencia, cohabitación y convivencia. Independientemente de la opción sexual que hayan elegido, desarrollan un sistema que va creando sus propias leyes independientes y paralelas a las del funcionamiento de la estructura individual. Tienen una dinámica particular con tiempos de relación afín, creando una identidad común, además de la individual ya existente. Estos son los aspectos que permiten conocer si hay bases reales en la relación, pues el antes, el durante y el después de la convivencia son momentos diferentes.

Partiendo de esta base, encontramos dos tipos de pareja: la “pareja soltera” y la pareja familiar. En la primera están las dos personas que cohabitan en ese sistema. Por su parte, la pareja familiar se forma cuando se crea una familia, que es uno de los objetivos en el proceso de desarrollo de algunas parejas, por lo que sigue habiendo una relación de dos, añadiendo satélites a su alrededor, que son los niños y las niñas de esa familia.

El sistema de la pareja soltera es diferente al de la pareja con familia, y es frecuente que los conflictos aumenten en una proporción muy elevada a partir de tener el primer o segundo hijo. Se habla de este momento como la "prueba de fuego", aunque antiguamente recomendaban -y aún algunos psiquiatras lo hacen- que las parejas con dificultades tuvieran algún hijo que otro, evitando así entrar en contacto con el conflicto. Pero esta no es una solución, al contrario, significa extenderlo a tres o a cuatro personas más.

Lo que sí es cierto es que es una prueba de fuego para la relación de pareja porque la atención que exige el cuidado de un niño o de una niña en un sistema social como este, que da muy poca o ninguna facilidad para la crianza de los hijos, permite que se destapen más los conflictos que pueden estar latentes en la pareja, como son los que están vinculados a la comunicación, a las tareas cotidianas, al deseo y a la sexualidad, por lo cual, el riesgo de una crisis más aguda es mayor cuando empiezan a plantearse los hijos.

También es cierto que durante un tiempo las parejas con hijos están distraídas así que, en principio, pueden apaciguarse los conflictos porque se supone que están teniendo un objetivo común. Muchas parejas frenan su sensación de crisis porque empiezan a tener esa percepción de identidad colectiva y se fortalece una cierta identidad familiar. Entonces, de pronto los conflictos de la pareja se diluyen, pues hay unos focos de primera necesidad que atender, que son los niños. Pero ocurre que, con el tiempo, uno y otro recuerda que es algo más que padre o madre y se da cuenta de que la relación de pareja se ha diluido.

Es interesante ver que muchas parejas llegan a terapia cuando se agudiza la crisis, cuando al cabo de un tiempo la distracción de los niños ya no sirve porque la identidad de pareja vuelve a retomarse antes o después. Ya no hay que cambiar pañales, dar el pecho, estar pendiente de si se cae o no se cae, y de pronto las dos personas se miran una a la otra de frente y se dan cuenta de que están juntos todavía, de que el otro está ahí, durmiendo a su lado, y sienten el contacto después del tiempo de distracción.

Una pareja soltera que tiene esa identidad más a flor de piel tiene más tiempo, pero cuando se crea un sistema familiar hay tres identidades: la individual, la de pareja y la de familia. Hay que tomar en cuenta que la identidad familiar es más temporal que la de pareja porque, teóricamente, acaba cuando los niños ya tienen independencia. En la identidad de pareja el tiempo está determinado por lo que dure esa relación amorosa y por lo que las dos personas se planteen; entonces, en principio, el tiempo objetivo va acorde con la longevidad de cada sistema.

    

    

CONFLICTOS DE PAREJA

En general, los conflictos y las crisis en las parejas se pueden introducir en los siguientes cuatro apartados:

→ Un problema crucial y básico, es el de la comunicación

→ El manejo de las pulsiones. El convivir con la agresividad, la timidez, las vergüenzas, los conflictos de autoridad de cada uno.

→ El conflicto del deseo. La sexualidad es una pulsión, pero el deseo es un capítulo diferente en los conflictos de pareja.

→ Conflictos vinculados a las tareas de lo cotidiano, a la compatibilidad de caracteres y a los proyectos comunes o individuales.

   

Sin embargo, no todas las parejas son iguales. Con la visión del diagnóstico estructural (DIDE), desde el que partimos para hacer las evaluaciones, tanto individuales como de sistemas, podríamos hablar de tres tipos de pareja con ciertas diferencias básicas, especialmente en lo que se refiere al núcleo. El núcleo de un sistema está en la base estructural y esta es la suma de los dos individuos que la crean, partiendo de que, lo que aproxima a esas dos personas es la relación, es decir, el impulso amoroso, aunque lo que mantiene la convivencia sean otros aspectos, porque se ponen en marcha mecanismos patógenos como consecuencia de la propia ontología del núcleo y de los individuos que forman la pareja.

    

    

PAREJA SIMBIÓTICA

En esta unión las dos estructuras individuales se van fagocitando, de manera que se pierde la identidad individual, existiendo y permaneciendo solamente la del sistema. Hay una gran dependencia de una persona con la otra. Prácticamente todo lo que hace uno tiene que pasar por el beneplácito del otro y viceversa. La sensación de soledad es insoportable, no se toleran espacios vacíos y la responsabilidad pasa a ser prácticamente compartida del todo. Por tanto, llevan la dinámica cotidiana de una manera muy compartida, muy común y prácticamente son uno. Estas parejas pueden ser casi eternas, se acaban cuando uno de los miembros muere, se enferma o tiene algún problema. De hecho, viven conflictos muy fuertes en los duelos pues la persona que queda viva no puede soportar el dolor de la pérdida, porque el proceso simbiótico hace que prácticamente el alma sea compartida. Hay un alma y dos cuerpos.

Llegan a consulta en situaciones de duelo o en las que aparece una crisis, generalmente causada por factores externos, como puede ser algún problema de los hijos, la muerte o desaparición del otro miembro de la pareja, o porque alguno de los dos plantea el divorcio, debido generalmente a la existencia de una tercera persona, más fagocitante todavía que la anterior. En este tipo de personas existen más conflictos de familia que de pareja porque, al existir un núcleo tan simbiótico, todo lo que hay alrededor se pierde y esto incluye a los hijos, pues ellos no entran en ese núcleo, con lo cual no hay un sistema compartido. El riesgo de conflictos importantes de los hijos se debe a que no se crea un vínculo ni hay interacción, y los miembros del sistema no tienen energía o disposición para romper esta dinámica.

    

    

PAREJA NUCLEAR

Si en la pareja simbiótica había un solo núcleo, aquí vemos dos, en el que cada uno lleva una dinámica particular, o bien con los hijos, o bien con la vida social, siempre muy amplia. Es la pareja que cohabita pero en la que no hay contacto. Se pierde -si es que se tuvo alguna vez- el “estar con”, la sensación de complicidad, de enamoramiento, la participación, pero se sigue coexistiendo y podríamos decir que cada uno lleva vidas paralelas conviviendo dentro del sistema. Surgen conflictos de comunicación, pulsiones, deseo o proyectos, pero los miembros de la pareja tienen mucho empeño en dar la imagen de que todo va bien. Entrar en contacto con su disociación les llevaría a la crisis inmediata, entonces intentan mantener el sistema familiar a toda costa, apoyándose en él y convirtiéndolo en un objetivo de logro: la educación de los hijos, los objetivos sociales, el bienestar, etc. Para cubrir las necesidades del sistema y, al tiempo, las de las estructuras individuales, se mantienen dobles vidas. Aquí entran en juego los/as amantes, las distracciones, los proyectos con otras personas, y se vive una coexistencia sin núcleo, creándose así pequeños subsistemas dentro del sistema familiar, como son las complicidades y simpatías entre algunos de los miembros.

    

    

PAREJA ADAPTATIVA

Estas parejas son más conscientes de las crisis, porque tienen una identidad individual y conciencia de sí mismos, pero también desean una identidad de pareja. Sienten necesidad de vivir el deseo con su compañero/a, la comunicación, las pulsiones, la vida cotidiana. Es decir, hay una elección. Como son las que más entran en contacto con el conflicto, también entran más en crisis, aunque esto no significa que sean las parejas más críticas. Conflictos tienen todas, pero en esta estructura éstos pueden ser más vistosos. También son las parejas que optan más frecuentemente por una terapia. La comunicación aquí está vinculada con lo emocional y muchas veces se relaciona con momentos de agresividad, insatisfacción y queja. Esto no es negativo ni positivo, sino una situación que a su vez nos está mostrando la realidad social que vivimos.

    

    

RIESGOS DE LAS ESTRUCTURAS DE PAREJA

La suma de los aspectos positivos de las tres estructuras de pareja antes mencionadas, constituiría una pareja con un funcionamiento expansivo, es decir, dos personas con una confluencia y una relación amorosa, con independencia y realidad propias, que participan y comunican al otro las relaciones individuales, que crecen juntos y al mismo tiempo tienen proyectos comunes, en los que participan abiertamente respetando las diferencias, con deseo sexual, comunicación y manejo de pulsiones basado en el respeto y la tolerancia. Hacia la salud se tiende conociendo los límites y aceptando la realidad, porque hay que partir de lo que hay y no de un ideal, lo cual es muy peligroso. Trabajamos en la prevención de los sistemas familiares para que los hijos, quienes ahora están en la periferia del sistema, tengan una atención suficiente, afectos y emocionalidad adecuados, para que el día de mañana, cuando estén en el núcleo formado por ellos y sus parejas, actúen de una forma más abierta y amorosa.

Veamos entonces los riesgos de cada estructura de pareja:

    

    

Simbiótica

Junto a la aparente ventaja que tiene la situación simbiótica fagocitante, en la que hay una sensación de gran contacto y comunicación, y donde el uno es para el otro total, el gran riesgo que se produce es que esa simbiosis esté basada en el dominio. Es la relación de tipo sadomasoquista que se da en algunas parejas en las que se llegan a producir los malos tratos, la violencia doméstica y la sensación de completa nulidad de uno de los dos miembros. La relación amorosa se convierte en una relación de poder donde, sobretodo la mujer, vive un nivel de sufrimiento, soledad y dependencia, sometida por el hombre, y sin embargo constantemente lo justifica y mantiene la estabilidad de esa situación. Es decir, se hace cómplice porque es mayor la necesidad que tiene de su contacto y de permanencia con él, que todo el daño que sufre. Son personas que han perdido, o les han secuestrado el alma, porque participan ocultando la realidad de esta violencia.

Generalmente uno de los dos, que suele ser el hombre, niega que haya un conflicto y piensa que todo se debe al estrés, al trabajo o a la presión, además de tener el arte de convencer y, automáticamente, de calmar la ansiedad apaciguando la sensación de cuestionamiento que temporalmente la mujer se plantea. Por eso es tan difícil que ella salga de ese secuestro, porque se crea el síndrome de Estocolmo, es decir, la situación en que ella participa, avala y defiende al secuestrador, haciéndose cómplice de él porque ha creado una relación simbiótica, perdiendo su identidad y transformándola en la identidad de la pareja. No es nada si no está con él, no hay nadie más en el mundo que él. Eso significa que ha habido un proceso de alteración perceptiva, cognitiva, emocional e individual previamente, pero que curiosamente se produce a partir de la creación del sistema de pareja. Algo les ocurre a esas personas que dentro del sistema de pareja “enloquecen” y entran en la sensación de ceguera y dependencia mutua completa.

Recordemos que en la pareja se reproducen roles, dinámicas pulsionales y de comunicación, que están condicionados por el sistema familiar vivido con antelación, incluso, no ya solo por el sistema familiar, sino por algo más irracional, inconsciente y arcaico, que son los condicionantes vinculados al primer sistema de pareja: la diada con la madre, pareja funcional simbiótica muy fuerte. Lo acontecido con esta relación influye en las parejas posteriores. De hecho, podemos partir de la base de que, precisamente, las parejas simbióticas no perciben al otro o a la otra como alguien real, sino que viven la imagen idealizada de la madre. A quien buscan, con quien quieren estar, con quien sienten que están, con quien viven la compensación cotidiana de aquello que no han tenido es con esa madre, y experimentan el anhelo, la nostalgia de ese pecho perdido, de ese contacto no tenido, de ese calor, de esa sensación de afecto, de fusión, de piel. Entonces alguien pasa a ser la imagen de esa figura y automáticamente es secuestrada por ese atrapamiento energético, que convierte a las personas actuales de la pareja en una reproducción de la diada madre-bebé, donde uno de los dos hace el papel de madre. Esa necesidad es tan grande que cualquiera que representa esto, automática e inconscientemente se ve atrapado, pues partimos de la base de que no solo nuestra voluntad es dueña de la realidad. Más allá de nuestros actos y de nuestras acciones volitivas existe un condicionante del inconsciente, formado por la suma de insatisfacciones, frustraciones, heridas, huellas y cicatrices que no acaban de cerrarse, vividas en momentos históricos que se han dado dentro del sistema familiar y donde nuestra necesidad de afecto ha sido muy grande. Tomemos en cuenta que primero estamos en la periferia de un sistema y luego pasamos a ser núcleo de una pareja. En el caso del sistema familiar en el cual los hijos se ven afectados por la falta de contacto con el núcleo, es comprensible que, en el momento en que alguien entra en contacto con ellos, se fagociten. A partir de ahí se puede crear esa pareja tan particular, o también la típica pareja adaptativa, que conocemos más frecuentemente.

    

    

Nuclear

La relación de convivencia se convierte en una relación de intercambio de intereses, se rutiniza la vida, los años van pasando alrededor de alguien a quien no se deja y tampoco se crea otro sistema, por intereses vinculados a ideologías, economías o pulsiones. A veces se trata de pactos verbalizados, es decir que no necesariamente responden una dinámica hipócrita o cínica. Hay pulsiones muy particulares que les mantienen, pero donde no hay contacto, comunicación ni proyecto. Hay soledad, rutina, monotonía y vacío compartido, que es lo que caracteriza a este tipo de pareja. Otro riesgo es que esta dinámica va creando en sus miembros una sensación existencial de descenso de la autoestima y va corroyendo la identidad individual. Además, pasan los años y esos intereses que han estado manteniendo la dinámica del sistema empiezan a no ser tan palpables ni tan necesarios, o empiezan a ser sustituidos por otros, porque la edad modifica la percepción y va creando cambios existenciales.

Las personas que mantienen esta estructura de pareja llegan a la consulta con la sensación de no saber qué pasa. Se quejan de no estar a gusto, de pelear mucho, de no pasar tiempo juntos. Cuando entran en contacto con la realidad del tiempo, se dan cuenta de que el conflicto viene de quince o veinte años atrás y que ya no tienen las posibilidades que hubieran tenido antes, de crear un nuevo sistema. El pánico consigue que vuelvan a cerrarse y a seguir con su vida, intentando que no pase nada. No solo no quieren plantearse el cambio, sino que ni siquiera aceptan que se les nombre el fantasma de la separación. Por ese miedo no cambian su relación, pues esto significaría mirar al otro y enfrentarse con la realidad de la pareja y del sistema. Y si lo miran muy de cerca, puede pasar que esa realidad sea irreversible por haberse perdido -si lo ha habido una vez- el elemento inicial que vincula a dos personas, que es el impulso amoroso. Entonces el enamoramiento pasa a ser otra fantasía, pues ha desaparecido completamente, máxime cuando, por el camino, ha existido algún encuentro con otra persona en el que han podido recordar lo que es estar enamorado, aunque sean dos días, pero saben que con quien están ya no existe esa posibilidad. Recordemos que la sexualidad es un espacio íntimo, no social. Hay deseos y se elige cómo satisfacerlos, y una de las funciones de la pareja es ésta. Por lo cual, compartir la sexualidad fuera de la pareja significa socializar una función intimista, y esto está indicando que a nivel de núcleo hay una cierta insatisfacción o falta de identidad.

A pesar de todo, los miembros de la pareja nuclear permanecen y cada vez es más difícil plantearse la crisis y el contacto con la realidad. Para mantener esa situación de vacío y de convivencia en la rutina, es necesario que las estructuras individuales tiendan a la evitación del contacto con la realidad pues, si no fuera así, sería imposible mantener esta situación. Tienden entonces a estar más en lo social que en las dinámicas y necesidades internas, vitales y emocionales. Esto se proyecta al otro, y lo que es un funcionamiento individual pasa a ser un funcionamiento de pareja. Con el tiempo, se va creando un sistema muy rígido que a su vez va haciendo perder posibilidades individuales, y el planteamiento de la crisis es cada vez mayor y más complicado. Por eso las rupturas que se crean en parejas con esta estructura pueden darse, no por la terapia, en donde es difícil que haya una resolución, sino cuando se introduce un tercero, es decir, cuando la nueva persona que aparece en escena tiene más posibilidades de combinar intereses. Automáticamente y de forma visceral, brusca y rápida, se plantea la separación y el otro miembro de la pareja se queda en blanco. En el fondo no hay una separación sino una modificación del sistema, es decir, se deja a uno para seguir en la misma dinámica con otro, que parece ser más interesante por lo que tenga de más o de menos. En el fondo, se justifican las cosas para no sufrirlas.

    

    

Adaptativa

El riesgo de la pareja adaptativa es que continuamente está en conflicto, porque tiene un nivel de comunicación en el que hay pulsiones, deseo, tareas compartidas y proyectos. En mayor o menor medida están todos los elementos que conforman una pareja y hay también una relación amorosa, conformada por estructuras con caracteres diferentes donde se proyectan automáticamente las patologías, las neurosis y la coraza de cada uno, es decir, su propia estructura y su propio fuero interno, consecuente a su vez con la historia vivida que cada cual ha ido integrando.

Los sistemas sociales suelen ser “espacios basura” y los “basureros" principales son aquellos sistemas donde la posibilidad de castigo ante el conflicto, o de consecuencias graves ante la expresión es menor. Por ejemplo, el trabajo puede ser un basurero clandestino en el que se descargan indirectamente las pulsiones y el sistema familiar es, generalmente, el que recoge el monto de basura que las personas no pueden descargar completamente allí. La expresión se descarga mediante el conflicto y la sexualidad, y así se va manteniendo el sistema. Las parejas con esta estructura conviven en ese ambiente porque tienen un carácter que les lleva a tener una mayor expresión y a no conformarse con la sensación de vacío, pues no pueden acostumbrarse a no mantener comunicación, pero no saben cómo gestionar ese conflicto. Entonces van cerrándose y creando una dinámica de incomunicación, apagándose así la expresión del mundo interno de cada uno. Pero la emergencia de pulsiones puede ir a más, sobretodo mediante la agresividad, aumentando también la posibilidad de salgan fuera del núcleo de la pareja, por ejemplo hacia los hijos, los amigos, el trabajo, etc. Puede haber también una dispersión del deseo, que empieza a difuminarse, con lo cual la insatisfacción y la agresividad aumentan y, por tanto, la crisis y el conflicto se acentúan. Esto se vincula en ocasiones a la incompatibilidad de proyectos, repercutiendo a su vez en todo lo demás.

Si estas parejas acuden a un espacio terapéutico tienen un pronóstico más interesante que las otras. El problema es que piensan que solos pueden resolver este tipo de problemas, pero lo cierto es que cuando un sistema entra en crisis y ésta es progresiva y permanente, es común que aparezcan cada vez más defensas. Las personas se apoyan en el narcisismo y piensan que lo que dicen, piensan y ven es lo adecuado, porque su yo está por encima del yo del otro. En esa situación tiene sentido la existencia de una tercera persona que cumpla el rol de asistencia en los conflictos, en un contexto de terapia de pareja o de psicoterapia.

Si no pasa mucho tiempo, la conciencia de la crisis puede ser interesante porque facilita el darse cuenta de aquellos aspectos que no tienen que ver con la realidad presente de su convivencia, ni con las particularidades de cada uno, sino que son características que confluyen en ellos, condicionantes con un cierto predominio de las historias pasadas, vividas en sus familias históricas, como ya he descrito cuando hablé de la pareja simbiótica.

Entonces, a la canalización de pulsiones y frustraciones de lo cotidiano se suma el estrés, consecuencia del elemento inconsciente histórico, que se descarga sobre la persona con la que se vive. La pareja pasa a ser la figura donde se reproducen muchos de los aspectos de los roles históricos familiares, y como consecuencia de esto suceden situaciones que solo se pueden comprender desde la óptica de lo inconsciente, en un espacio donde se traduce ese lenguaje, que es el espacio terapéutico. Si se consigue entender cuáles son los elementos que confluyen en la cotidianidad de la pareja y que no forman parte de lo actual, es frecuente que las dos personas empiecen a entenderse porque se conocen mejor a sí mismas, y lo interesante es que se empiezan a conocer más el uno al otro, tanto en lo cotidiano como en aquellos aspectos que ni siquiera ellos mismos conocían, pero que al otro no le son del todo ajenos, porque sabemos que es mucho más fácil ver la conducta y el conflicto del otro que verse a uno mismo. Precisamente en el espacio terapéutico, que cumple la función de espejo, empiezan a darse cuenta de que hay ciertas dinámicas que afectan a la pareja y que provocan esos conflictos y estados de crisis.

En algunos casos, cuando se ha perdido el deseo puede seguir habiendo bienestar, comunicación, complicidad, desarrollo y crecimiento común, y es ahí cuando se plantea si ese deseo perdido se debe a algún aspecto que no se controla. De hecho, muchas veces la pareja recupera el deseo cuando se da cuenta de que su disminución estaba relacionada con un problema de comunicación o de evitación de pulsiones, en el que la pareja se ha ido inhibiendo y reprimiendo.

La separación es el último recurso aunque, afortunadamente, siempre tenemos la posibilidad de morir. Pero antes de eso se intenta permanecer, no por masoquismo sino porque puede ser parte del proceso de crecimiento. Pero lo que cuenta es la cotidianidad, y lo que está claro es que por el miedo a perder se muere, impidiendo la posibilidad de que los dos encuentren un camino más satisfactorio. En última instancia, puede ocurrir que los conflictos que se ven más claros en el espacio terapéutico sean irresolubles, porque haya una distancia, una diferencia y una sensación de insatisfacción irreversible. En este caso se asume la temporalidad de la relación, y la pareja opta por una separación amical, muy diferente a las separaciones destructivas que, a menudo, se viven como un eje de descarga con todas las consecuencias que tienen para hijos e hijas. Sea cual sea la consecuencia, al decidir enfrentar el conflicto, la crisis y la separación se pueden ver positivamente como un proceso de crecimiento y de desarrollo de la individualidad y, como hemos visto, del propio desarrollo del sistema. Entonces, la terapia de familia y de pareja es también un espacio de prevención de las dinámicas de aquellos que más indefensos están, que son los hijos y las hijas, porque todo lo que pasa en el núcleo está repercutiendo en ellos.

    

    

TRASTORNOS SEXUALES: EVALUACIÓN Y TRATAMIENTO

Una de las conclusiones a las que he llegado en la práctica clínica, es que solamente se puede hablar de trastorno sexual, con una definición y con una identidad clara del término, cuando hay una pareja con la que se está conviviendo y viviendo ese tipo de trastorno.

Trastornos sexuales no son trastornos genitales. Por ejemplo, en el caso de un hombre que no tiene erección cuando le gustaría, no podríamos hablar de un trastorno sexual pues, si fuera así, significaría que está viviendo un trastorno en la sexualidad, que va mucho más allá de lo físico. Pero si hay una relación amorosa en la que se siente bien, en la que su pareja le afecta, donde hay convivencia, comunicación, deseo y proyectos, y hay una incapacidad de erección al tener relaciones sexuales, evidentemente hay un trastorno de impotencia sexual. En una situación de dispareunia, cuando a la mujer le duele la vagina al tener relaciones sexuales, tendríamos que ver lo está diciendo su cuerpo con este síntoma. A veces estas reacciones somáticas están relacionadas con conflictos de pareja, y otras veces existían antes de vivir la relación, cronificándose con la pareja actual. De todas formas, la evolución de esa problemática va muy a la par con la resolución de los conflictos de la pareja.

Imaginemos la falta de deseo, lo que se conoce como falta de libido, tanto en el hombre como en la mujer. En los últimos tiempos es más frecuente la disminución del deseo en el hombre y parecen ser las mujeres las mas dispuestas. Actualmente, muchas parejas que vienen a sesión lo hacen porque el hombre ha perdido el deseo. Hace 15 o 20 años sucedía lo contrario. Desde la filosofía o la sociología podemos suponer que las dinámicas familiares y los roles han cambiado, y que la mujer ha fortalecido su identidad femenina y humana, es decir, que tiene mayor capacidad de expresión y de asentamiento de su realidad, agresividad y reivindicación. El hombre, por el contrario, está perdiendo su espacio, con lo cual hay una cierta crisis de identidad masculina, pues ya no funciona la dinámica machista. El poder se está cuestionando afortunadamente y el hombre no tiene aún otro modelo de actuación. El miedo a la mujer se está evidenciando más, pues antes se ocultaba con el desprecio, que ya no sirve porque la mujer se defiende, aunque hay quienes continúan en la misma dinámica, por desgracia. Pero el hombre tampoco quiere esa posición. Sin embargo, al no conocer otra, se defiende con un cierto replegamiento de afectos y se oculta, se bloquea y se cierra.

Lo que está claro es que la razón por la que la persona consulta a un terapeuta viene de la dinámica de la pareja, y que el trastorno se puede evidenciar y solucionar mucho mejor allí. También es cierto que a veces se detecta un conflicto sexual individual vinculado a procesos personales, por ejemplo a la culpabilidad sexual, a un sadismo encubierto muy fuerte hacia el hombre o hacia la mujer, a una situación neuromuscular de bloqueo pélvico que impide una apertura, a un vaginismo extremo en la mujer, o a una eyaculación precoz en el hombre, que muchas veces tiene que ver con una contención del sadismo.

Por esto, generalmente los conflictos sexuales se resuelven trabajando a la par en terapia individual y en terapia de pareja, con terapeutas distintos. El terapeuta individual tiene una relación específica con su paciente, y hay otro terapeuta que observa la dinámica de la pareja, trabajando así en equipo. Es el diagnóstico el que nos indica cuándo el conflicto sexual tiene que ver específicamente con una experiencia individual traumática, de abusos sexuales infantiles, de una relación particular con la madre, de una represión sexual muy grande, etc., que solamente se puede resolver en terapia individual, o cuándo se debe a un conflicto de pareja porque hay una rutinización, un camuflaje de pulsiones en que se evita la sexualidad porque, si se viviera, se viviría también el afecto, la comunicación y otros aspectos que se quieren evitar, reprimiendo el deseo y apartándose.

El diagnóstico estructural nos va a dar la pista de si estos trastornos han de tratarse individualmente, por ejemplo en Psicoterapia Breve, o si exige algo más, porque los trastornos sexuales a veces expresan conflictos de personalidad importantes, que exigen tratamiento global trascendiendo el síntoma, pues la sexualidad es muchas veces la consecuencia de problemáticas psicosomáticas específicas. Entonces, a partir del diagnóstico se irá definiendo la necesidad de un trabajo de pareja, o el trabajo compartido de terapia individual y de pareja.

    

    

     

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