Médico.
Psicoterapeuta. Orgonterapeuta trainer de la ES.TE.R.
Desde una visión estructural de la
maduración humana, junto con lo irrepetible de cada proceso de desarrollo,
observamos ciertos cortes evolutivos que marcan diferentes realidades y que
determinan lógicas funcionales diversas y que por lo tanto exigen también
variadas formas de acercamiento para no violentar al biosistema. La visión del
“terreno”, la noción de estructura, se impone si queremos ser respetuosos
con las lógicas defensivas que a lo largo de la historia cada uno/a ha tenido
que construir para sobrevivir. Me estoy refiriendo a que no es indiferente la
carga genética que cada uno hemos recibido y que puede favorecer zonas de menor
resistencia que se quiebren en épocas de crisis, tampoco lo es la calidad energética,
la calidez del ambiente intrauterino en el que comenzamos nuestra maduración y
que puede condicionar bien un fuerte sentimiento de seguridad fruto de la
acogida cálida o bien una dificultad para el contacto fruto de una experiencia
fría, la forma en que aconteció el nacimiento y fue respetado o no el ritmo
del nuevo ser, la relación con la piel de la madre y su importancia como
configuradora de la identidad, el ambiente familiar y la realidad del contacto
parental, la influencia del entorno en el descubrimiento de la propia sexualidad
y la mayor o menor permisividad en la expresión de los movimientos emocionales,
la forma en como se resolvió la triangulación edípica, la incidencia del
medio escolar en el placer por descubrir el mundo,..., y un largo etcétera de
acontecimientos vitales y realidades biológicas que a todos nos estructuran a
través del continuo que supone el proceso de la maduración humana. Sin olvidar
que vivimos inmersos en una realidad social y cultural, definida hoy como
postmoderna, que en sus aspectos más negativos, alienta y favorece la desconexión
con las necesidades básicas del desarrollo afectivo y emocional humano.
Si
como afirmaba F. Navarro en muchas de sus conferencias el 80% de la población
de las sociedades occidentalizadas tiene una estructura debilitada, con
improntas importantes en las etapas primarias del desarrollo, estamos abocados a
conocer y desarrollar modelos específicos de intervención. Así la
psicoterapia en nuestra época postmoderna occidental se encuentra con el reto
de dar una respuesta al sufrimiento humano provocado por una paulatina
depauperación de las relaciones afectivas humanas. Vivimos en una sociedad en
la que se impone el alejamiento de las condiciones saludables para el desarrollo
madurativo. La lógica capitalista de la globalización y del liberalismo económico
conduce al empobrecimiento y la destrucción de los ecosistemas: tanto la misma
Gaia, como los propiamente humanos. Paradójicamente entre las metas de esta
sociedad postmoderna del siglo XXI no habría cabida para el sufrimiento,
desaparecerían los ideales, la ética queda relativizada en aras de un éxito
que eliminara la angustia al quedar enmascarada por una sensación de
omnipotencia y de satisfacción inmediata ligada al poder y al poseer. En otro
aspecto así como el modernismo nació montado en el entusiasmo de los ideales y
la idea de que solo con la razón podíamos entender y transformar la realidad,
en cambio el postmodernismo lo ha hecho basado en el escepticismo y el
desencanto, fruto también de los múltiples desastres que ha vivido la
humanidad a causa de la fe ciega en una visión de la ciencia alejada de la
vida. Ciertamente este retrato no está exento de elementos positivos: aumento
de la información que permite nuevas formas de desarrollo personal, mayor
autonomía, diversidad cultural con su correlato de mayor plasticidad y
facilidad para el intercambio, desarrollo de métodos de análisis de la
realidad más pluralistas y con un mayor reconocimiento de lo complejas e
interrelacionadas que son las relaciones en la naturaleza, mayor incertidumbre
pero también mayor holismo en el acercamiento a la realidad etc.
Vemos
como el sujeto postmoderno no acepta la espera para el logro de la satisfacción,
no tiene tolerancia ante el tiempo que requieren los procesos de elaboración,
se identifica con la necesidad imperiosa del olvido y con la modalidad light de
los vínculos en la sociedad actual. Somos individuos mucho más inclinados
hacia lo ocular, lo visual y hacia la imagen convertida en culto en detrimento
de la palabra sentida. Individuos más proclive a las soluciones mágicas o a
los manuales de autoayuda y a las terapias que prometan una solución rápida
del desajuste. Kundera lo refleja así en su libro “La lentitud”: “Hay un
vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el
olvido... el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de
la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad
del olvido...”. Y C. Katz lo reafirma cuando dice: “nuestra época está
obsesionada con el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al
demonio de la velocidad; acelera el paso, porque quiere que comprendamos que ya
no desea que la recordemos... el lema sería olvidar para no comprometerse, en
lugar de recordar para no repetir”. N. J. Carlisky define a la cultura
postmoderna como la cultura del anti-insight que incluye no solo el deseo de no
desear, de vivir la tensión del deseo que no se satisface inmediatamente, sino
también de no recordar, pensar ni proyectar, es decir la cultura de la
satisfacción inmediata. J. McDougall plantea el predominio de Narciso sobre
Edipo en términos de la preponderancia de la lucha por la supervivencia con
respecto al deseo. Supresión de los deseos más primarios en vez de represión
y otras formas de defensa más elaboradas, como forma de escapar al sufrimiento.
Individuos aparentemente muy bien adaptados a este modelo social, pero cuya
adaptación se quiebra ante la vivencia del conflicto que los lleva rápidamente
al escape, ya que la ansiedad que se genera es difícilmente vivida. Pero esta
exageración del narcisismo, que dificulta enormemente las aproximaciones
psicoterapéuticas clásicas encuentra su lógica en que el dolor y el
sufrimiento primarios son demasiado angustiosos, demasiado comprometidos con la
propia supervivencia, como para favorecer los mecanismos que nos acercan a él.
Ciertamente
para nada estoy hablando de algo que pudiera entenderse como una moda, como una
serie de hábitos y costumbres que se han ido desarrollando fruto solamente de
tendencias culturales fomentadas por el sistema económico y alentadas por la
publicidad. Sino que estoy hablando de las profundas huellas que están dejando
en el proceso madurativo humano las condiciones de vida actuales. Y en función
de los momentos evolutivos que han tenido mayor relevancia en cuanto a las
huellas dejadas, tendrá que ser la lógica que guíe nuestro acercamiento terapéutico.
No es igual el miedo que rememora el peligro para la vida que supone una amenaza
de aborto, que el miedo suscitado ante la castración fantaseada. No podemos
posicionarnos de igual manera frente a una persona que padece una contractura
muscular crónica y dolorosa fruto de la inhibición de la rabia oral que ante
un proceso degenerativo global del biosistema en donde se manifiesta una
debilidad extrema y arcaica.
Volviendo
al análisis biopsicosocial me arriesgo a afirmar que la sociedad postmoderna,
en sus aspectos más negativos, es una sociedad borderline. Una sociedad
mayoritariamente formada por individuos con una fuerte marca madurativa anclada
en el desarrollo deficiente de la dependencia oral de los primeros meses de vida
y que pese a posteriores compensaciones a lo largo de todo el proceso de
crecimiento, esta marca continua activa, más o menos latente. Una sociedad que
favorece que nuestras consultas, escuelas, barrios, pueblos, ejércitos,
gobiernos e instituciones estén muy influenciados por esta estructura
predominante entre sus miembros. Resulta cuanto menos curioso, aunque creo que puede deberse a
lo variopinto de las manifestaciones que emanan de esta estructura, los
diferentes y múltiples nombres con los que se la conoce: borderline, limítrofe,
fronterizo, narcisista, psico-sociopático, oral dependiente y oral esquizoide,
neurosis de escasa o nula mentalización, pulsional, biopático secundario,
dependiente, proclive a la plaga emocional, etc., según el ángulo desde el que
se analice y el énfasis que se ponga en el aspecto que se quiere resaltar. Pero
veamos que ocurre, desde la óptica orgonómica y en sus aspectos más
relevantes, en la etapa de oralidad primaria donde la marca oral dará origen a
las bases de esta estructura: Se trata de una etapa clave para el afianzamiento
de la identidad a través de lo que conocemos como embarazo extrauterino o
exterogestación. Proceso de identificación que incluye también la configuración
de nuestro edificio inmunitario. Se va articulando el pasaje de la prevalencia
neurovegetativa – puramente emotiva y biológica – a la prevalencia
neuromuscular mucho más marcada por la intencionalidad consciente. Nuestro
sistema límbico – afectividad mamífera – va cediendo terreno en aras del
desarrollo y complejidad cortical. Tenemos pues que la disfunción de estos
aspectos va a favorecer básicamente lo que conocemos como desconexión
emocional que irá desde el bloqueo afectivo donde es imposible identificar la
emoción que sentimos ante hechos significativos de nuestra vida, hasta el
estallido y la irrupción pulsional cuando los conflictos desencadenen crisis.
Sigamos
describiendo las variables de esta estructura, ya que el reto terapéutico pasa
primeramente por una comprensión de sus dinámicas de las consecuencias que
tiene el corte, la marca, la impronta, la falta básica en el biosistema. Un
biosistema que tiene una densidad energética de tipo medio con un sistema
neurovegetativo sensible y donde se instaura la tendencia a la contracción simpática
con fuertes desequilibrios. Uno de ellos es el bloqueo oral de tipo insuficiente
o reprimido en función del momento evolutivo de la disrregulación y que
favorece el reflujo energético hacia el segmento ocular, lo que tendera a
reforzar la predominancia de lo visual y la racionalización de lo vivido.
Tenemos pues una estructura altamente inestable – cierta energía pero muy
desequilibrada – lo que acarrea tendencia al caos, al desorden entrópico. Es
este desequilibrio energético el que favorece – en palabras de W. Reich –
las dinámicas de DOR y de inoculación de la pulsionalidad en el entorno
inmediato de estas personas. Así pues, la plaga emocional se instaura con
facilidad en estas estructuras con tendencia a la destrucción de lo vivo, de lo
pulsatil, del diferente muchas veces percibido como amenazador, de la propia
naturaleza. Estructura tendente a la huida hacia delante, a la actuación, que
pretende escapar de la profunda angustia.
Estamos
en condiciones de emprender ahora el acercamiento a las aproximaciones
psicoterapéuticas que esta dinámica borderline requiere y donde es necesaria
una gran plasticidad del propio terapeuta y así coincido con O. Kernberg cuando
afirma que: “yo abogo por una multiplicidad de técnicas bajo la influencia de
uno y el mismo marco de referencia”. Es este sentido tenemos que articular:
Formas eficaces de intervención en crisis que de una manera focal y rápida
ayuden a disminuir la angustia conteniendo la pulsionalidad en un cierto
equilibrio. Atención a la pareja y a la familia para desactivar núcleos
relacionales favorecedores de la fractura de las defensas. Aportaciones desde la
clínica infantil para intentar poner freno a mayores desestructuraciones cuando
el síntoma ya ha hecho aparición. Una intervención con las descompensaciones
somáticas estructuradora y que aumente la tolerancia al contacto con la
angustia favoreciendo los procesos de desomatización. Formas de psicoterapia
breve que ayuden a flexibilizar las defensas y abran puertas hacia un proceso
profundo. Dinámicas grupales que aumenten la tolerancia hacia el diferente al
favorecer espacios donde ver y sentir al otro y lo que suscita en uno mismo.
Incorporación de la experimentación con diferentes lenguajes expresivos como
forma de rodear las defensas sin violentarlas, pero favoreciendo el contacto.
Terapia profunda que favorezca el cambio y ponga las bases para superar el núcleo
oral.
Creo
que resulta evidente que reconocer, aceptar y superar estas marcas tempranas
resulta difícil y doloroso y ello es la razón por la que en el proceso terapéutico,
cualquiera que sea su modalidad concreta, nos encontramos a menudo: La aparición
rápida de resistencias potentes que se instauran en cuanto mengua la crisis.
Ingratitud y destructividad del que es incapaz de ver y sentir al otro.
Exigencia de eficiencia y rapidez de la cura. Sentimientos de dependencia
enmascarados por dinámicas ambivalentes de amor – odio. Todo lo anterior
junto a la fuerte pulsionalidad manifiesta o contenida y la evacuación del DOR
del paciente pueden despertar residuos orales del terapeuta que corre un riesgo
alto de descompensaciones psicosomáticas, a veces también explosivas.
El
terapeuta y el espacio terapéutico son el vehículo de drenaje energético entrópico
y destructor del paciente y requiere, por lo tanto, de un cuidado permanente.
Vamos
terminando y retomando el discurso estructural inicial, no solo en el ámbito de
la intervención terapéutica tiene una enorme importancia este enfoque, sino
que en su dimensión de futuro debería de impregnar toda nuestra labor
preventiva y social. Por una parte y desde la prevención primaria, para
comprometernos con las mejores condiciones para que el animal humano se
desarrolle plenamente y a la vez para favorecer mecanismos desde la prevención
secundaria para que los cortes y los déficits del desarrollo sean compensados
evitando un mayor sufrimiento. Más allá de protocolos estandarizados e
intervenciones globales, hay que contemplar la particularidad de la lógica
defensiva de cada biosistema en su realidad bio-psico-social, para que nuestras
propuestas se ajusten a esta lógica buscando no violentarlas. Las defensas y
las resistencias caracteriales y somáticas expresión de la particular
configuración bioenergética de cada individuo, encuentran su sentido en esta
visión estructural y, ni obviarlas ni suprimirlas supone una intervención
respetuosa en nuestros esfuerzos por favorecer el cambio.
No
quiero dejar pasar la ocasión de hacer un reconocimiento a lo que han supuesto
estos 20 años de la Es.Te.R. – tiempo que he compartido desde sus inicios -
para mi labor profesional y mi crecimiento personal. En el apartado de las
aportaciones clínicas quiero rendir homenaje W. Reich, quien permite la entrada
en escena del cuerpo en el proceso terapéutico creando la Vegetoterapia
Caracteroanalítica. Esta metodología ha sido ampliada y perfeccionada por
varios profesionales, entre ellos y como los más cercanos: F. Navarro y X.
Serrano. De entre todos los elementos que la configuran: diagnóstico
estructural y proyecto terapéutico adaptado a las particularidades defensivas
de la persona, dinámica de acceso corporal cefalo-caudal, análisis ordenado de
las resistencias, importancia del espacio terapéutico donde se incluye el
propio campo energético del terapeuta, etc., quiero resaltar aquí su
instrumento de intervención psico-corporal por excelencia: el acting
neuromuscular. El acting es una propuesta de movimiento complejo neuromuscular
con fuerte vinculación emocional en el sentido que rememora los diferentes
pasajes significativos a lo largo del proceso madurativo humano. El acting en
sus funciones bioenergéticas, neuromusculares, neurovegetativas y elaborativas
psíquicas, se convierte en modelo psicosomático al integrar cuerpo – emoción
– psiquismo. Hablo de complejidad
del acting en el sentido que múltiples funciones se ven implicadas pero a la
vez una de sus mayores aportaciones se concreta al ser un movimiento de clara
resonancia emocional y vital. Sencillo como todo lo que tiene que ver con la
vida. En este sentido me parece adecuado definirlo como un instrumento Homeobiótico,
utilizando una terminología próxima a la homeopatía donde utilizando dosis mínimas,
pero dinamizadas de sustancias naturales, se consigue estimular la propia
respuesta del biosistema. Así, el acting utilizado en pequeñas dosis –
comparado con los tiempos históricos en que movimientos similares tuvieron
lugar – y dinamizado por la relación terapéutica se convierte en motor del
cambio: permite un tiempo de contacto con nuestra realidad más tangible –
nuestro propio cuerpo -, prepara el terreno para ir más allá de la resistencia
al debilitar los bloqueos, fortalece las dinámicas energéticas y yoicas para
poder asumir un esquema defensivo más flexible y ejerce un efecto llamada al
inconsciente que facilita la reparación.