Mesa Redonda:

Cuerpo y Carácter en la Psicoterapia del Siglo XXI

Eduardo Braier

  

Valencia, 23 de abril de 2005

  

  La humanidad ha entrado en el siglo XXI  evidenciando una serie de logros sumamente beneficiosos, pero también alarmantes cambios,  crisis, retrocesos y catástrofes de devastadores efectos, cuyas  consecuencias últimas aún desconocemos. Resumiendo mucho, pero mucho, me inclino por citar sólo un aspecto determinado de la cuestión, si bien considero que posee una particular relevancia en lo que concierne a la salud mental de la población. Veamos.

 Uno de los efectos más deletéreos de las transformaciones socioculturales de la era posmoderna es, junto a las crisis y deterioros de diversas instituciones (la política, la escolar, etc.), la progresiva crisis y disgregación de la familia humana tradicional en tanto continente y transmisora de la cultura. Esto se traduce a menudo en familias inexistentes o incontinentes, con padres ausentes o que se descalifican entre sí (H. Mayer, 1997). No podré ser exhaustivo en este punto, pero basta pensar que, por ejemplo, las enormes exigencias del mundo actual privan a los niños de la necesaria presencia de sus progenitores. 

 Las severas deficiencias en las funciones parentales (materna, de sostén; paterna, interdictora y normativa) alteran gravemente la estructuración psíquica de los hijos, verdaderos huérfanos afectivos. Por ello la psicopatología contemporánea, predominante sobre las neurosis, resulta esencialmente un padecimiento del ser, de la identidad, que no es en rigor nuevo, pero que lleva el sello cultural de la época y /o se caracteriza por su masividad, como en el caso de las toxicomanías. Se destacan  sobre todo los trastornos narcisísticos no psicóticos: borderline, diversas  alteraciones narcisistas de la personalidad, depresiones narcisistas severas, adicciones varias, afecciones psicosomáticas, etc., "patologías actuales" que demandan (Green, 1990; 1999) una renovación del compromiso  teórico y clínico de nuestras disciplinas con las mismas.

Estas patologías, a su vez, revelan fijaciones a niveles narcisistas primitivos, con  dificultades para la simbolización y el acceso al nivel edípico y al ideal del yo.

 

ESTRUCTURA NARCISISTA Y TERCERA TÓPICA

 

 Hay dos hipótesis que me parecen de decisiva importancia y que no podemos soslayar si queremos comprender debidamente ciertas transformaciones técnicas en el psicoanálisis contemporáneo y en las psicoterapias psicoanalíticas. Ellas proponen, desde una metapsicología freudiana, una nueva mirada de la estructuración y el funcionamiento psíquicos, y son: 1) la presencia en todo sujeto de una estructura narcisista, coexistente con la edípica y que puede, en determinados momentos y/o circunstancias, tomar el comando del aparato mental (Marucco, 1999), como en efecto sucedería en los cuadros que integran la llamada “patología contemporánea”; y 2) el reconocimiento de que la escisión del yo,  producida por la desmentida (Freud, 1927; 1940[1938]), da lugar a una  tercera tópica freudiana ( Marucco, 1999; Zukerfeld, 1992; 1998), en la que coexisten la estructura edípica y la estructura narcisista, no viéndose dicha escisión limitada a psicóticos y perversos y  siendo en cambio de una  presencia generalizada, esto es también en los trastornos narcisistas no psicóticos, incluso en los neuróticos y hasta en los llamados seres normales. Esta nueva propuesta, de una tercera tópica, está extendiéndose en el  mundo psicoanalítico y  tiene como precedente la del propio  Freud (1940  [1938]) acerca de la universalidad de la escisión del yo.

 En tanto la estructura edípica se caracteriza porque en ella opera un yo que reconoce la amenaza de castración, rige el ideal del yo e impera la represión, la estructura narcisista responde al narcisismo primario, persistiendo en ella un yo ideal y la desmentida de la castración.

 El  análisis de la estructura narcisista en los pacientes con trastornos en la misma nos permitirá adentrarnos en la patología del desamparo (por deficiente libidinización del infans) y en la de la intrusión (madre retentiva; persistencia de un vínculo fusional madre-niño).

 En cuanto a la coexistencia en el sujeto de una estructura edípica y una narcisista, resulta particularmente acertada la analogía que realiza Marucco (1999), quien compara dicha coexistencia y la superposición entre ambas con lo que sucede a propósito del  cuadro de Dalí que se halla en el museo de Figueras, en el que aparece Gala desnuda y que,  si uno se aparta y lo observa a cierta distancia, se convierte en el rostro de Abraham Lincoln.

 

 

 

CUERPO Y CARÁCTER

 

 Como no podría ser de otro modo, el cuerpo y el carácter habrán de sufrir las consecuencias  de los desórdenes sociales y familiares antes mencionados.

 Sé que tanto nombrar cuerpo como carácter para los colegas reichianos  tiene determinadas resonancias, además de encerrar una serie de ricos conceptos largamente desarrollados que configuran los fundamentos de una praxis. Pero de mí se espera  que hable de cuerpo y de carácter desde una perspectiva psicoanalítica.

 Poco agregaría yo a todo lo referente al cuerpo desde el psicoanálisis que no se haya dicho en todos estos años. Sí cabe señalar que vemos ya menos conversiones histéricas, por lo que colegas como A. Green hace tiempo han manifestado que a estas alturas el síntoma conversivo no debería ser requerido como una constante ni mucho menos para considerar que estamos ante una histeria. Importan tanto o más otros aspectos que darían cuenta de la estructura…

 Pero hemos de tener presente que la patología del narcisismo primitivo a la que venimos aludiendo, cuando cursa con un estrepitoso fracaso de las defensas yoicas puede dar lugar al pasaje al soma (somatosis) o al derrumbe psicótico. Es preciso entonces, si del cuerpo se trata, referirnos ahora a los trastornos psicosomáticos.

 Los trastornos psicosomáticos son considerados actualmente entonces también una patología del narcisismo, situada entre las neurosis y las psicosis; se trata –una vez más, hay que decirlo- de una patología de la escisión del yo. He escuchado decir a J. Mc Dougall -en  algunos de los seminarios y supervisiones que ofreció en Barcelona en los años’90- que el paciente psicosomático es analizable si, además de su funcionamiento psicosomático tiene, desde su escisión del yo, una parte de ese Yo con un funcionamiento neurótico, con capacidad para demandar tratamiento y procesar, con la ayuda del analista, sus aspectos psicosomáticos.

 Esta autora se basa, además, junto a la Escuela Psicosomática de París, en el modelo que brindan las neurosis actuales de la antigua nosografía freudiana. Hoy esta noción es reciclada desde la idea de que sugiere una cantidad no significada que deviene descarga corporal y sin inscripción de palabra. Hay un cortocircuito psíquico, una falta, diríamos, de “psiquisización”, un fracaso de la función esencial del aparato, que es la  de representación y ligadura, a los fines de extinguir los movimientos desorganizantes que amenazan con llegar al cuerpo. A ello debemos agregar, desde los aportes de P. Marty (1992) y P. Marty- M’Uzan (1963; 1983), la pobreza del preconsciente, esto es, la insuficiencia de representaciones del preconsciente en el psicosomático. Hay, pues, un déficit de lo fantasmático, de la capacidad de soñar, al tiempo que la alteración corporal ocupa el lugar de un acto o un síntoma. (Mc Dougall, 1989). Aquí es el cuerpo el que delata la herida narcisista, siendo tomado por la pulsión para la sobrevivencia psíquica.

 Para explicar el fenómeno psicosomático contamos en la actualidad con modelos teóricos tales como el del “pensamiento operatorio” (P. Marty y M’Uzan, Paris, 1963; 1983), al que se añade el que pone el énfasis en los problemas concernientes al terreno de los afectos; en este último caso me estoy refiriendo sobre todo al concepto de “alexitimia” (Nemiah y Sifneos, 1970; J. Mc Dougall, 1989).

 El enfermo psicosomático regresaría a una modalidad de funcionamiento primitivo, a un punto de fijación en la estructura narcisista  (similar al de la psicosis, pero con otra serie complementaria), cuando el infans era normalmente, podríamos decir, alexitímico. Las causas? Puede  tratarse de carencias, pero a veces también de excesos en la relación primitiva con la madre; personalmente tiendo más a pensar en las primeras, dentro de una relación temprana madre-hijo alterada. Ello puede darse ante ciertas circunstancias vitales (un duelo padecido por la madre, por ejemplo), que interfieren en la función materna, originando en el niño una estructura psíquica precaria, con una marcada debilidad yoica; el Yo se reduce entonces a una modalidad básica de descarga pura, automática y directa. Cuando se produce la manifestación psicosomática la regresión es muy profunda; llegaría a lo preverbal  y presimbólico.

 Podemos pensar que estos pacientes han experimentado precozmente emociones intensas que pusieron en peligro su integridad y que para sobrevivir psíquicamente han construido una defensa contra el retorno de vivencias traumáticas que amenazaban con aniquilarlos. Ellos eyectan las representaciones psíquicas muy cargadas de afectos. Éstos son repudiados, desestimados.

 Tenemos aquí un Yo mal constituido, primitivo (Yo ideal), que por no poderlos tolerar, expulsa representaciones y afectos perturbadores o insoportables. Por ello estas personas tienen tantas dificultades para la elaboración psíquica, para soñar; poseen una escasa capacidad de simbolización. Todo esto entraña un peligro psicosomático, dado que sólo se expresan, por así decir, desde una resomatización del afecto y en un movimiento regresivo, con respuestas presimbólicas y automáticas ante traumas actuales que reactivan los traumas tempranos, acaecidos antes de la instauración de la palabra.

 El pensamiento de estos enfermos suele ser pragmático; el discurso vacío, fáctico. Previsiblemente, “no creen” en el análisis; es por eso que se suele hablar de la presencia de un pensamiento operatorio. Relatan generalmente los hechos “concretos” de la vida. “Me pasó tal y tal cosa…Eso es todo”. Y acto seguido callan. Green habla en estos casos del síndrome del “eso es todo”.

 Se trata en realidad de toda una vida operatoria, fáctica, sin ligadura con los afectos.

 Terapéuticamente se ha de procurar transformar la sintomatología psicosomática en una historia que se pueda construir.

 

 

 A continuación me referiré a lo que atañe al carácter, tema de mi particular interés desde hace ya muchos años.

 Comenzaré recordando que Freud, en  uno de sus últimos escritos, definió al psicoanálisis como un método destinado a tratar las neurosis y las anomalías del carácter, de modo que en esta definición precisó inequívocamente esto último, no limitando el campo de acción a las neurosis. Freud venía de efectuar numerosas contribuciones al análisis del carácter, a las que se sumaron las de discípulos como Abraham, por ejemplo, y ulteriormente, muy en especial, como sabemos, la valiosa obra de W. Reich, Análisis  del carácter, que en mi criterio los psicoanalistas deberíamos recordar más a menudo. En tiempos más recientes  se sumaron las contribuciones de otros grandes maestros como Winnicott, Kohut, Lacan, Kernberg, etc..  Y, tal como lo dijera Reich, al igual que O. Fenichel más tarde, todo análisis (psicoanálisis quiero decir), es un análisis del carácter. Y aquí se nos presenta el concepto de carácter en su estrecha relación con el de estructura psíquica, estructura de personalidad u organización psíquica. El psicoanálisis en tanto método terapéutico puede aspirar a una reorganización de la estructura de personalidad en el analizando, con la profunda modificación metapsicológica que esto implica, lo que de hecho convierte al procedimiento en una psicoterapia ambiciosa en lo que a objetivos y resultados terapéuticos se refiere.

 Tampoco se trata hoy de reseñar y comentar, que ya lo he hecho en su  momento, los distintos aportes al análisis del carácter, sino en cambio del “…carácter en la psicoterapia del siglo XXI”. Entonces les digo, que en concomitancia con el afloramiento y predominio de la patología propiamente narcisista en las distintas comunidades (la que ha sido dada en llamar genéricamente “patología contemporánea”), la demanda terapéutica proviene no sólo y no tanto de personas con alteraciones caracteriales de naturaleza neurótica, que las sigue habiendo, por supuesto, sino de lo que yo llamaría caracteres- o caracteropatías si prefieren- narcisistas. Y es a estos caracteres narcisistas, que hoy invaden los despachos de los terapeutas, a los que deseo referirme. Están emparentados con la organización borderline, acaso paradigmática de los trastornos narcisistas no psicóticos; comprenden además ciertas personalidades narcisistas con serios problemas en la identidad y la autoestima, los caracteres maníacos (patología narcisista de importante incidencia en la sociedad actual, aunque últimamente algo dejada de lado por los estudiosos), los depresivos, constituyendo asimismo el sustrato estructural de muchas personas que padecen cuadros tales como la drogadicción, la anorexia-bulimia o los trastornos psicosomáticos. Se trata además de caracteropatías escisivas, esto es, en las que impera la desmentida o renegación como defensa caracterológica, que genera una escisión del yo, y en la que el comando psíquico suele estar asumido por el yo ideal de la estructura narcisista del sujeto, por sobre la estructura neurótico-edípica. Todo esto determina la necesidad de un abordaje terapéutico distinto del que veníamos empleando clásicamente para aquellos pacientes en los que prevalece la organización neurótica  (abordaje que tal vez podamos discutir a lo largo del coloquio). Aquí se trata de otras defensas, más primitivas, de otras angustias, ya no la de castración (o sus equivalentes en la mujer) sino de las de separación, de vacío y, sobre todo, de aniquilación. En fin, otro mundo, el mundo del análisis de la estructura u organización narcisista.

 Y algo fundamental que no he dicho aún: más que al modelo teórico de las neurosis, que arranca desde Freud con la noción dinámica que sitúa al deseo o la pulsión sexual en un polo del conflicto y a las defensas del yo en el otro, habrá que atender al del trauma precoz/ defensas del yo, que en gran parte lo sustituye, a fines de poder comprender cómo funciona ese carácter narcisista. El trauma temprano está, pues, en el lugar del deseo, y la defensa prínceps no es la represión, como en las neurosis, sino la desmentida. Trataré de ser más explícito: nos encontramos aquí, en muchos de los casos de estos pacientes de patología narcisista, con la existencia de traumas precoces, que no son, se podría decir, los traumas sexuales típicos de los que hablaba Freud en los comienzos de su obra, sino aquellas heridas narcisistas, verdaderas injurias para el yo, consecutivas a experiencias en las que el niño, en períodos tempranos de su existencia, anteriores a la adquisición de la palabra, experimentó la falta de amor y el desamparo. De allí sobrevendrá: la fijación al trauma, la compulsión de repetición de estas situaciones traumáticas y dolorosas, “más allá del principio del placer”, tal como Freud lo describe en el trabajo del mismo nombre de 1920.  Freud expone en 1939, en Moisés y la religión monoteísta, como un modelo de estructura, el configurado por la situación traumática y las consecuentes defensas del yo, capaces de dar incluso lugar a la producción de determinados rasgos de carácter en el sujeto.

 Quienes trabajamos predominantemente con modelos psicopatológicos de raíz freudiana, e intentando comprender la patología con puntos de fijación en estadios primitivos del narcisismo[i], hemos venido comprobando en los pacientes de patología intermedia entre las neurosis y las psicosis la repetición del trauma precoz.(En el agieren transferencial, por ejemplo).  Este trauma carece de representabilidad (o es sólo parcialmente representable), por lo que para algunos la problemática que plantea estaría “más allá…” del psicoanálisis (de la analizabilidad).

 Por último y para completar el modelo: quien cite el trauma psíquico –y siguiendo el dualismo del trauma y la defensa o pulsión-defensa- ha de incluir, de modo concomitante, la acción de las defensas del yo, tanto represivas como escisivas, que encubren el trauma, reprimiéndolo o desmintiéndolo. La proyección puede también ocupar un lugar preponderante, como sucede, por ejemplo, en el caso del carácter paranoide- agresivo descripto por W. Reich (1933).

 

 Es todo el aparato, toda la estructura psíquica la que repite -o se repite-, tal como nos lo recuerda el propio Freud en Moisés y la religión monoteísta. La repetición no sólo es éllica, sino también yoica y superyoica.

  Recordemos también que en  Análisis terminable e interminable sostiene además Freud que las defensas del yo pueden acabar fijándose en él, constituyendo pautas reaccionales, regulares y repetitivas del carácter.

Tenemos por un lado la repetición por imperio del retorno de lo reprimido. en el que hay una repetición a cargo del yo de la activación de las distintas defensas (en este caso la represión y otros mecanismos subsidiarios de ésta), característicamente estereotipadas e incrementadas en las neurosis (y mucho más aún en las caracteropatías).

En cuanto a la repetición que reproduce el trauma temprano: en estas circunstancias el sujeto puede experimentar conscientemente el dolor u otras distintas formas de displacer al revivir el trauma (angustia de aniquilamiento), pero no es obligado que así sea. Agreguemos: es que aquí operan también las defensas, destinadas a que el sujeto no recuerde ni reviva nada del trauma primitivo, tal como señala el propio Freud en su trabajo de 1939, destacando además entre ellas la evitación y  la desmentida.

 En mi experiencia clínica distingo a menudo también la presencia de otras defensas arcaicas que pueden encubrir el trauma precoz, tales como la transformación en lo contrario y la identificación con el agresor.

  La dinámica trauma temprano - defensas del yo puede inclusive cristalizar en una estructura caracterológica determinada (Freud, 1939; Braier, 2000). Un ejemplo de rasgo de carácter en estas personalidades narcisistas podría ser la arrogancia. (Nicolini y Schut, 1992).

 Creo que la descripción de este modelo y en particular de estas defensas, con frecuencia primitivas y férreas, admite cierta comparación con el modelo reichiano de la coraza caracterológica, o por lo menos lo recuerda.

 

El análisis y consecuente modificación de las defensas yoicas –aunque esta última sólo fuera cuantitativa- es, por ende, decisivo en todos los casos del espectro psicopatológico; supone no sólo el ineludible análisis y superación de resistencias a hacer consciente lo inconsciente, pues como resistencias operan en la cura (Freud, 1926; 1937), sino también la resolución de síntomas, inhibiciones y alteraciones de la conducta, en los cuales se hallan profundamente involucradas y arraigadas. Pero sobre todo este análisis implica la posibilidad de cambio psíquico estructural, de obtener modificaciones cuali y/o cuantitativas en la organización caracterial del analizando.

 

PARA FINALIZAR

 

 El gran desafío al que hoy nos enfrentamos en la clínica psicoanalítica es a mi criterio el abordaje  de trastornos  que conciernen a la estructura narcisista antes que a la edípica. Son, pues, más los tiempos de Narciso que de Edipo.

 

A todo esto –y aquí sólo puedo limitarme a citar los puntos, por razones de tiempo- deberá añadirse un miramiento por a) la acción desidentificatoria que la labor psicoanalítica ha de traer aparejada, en lo que atañe a aquellas identificaciones patógenas, en especial las estructurantes, que suelen operar como prótesis ante el déficit de identificaciones normogénicas (García Badaracco, 1985) y  que han dado lugar a rasgos patológicos del carácter (Braier, 1989), y b) la reestructuración identificatoria del analizando (Braier, 1989), tratándose a menudo de ayudar a construir un yo antes que de corregir sus alteraciones.

 

 No me alcanza el tiempo: guardo para el coloquio la posibilidad de suministrar una breve viñeta clínica que ilustre acerca del tratamiento de una caracteropatía narcisista.

 

                                                       FIN

 


 

VIÑETA CLÍNICA:

 

Fijaciones a traumas tempranos acaecidos en las fases del narcisismo primitivo que suelen acompañarse de defensas igualmente primitivas, pueden originar conductas maníacas o psicopáticas en las que se exterioriza el anacronismo de tales defensas, y/o dar lugar a determinados rasgos de carácter.

 Les relataré a continuación una breve viñeta clíníca para ilustrar este modelo psicopatológico de cuño freudiano que, por su potencia teórico-clínica, juzgo oportuno retrabajar:

 

 Jorge, un hombre joven, me dijo en la primera entrevista: “Me estoy autodestruyendo desde hace muchos años… Sobre todo he destruído mis relaciones con mis novias…y ahora la relación con mi mujer”. Era esta una actitud reflexiva y producto de cierta toma de conciencia de que le pasaban cosas que escapaban a su comprensión y control y sobre todo que el causante de los principales problemas de su vida era él mismo. En su análisis en cambio evidenció intensas resistencias a ahondar en esos problemas. Una neurosis de destino parecía condenarlo al “eterno retorno de lo igual” (Freud, 1920).

 A menudo era infiel a su esposa y solía salir de juerga con sus amigos.

  Ante todo, Jorge desmentía las carencias afectivas que junto a un hermano muy próximo a él había padecido cuando niño. Perteneciente a una familia de  posición económica y social acomodadas, con su hermano eran los últimos hijos, no deseados, de una numerosa prole y los únicos a quienes su madre no amamantó. Sus padres eran bastante mayores cuando trajeron  a los dos al mundo. La crianza de ambos niños fue entonces encomendada a un ama de llaves de la familia.

 Jorge albergaba, en la unión con su hermano, ambos bellos y económicamente acaudalados, intensas fantasías de omnipotencia megalómana. Las defensas maníacas se veían reforzadas a  menudo por la ingestión de cocaína (cuya dependencia de la misma él se encargaba de desmentir), que le proporcionaba una manía “química”.

  Se defendía esencial e inconscientemente de experimentar sentimientos dolorosos de abandono, vale decir, de revivir  (repetir) situaciones traumáticas de desamparo infantil, así como de sus sentimientos de dependencia. En cierto modo lo lograba, claro que a expensas de  recurrir a defensas que generaban en él actings maníacos o psicopáticos capaces de dañarlo o de dañar a los demás.

  Una vez, para mitigar la angustia de desvalimiento que amenazaba con instalarse a raíz de su temor de que una joven no estuviera enamorada de él, no vaciló en ir a su encuentro a otra ciudad conduciendo su automóvil a casi docientos kilómetros por hora sobre el asfalto resbaladizo debido a las lluvias caídas, sólo para reasegurarse del amor de ella (por quien muy pronto, por otra parte, perdería todo  interés). Exponía de este modo su vida, negando maníacamente la posibilidad de sufrir un accidente y en el fondo  conmocionado ante el temor a que alguien lo rechazara, lo que constituía su talón de Aquiles; asimismo, intentaba siempre invertir los papeles para que fueran los otros quienes aparecieran dependiendo de él y no al revés, cosa que repitió también en su relación  transferencial conmigo. (Transformación en lo contrario; vuelta contra otros; identificación proyectiva). A la manera de un don Juan, solía seducir a las mujeres e, incapaz de amar, las abandonaba.

  En Jorge y en su hermano, que presentaba una patología “en espejo” con la de él, la misoginia era visible y constituía una expresión del odio y el resentimiento hacia la figura materna.

 A Jorge le gustaba pasar por un play boy, al igual que su hermano. Ambos adoptaban con frecuencia conductas violentas y eran temidos por los demás. El ser arrogante, despectivo y prepotente fueron algunos de sus rasgos caracteropáticos más salientes, como consecuencia de defensas –maníacas- arraigadas en el yo y testimonio de la marca dejada por las injurias narcisistas ocasionadas por el desamparo padecido. (“Dime de qué blasonas y te diré de qué careces”).