Mesa redonda: LA PSICOTERAPIA EN EL NUEVO MILENIO

“Una profesión de riesgo”

   

Manuel Redón Blanch

Médico. Psicoterapeuta. Orgonterapeuta trainer de la ES.TE.R.

 

  

 

Desde una visión estructural de la maduración humana, junto con lo irrepetible de cada proceso de desarrollo, observamos ciertos cortes evolutivos que marcan diferentes realidades y que determinan lógicas funcionales diversas y que por lo tanto exigen también variadas formas de acercamiento para no violentar al biosistema. La visión del “terreno”, la noción de estructura, se impone si queremos ser respetuosos con las lógicas defensivas que a lo largo de la historia cada uno/a ha tenido que construir para sobrevivir. Me estoy refiriendo a que no es indiferente la carga genética que cada uno hemos recibido y que puede favorecer zonas de menor resistencia que se quiebren en épocas de crisis, tampoco lo es la calidad energética, la calidez del ambiente intrauterino en el que comenzamos nuestra maduración y que puede condicionar bien un fuerte sentimiento de seguridad fruto de la acogida cálida o bien una dificultad para el contacto fruto de una experiencia fría, la forma en que aconteció el nacimiento y fue respetado o no el ritmo del nuevo ser, la relación con la piel de la madre y su importancia como configuradora de la identidad, el ambiente familiar y la realidad del contacto parental, la influencia del entorno en el descubrimiento de la propia sexualidad y la mayor o menor permisividad en la expresión de los movimientos emocionales, la forma en como se resolvió la triangulación edípica, la incidencia del medio escolar en el placer por descubrir el mundo,..., y un largo etcétera de acontecimientos vitales y realidades biológicas que a todos nos estructuran a través del continuo que supone el proceso de la maduración humana. Sin olvidar que vivimos inmersos en una realidad social y cultural, definida hoy como postmoderna, que en sus aspectos más negativos, alienta y favorece la desconexión con las necesidades básicas del desarrollo afectivo y emocional humano.

 

Si como afirmaba F. Navarro en muchas de sus conferencias el 80% de la población de las sociedades occidentalizadas tiene una estructura debilitada, con improntas importantes en las etapas primarias del desarrollo, estamos abocados a conocer y desarrollar modelos específicos de intervención. Así la psicoterapia en nuestra época postmoderna occidental se encuentra con el reto de dar una respuesta al sufrimiento humano provocado por una paulatina depauperación de las relaciones afectivas humanas. Vivimos en una sociedad en la que se impone el alejamiento de las condiciones saludables para el desarrollo madurativo. La lógica capitalista de la globalización y del liberalismo económico conduce al empobrecimiento y la destrucción de los ecosistemas: tanto la misma Gaia, como los propiamente humanos. Paradójicamente entre las metas de esta sociedad postmoderna del siglo XXI no habría cabida para el sufrimiento, desaparecerían los ideales, la ética queda relativizada en aras de un éxito que eliminara la angustia al quedar enmascarada por una sensación de omnipotencia y de satisfacción inmediata ligada al poder y al poseer. En otro aspecto así como el modernismo nació montado en el entusiasmo de los ideales y la idea de que solo con la razón podíamos entender y transformar la realidad,  en cambio el postmodernismo lo ha hecho basado en el escepticismo y el desencanto, fruto también de los múltiples desastres que ha vivido la humanidad a causa de la fe ciega en una visión de la ciencia alejada de la vida. Ciertamente este retrato no está exento de elementos positivos: aumento de la información que permite nuevas formas de desarrollo personal, mayor autonomía, diversidad cultural con su correlato de mayor plasticidad y facilidad para el intercambio, desarrollo de métodos de análisis de la realidad más pluralistas y con un mayor reconocimiento de lo complejas e interrelacionadas que son las relaciones en la naturaleza, mayor incertidumbre pero también mayor holismo en el acercamiento a la realidad etc.

 

Vemos como el sujeto postmoderno no acepta la espera para el logro de la satisfacción, no tiene tolerancia ante el tiempo que requieren los procesos de elaboración, se identifica con la necesidad imperiosa del olvido y con la modalidad light de los vínculos en la sociedad actual. Somos individuos mucho más inclinados hacia lo ocular, lo visual y hacia la imagen convertida en culto en detrimento de la palabra sentida. Individuos más proclive a las soluciones mágicas o a los manuales de autoayuda y a las terapias que prometan una solución rápida del desajuste. Kundera lo refleja así en su libro “La lentitud”: “Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido... el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido...”. Y C. Katz lo reafirma cuando dice: “nuestra época está obsesionada con el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso, porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos... el lema sería olvidar para no comprometerse, en lugar de recordar para no repetir”. N. J. Carlisky define a la cultura postmoderna como la cultura del anti-insight que incluye no solo el deseo de no desear, de vivir la tensión del deseo que no se satisface inmediatamente, sino también de no recordar, pensar ni proyectar, es decir la cultura de la satisfacción inmediata. J. McDougall plantea el predominio de Narciso sobre Edipo en términos de la preponderancia de la lucha por la supervivencia con respecto al deseo. Supresión de los deseos más primarios en vez de represión y otras formas de defensa más elaboradas, como forma de escapar al sufrimiento. Individuos aparentemente muy bien adaptados a este modelo social, pero cuya adaptación se quiebra ante la vivencia del conflicto que los lleva rápidamente al escape, ya que la ansiedad que se genera es difícilmente vivida. Pero esta exageración del narcisismo, que dificulta enormemente las aproximaciones psicoterapéuticas clásicas encuentra su lógica en que el dolor y el sufrimiento primarios son demasiado angustiosos, demasiado comprometidos con la propia supervivencia, como para favorecer los mecanismos que nos acercan a él.

 

Ciertamente para nada estoy hablando de algo que pudiera entenderse como una moda, como una serie de hábitos y costumbres que se han ido desarrollando fruto solamente de tendencias culturales fomentadas por el sistema económico y alentadas por la publicidad. Sino que estoy hablando de las profundas huellas que están dejando en el proceso madurativo humano las condiciones de vida actuales. Y en función de los momentos evolutivos que han tenido mayor relevancia en cuanto a las huellas dejadas, tendrá que ser la lógica que guíe nuestro acercamiento terapéutico. No es igual el miedo que rememora el peligro para la vida que supone una amenaza de aborto, que el miedo suscitado ante la castración fantaseada. No podemos posicionarnos de igual manera frente a una persona que padece una contractura muscular crónica y dolorosa fruto de la inhibición de la rabia oral que ante un proceso degenerativo global del biosistema en donde se manifiesta una debilidad extrema y arcaica.

 

Volviendo al análisis biopsicosocial me arriesgo a afirmar que la sociedad postmoderna, en sus aspectos más negativos, es una sociedad borderline. Una sociedad mayoritariamente formada por individuos con una fuerte marca madurativa anclada en el desarrollo deficiente de la dependencia oral de los primeros meses de vida y que pese a posteriores compensaciones a lo largo de todo el proceso de crecimiento, esta marca continua activa, más o menos latente. Una sociedad que favorece que nuestras consultas, escuelas, barrios, pueblos, ejércitos, gobiernos e instituciones estén muy influenciados por esta estructura predominante entre sus miembros.  Resulta cuanto menos curioso, aunque creo que puede deberse a lo variopinto de las manifestaciones que emanan de esta estructura, los diferentes y múltiples nombres con los que se la conoce: borderline, limítrofe, fronterizo, narcisista, psico-sociopático, oral dependiente y oral esquizoide, neurosis de escasa o nula mentalización, pulsional, biopático secundario, dependiente, proclive a la plaga emocional, etc., según el ángulo desde el que se analice y el énfasis que se ponga en el aspecto que se quiere resaltar. Pero veamos que ocurre, desde la óptica orgonómica y en sus aspectos más relevantes, en la etapa de oralidad primaria donde la marca oral dará origen a las bases de esta estructura: Se trata de una etapa clave para el afianzamiento de la identidad a través de lo que conocemos como embarazo extrauterino o exterogestación. Proceso de identificación que incluye también la configuración de nuestro edificio inmunitario. Se va articulando el pasaje de la prevalencia neurovegetativa – puramente emotiva y biológica – a la prevalencia neuromuscular mucho más marcada por la intencionalidad consciente. Nuestro sistema límbico – afectividad mamífera – va cediendo terreno en aras del desarrollo y complejidad cortical. Tenemos pues que la disfunción de estos aspectos va a favorecer básicamente lo que conocemos como desconexión emocional que irá desde el bloqueo afectivo donde es imposible identificar la emoción que sentimos ante hechos significativos de nuestra vida, hasta el estallido y la irrupción pulsional cuando los conflictos desencadenen crisis.

 

Sigamos describiendo las variables de esta estructura, ya que el reto terapéutico pasa primeramente por una comprensión de sus dinámicas de las consecuencias que tiene el corte, la marca, la impronta, la falta básica en el biosistema. Un biosistema que tiene una densidad energética de tipo medio con un sistema neurovegetativo sensible y donde se instaura la tendencia a la contracción simpática con fuertes desequilibrios. Uno de ellos es el bloqueo oral de tipo insuficiente o reprimido en función del momento evolutivo de la disrregulación y que favorece el reflujo energético hacia el segmento ocular, lo que tendera a reforzar la predominancia de lo visual y la racionalización de lo vivido. Tenemos pues una estructura altamente inestable – cierta energía pero muy desequilibrada – lo que acarrea tendencia al caos, al desorden entrópico. Es este desequilibrio energético el que favorece – en palabras de W. Reich – las dinámicas de DOR y de inoculación de la pulsionalidad en el entorno inmediato de estas personas. Así pues, la plaga emocional se instaura con facilidad en estas estructuras con tendencia a la destrucción de lo vivo, de lo pulsatil, del diferente muchas veces percibido como amenazador, de la propia naturaleza. Estructura tendente a la huida hacia delante, a la actuación, que pretende escapar de la profunda angustia.

 

Estamos en condiciones de emprender ahora el acercamiento a las aproximaciones psicoterapéuticas que esta dinámica borderline requiere y donde es necesaria una gran plasticidad del propio terapeuta y así coincido con O. Kernberg cuando afirma que: “yo abogo por una multiplicidad de técnicas bajo la influencia de uno y el mismo marco de referencia”. Es este sentido tenemos que articular: Formas eficaces de intervención en crisis que de una manera focal y rápida ayuden a disminuir la angustia conteniendo la pulsionalidad en un cierto equilibrio. Atención a la pareja y a la familia para desactivar núcleos relacionales favorecedores de la fractura de las defensas. Aportaciones desde la clínica infantil para intentar poner freno a mayores desestructuraciones cuando el síntoma ya ha hecho aparición. Una intervención con las descompensaciones somáticas estructuradora y que aumente la tolerancia al contacto con la angustia favoreciendo los procesos de desomatización. Formas de psicoterapia breve que ayuden a flexibilizar las defensas y abran puertas hacia un proceso profundo. Dinámicas grupales que aumenten la tolerancia hacia el diferente al favorecer espacios donde ver y sentir al otro y lo que suscita en uno mismo. Incorporación de la experimentación con diferentes lenguajes expresivos como forma de rodear las defensas sin violentarlas, pero favoreciendo el contacto. Terapia profunda que favorezca el cambio y ponga las bases para superar el núcleo oral.

 

Creo que resulta evidente que reconocer, aceptar y superar estas marcas tempranas resulta difícil y doloroso y ello es la razón por la que en el proceso terapéutico, cualquiera que sea su modalidad concreta, nos encontramos a menudo: La aparición rápida de resistencias potentes que se instauran en cuanto mengua la crisis. Ingratitud y destructividad del que es incapaz de ver y sentir al otro. Exigencia de eficiencia y rapidez de la cura. Sentimientos de dependencia enmascarados por dinámicas ambivalentes de amor – odio. Todo lo anterior junto a la fuerte pulsionalidad manifiesta o contenida y la evacuación del DOR del paciente pueden despertar residuos orales del terapeuta que corre un riesgo alto de descompensaciones psicosomáticas, a veces también explosivas.

 

El terapeuta y el espacio terapéutico son el vehículo de drenaje energético entrópico y destructor del paciente y requiere, por lo tanto, de un cuidado permanente.

 

Vamos terminando y retomando el discurso estructural inicial, no solo en el ámbito de la intervención terapéutica tiene una enorme importancia este enfoque, sino que en su dimensión de futuro debería de impregnar toda nuestra labor preventiva y social. Por una parte y desde la prevención primaria, para comprometernos con las mejores condiciones para que el animal humano se desarrolle plenamente y a la vez para favorecer mecanismos desde la prevención secundaria para que los cortes y los déficits del desarrollo sean compensados evitando un mayor sufrimiento. Más allá de protocolos estandarizados e intervenciones globales, hay que contemplar la particularidad de la lógica defensiva de cada biosistema en su realidad bio-psico-social, para que nuestras propuestas se ajusten a esta lógica buscando no violentarlas. Las defensas y las resistencias caracteriales y somáticas expresión de la particular configuración bioenergética de cada individuo, encuentran su sentido en esta visión estructural y, ni obviarlas ni suprimirlas supone una intervención respetuosa en nuestros esfuerzos por favorecer el cambio.

 

No quiero dejar pasar la ocasión de hacer un reconocimiento a lo que han supuesto estos 20 años de la Es.Te.R. – tiempo que he compartido desde sus inicios - para mi labor profesional y mi crecimiento personal. En el apartado de las aportaciones clínicas quiero rendir homenaje W. Reich, quien permite la entrada en escena del cuerpo en el proceso terapéutico creando la Vegetoterapia Caracteroanalítica. Esta metodología ha sido ampliada y perfeccionada por varios profesionales, entre ellos y como los más cercanos: F. Navarro y X. Serrano. De entre todos los elementos que la configuran: diagnóstico estructural y proyecto terapéutico adaptado a las particularidades defensivas de la persona, dinámica de acceso corporal cefalo-caudal, análisis ordenado de las resistencias, importancia del espacio terapéutico donde se incluye el propio campo energético del terapeuta, etc., quiero resaltar aquí su instrumento de intervención psico-corporal por excelencia: el acting neuromuscular. El acting es una propuesta de movimiento complejo neuromuscular con fuerte vinculación emocional en el sentido que rememora los diferentes pasajes significativos a lo largo del proceso madurativo humano. El acting en sus funciones bioenergéticas, neuromusculares, neurovegetativas y elaborativas psíquicas, se convierte en modelo psicosomático al integrar cuerpo – emoción – psiquismo.  Hablo de complejidad del acting en el sentido que múltiples funciones se ven implicadas pero a la vez una de sus mayores aportaciones se concreta al ser un movimiento de clara resonancia emocional y vital. Sencillo como todo lo que tiene que ver con la vida. En este sentido me parece adecuado definirlo como un instrumento Homeobiótico, utilizando una terminología próxima a la homeopatía donde utilizando dosis mínimas, pero dinamizadas de sustancias naturales, se consigue estimular la propia respuesta del biosistema. Así, el acting utilizado en pequeñas dosis – comparado con los tiempos históricos en que movimientos similares tuvieron lugar – y dinamizado por la relación terapéutica se convierte en motor del cambio: permite un tiempo de contacto con nuestra realidad más tangible – nuestro propio cuerpo -, prepara el terreno para ir más allá de la resistencia al debilitar los bloqueos, fortalece las dinámicas energéticas y yoicas para poder asumir un esquema defensivo más flexible y ejerce un efecto llamada al inconsciente que facilita la reparación.