Valencia,
23 de abril de 2005
La
humanidad ha entrado en el siglo XXI evidenciando
una serie de logros sumamente beneficiosos, pero también alarmantes cambios,
crisis, retrocesos y catástrofes de devastadores efectos, cuyas
consecuencias últimas aún desconocemos. Resumiendo mucho, pero mucho,
me inclino por citar sólo un aspecto determinado de la cuestión, si bien
considero que posee una particular relevancia en lo que concierne a la salud
mental de la población. Veamos.
Uno
de los efectos más deletéreos de las transformaciones socioculturales de la
era posmoderna es, junto a las crisis y deterioros de diversas instituciones (la
política, la escolar, etc.), la progresiva crisis
y disgregación de la familia humana tradicional en tanto continente y
transmisora de la cultura. Esto se traduce a menudo en familias inexistentes o
incontinentes, con padres ausentes o que se descalifican entre sí (H.
Mayer, 1997). No podré ser exhaustivo en este punto, pero basta pensar que,
por ejemplo, las enormes exigencias del mundo actual privan a los niños de la
necesaria presencia de sus progenitores.
Las
severas deficiencias en las funciones parentales (materna, de sostén;
paterna, interdictora y normativa) alteran gravemente la estructuración psíquica de los hijos, verdaderos huérfanos
afectivos. Por ello la psicopatología
contemporánea, predominante sobre las neurosis, resulta esencialmente un
padecimiento del ser, de la identidad,
que no es en rigor nuevo, pero que lleva el sello cultural de la época y /o se
caracteriza por su masividad, como en el caso de las toxicomanías. Se destacan
sobre todo los trastornos narcisísticos
no psicóticos: borderline, diversas alteraciones
narcisistas de la personalidad, depresiones narcisistas severas, adicciones
varias, afecciones psicosomáticas, etc., "patologías actuales" que
demandan (Green, 1990; 1999) una
renovación del compromiso teórico
y clínico de nuestras disciplinas con las mismas.
Estas patologías,
a su vez, revelan fijaciones a niveles narcisistas primitivos, con
dificultades para la simbolización y el acceso al nivel edípico y al
ideal del yo.
ESTRUCTURA
NARCISISTA Y TERCERA TÓPICA
Hay
dos hipótesis que me parecen de decisiva importancia y que no podemos soslayar
si queremos comprender debidamente ciertas transformaciones técnicas en el
psicoanálisis contemporáneo y en las psicoterapias psicoanalíticas. Ellas
proponen, desde una metapsicología
freudiana, una nueva mirada de la estructuración y el funcionamiento psíquicos,
y son: 1) la presencia en todo sujeto de una estructura narcisista, coexistente con la edípica y que puede, en
determinados momentos y/o circunstancias, tomar el comando del aparato mental (Marucco,
1999), como en efecto sucedería en los cuadros que integran la llamada
“patología contemporánea”; y 2) el reconocimiento de que la escisión
del yo, producida
por la desmentida (Freud, 1927;
1940[1938]), da lugar a una tercera
tópica freudiana ( Marucco,
1999; Zukerfeld, 1992; 1998), en la que coexisten la estructura edípica y
la estructura narcisista, no viéndose dicha escisión limitada a psicóticos y
perversos y siendo en cambio de una
presencia generalizada, esto es también en los trastornos narcisistas no
psicóticos, incluso en los neuróticos y hasta en los llamados seres normales.
Esta nueva propuesta, de una tercera tópica, está extendiéndose en el
mundo psicoanalítico y tiene
como precedente la del propio Freud (1940 [1938])
acerca de la universalidad de la escisión del yo.
En
tanto la estructura edípica se caracteriza porque en ella opera un yo que
reconoce la amenaza de castración, rige el ideal del yo e impera la represión,
la estructura narcisista responde al
narcisismo primario, persistiendo en ella un yo ideal y la desmentida de la
castración.
El
análisis de la estructura narcisista en los pacientes con trastornos en
la misma nos permitirá adentrarnos en la patología del desamparo (por deficiente libidinización del infans) y en la de la intrusión
(madre retentiva; persistencia de un vínculo fusional madre-niño).
En
cuanto a la coexistencia en el sujeto de una estructura
edípica y una narcisista, resulta particularmente acertada la analogía que
realiza Marucco (1999), quien compara dicha coexistencia y la superposición
entre ambas con lo que sucede a propósito del
cuadro de Dalí que se halla en el museo de Figueras, en el que aparece
Gala desnuda y que, si uno se
aparta y lo observa a cierta distancia, se convierte en el rostro de Abraham
Lincoln.
CUERPO
Y CARÁCTER
Como
no podría ser de otro modo, el cuerpo
y el carácter habrán de sufrir las consecuencias
de los desórdenes sociales y familiares antes mencionados.
Sé
que tanto nombrar cuerpo como carácter para
los colegas reichianos tiene
determinadas resonancias, además de encerrar una serie de ricos conceptos
largamente desarrollados que configuran los fundamentos de una praxis. Pero de mí
se espera que hable de cuerpo y de
carácter desde una perspectiva psicoanalítica.
Poco
agregaría yo a todo lo referente al cuerpo
desde el psicoanálisis que no se haya dicho en todos estos años. Sí cabe señalar
que vemos ya menos conversiones histéricas, por lo que colegas como A. Green
hace tiempo han manifestado que a estas alturas el síntoma conversivo no debería
ser requerido como una constante ni mucho menos para considerar que estamos ante
una histeria. Importan tanto o más otros aspectos que darían cuenta de la
estructura…
Pero
hemos de tener presente que la patología del narcisismo primitivo a la que
venimos aludiendo, cuando cursa con un estrepitoso fracaso de las defensas
yoicas puede dar lugar al pasaje
al soma (somatosis) o al derrumbe psicótico. Es
preciso entonces, si del cuerpo se trata, referirnos ahora a los trastornos
psicosomáticos.
Los
trastornos psicosomáticos son considerados actualmente entonces también una patología
del narcisismo, situada entre las neurosis y las psicosis; se trata –una
vez más, hay que decirlo- de una patología
de la escisión del yo. He escuchado decir a J. Mc Dougall -en
algunos de los seminarios y supervisiones que ofreció en Barcelona en
los años’90- que el paciente psicosomático es analizable si, además de su
funcionamiento psicosomático tiene, desde su escisión del yo, una parte de ese
Yo con un funcionamiento neurótico, con capacidad para demandar tratamiento y
procesar, con la ayuda del analista, sus aspectos psicosomáticos.
Esta
autora se basa, además, junto a la Escuela Psicosomática de París, en el
modelo que brindan las neurosis actuales de
la antigua nosografía freudiana. Hoy esta noción es reciclada desde la idea de
que sugiere una cantidad no significada
que deviene descarga corporal y sin inscripción de palabra. Hay un
cortocircuito psíquico, una falta, diríamos, de “psiquisización”, un
fracaso de la función esencial del aparato, que es la
de representación y ligadura, a los fines de extinguir los movimientos
desorganizantes que amenazan con llegar al cuerpo. A ello debemos agregar, desde
los aportes de P. Marty (1992) y P. Marty- M’Uzan (1963; 1983), la pobreza del
preconsciente, esto es, la insuficiencia de representaciones del preconsciente
en el psicosomático. Hay, pues, un déficit de lo fantasmático, de la
capacidad de soñar, al tiempo que la alteración corporal ocupa el lugar de un acto
o un síntoma. (Mc Dougall, 1989). Aquí es el cuerpo el que delata la
herida narcisista, siendo tomado por la pulsión para la sobrevivencia psíquica.
Para
explicar el fenómeno psicosomático contamos en la actualidad con modelos teóricos
tales como el del “pensamiento operatorio” (P. Marty y M’Uzan, Paris,
1963; 1983), al que se añade el que pone el énfasis en los problemas
concernientes al terreno de los afectos; en este último caso me estoy
refiriendo sobre todo al concepto de “alexitimia” (Nemiah y Sifneos, 1970;
J. Mc Dougall, 1989).
El
enfermo psicosomático regresaría a una modalidad de funcionamiento primitivo,
a un punto de fijación en la estructura narcisista (similar al de la psicosis, pero con otra serie
complementaria), cuando el infans era
normalmente, podríamos decir, alexitímico. Las causas? Puede tratarse de carencias, pero a veces también de excesos en la
relación primitiva con la madre; personalmente tiendo más a pensar en las
primeras, dentro de una relación temprana madre-hijo alterada. Ello puede darse
ante ciertas circunstancias vitales (un duelo padecido por la madre, por
ejemplo), que interfieren en la función materna, originando en el niño una
estructura psíquica precaria, con una marcada debilidad yoica; el Yo se reduce
entonces a una modalidad básica de descarga pura, automática y directa. Cuando
se produce la manifestación psicosomática la regresión es muy profunda;
llegaría a lo preverbal y presimbólico.
Podemos pensar que estos pacientes han experimentado
precozmente emociones intensas que pusieron en peligro su integridad y que para
sobrevivir psíquicamente han construido una defensa contra el retorno de
vivencias traumáticas que amenazaban con aniquilarlos. Ellos eyectan las representaciones psíquicas muy cargadas de afectos. Éstos
son repudiados, desestimados.
Tenemos aquí un Yo mal constituido, primitivo (Yo ideal), que
por no poderlos tolerar, expulsa representaciones y afectos perturbadores o
insoportables. Por ello estas personas tienen tantas dificultades para la
elaboración psíquica, para soñar; poseen una escasa capacidad de simbolización.
Todo esto entraña un peligro psicosomático, dado que sólo se expresan, por así
decir, desde una resomatización del
afecto y en un movimiento regresivo, con respuestas presimbólicas y automáticas
ante traumas actuales que reactivan los traumas tempranos, acaecidos antes de la
instauración de la palabra.
El
pensamiento de estos enfermos suele ser pragmático; el discurso vacío, fáctico.
Previsiblemente, “no creen” en el análisis; es por eso que se suele hablar
de la presencia de un pensamiento
operatorio. Relatan generalmente los hechos “concretos” de la vida.
“Me pasó tal y tal cosa…Eso es todo”. Y acto seguido callan. Green habla
en estos casos del síndrome del “eso es todo”.
Se
trata en realidad de toda una vida
operatoria, fáctica, sin ligadura con los afectos.
Terapéuticamente se ha de procurar transformar la
sintomatología psicosomática en una historia
que se pueda construir.
A
continuación me referiré a lo que atañe al carácter,
tema de mi particular interés desde hace ya muchos años.
Comenzaré
recordando que Freud, en uno de sus
últimos escritos, definió al psicoanálisis como un método destinado a tratar
las neurosis y las anomalías del carácter,
de modo que en esta definición precisó inequívocamente esto último, no
limitando el campo de acción a las neurosis. Freud venía de efectuar numerosas
contribuciones al análisis del carácter, a las que se sumaron las de discípulos
como Abraham, por ejemplo, y ulteriormente, muy en especial, como sabemos, la
valiosa obra de W. Reich, Análisis del carácter, que en mi criterio los psicoanalistas
deberíamos recordar más a menudo. En
tiempos más recientes se sumaron
las contribuciones de otros grandes maestros como Winnicott, Kohut, Lacan,
Kernberg, etc.. Y,
tal como lo dijera Reich, al igual que O. Fenichel más tarde, todo análisis
(psicoanálisis quiero decir), es un análisis
del carácter. Y aquí se nos presenta el concepto de carácter en su
estrecha relación con el de estructura psíquica,
estructura de personalidad u organización
psíquica. El psicoanálisis en tanto método terapéutico puede aspirar a
una reorganización de la estructura de personalidad en el analizando, con la
profunda modificación metapsicológica que esto implica, lo que de hecho
convierte al procedimiento en una psicoterapia ambiciosa en lo que a objetivos y
resultados terapéuticos se refiere.
Tampoco
se trata hoy de reseñar y comentar, que ya lo he hecho en su
momento, los distintos aportes al análisis del carácter, sino en cambio
del “…carácter en la psicoterapia del siglo XXI”. Entonces les digo, que
en concomitancia con el afloramiento y predominio de la patología propiamente
narcisista en las distintas comunidades (la que ha sido dada en llamar genéricamente
“patología contemporánea”), la demanda terapéutica proviene no sólo y no
tanto de personas con alteraciones caracteriales de naturaleza neurótica, que
las sigue habiendo, por supuesto, sino de lo que yo llamaría caracteres-
o caracteropatías si prefieren- narcisistas. Y
es a estos caracteres narcisistas, que hoy invaden los despachos de los
terapeutas, a los que deseo referirme. Están emparentados con la organización borderline,
acaso paradigmática de los trastornos narcisistas no psicóticos; comprenden
además ciertas personalidades narcisistas con serios problemas en la identidad
y la autoestima, los caracteres maníacos (patología narcisista de importante
incidencia en la sociedad actual, aunque últimamente algo dejada de lado por
los estudiosos), los depresivos, constituyendo asimismo el sustrato estructural
de muchas personas que padecen cuadros tales como la drogadicción, la
anorexia-bulimia o los trastornos psicosomáticos. Se trata además de caracteropatías escisivas, esto es, en las que impera la desmentida
o renegación como defensa caracterológica, que genera una escisión del yo, y
en la que el comando psíquico suele estar asumido por el yo ideal de la estructura
narcisista del sujeto, por sobre la estructura
neurótico-edípica. Todo esto determina la necesidad de un abordaje terapéutico
distinto del que veníamos empleando
clásicamente para aquellos pacientes en los que prevalece la organización neurótica
(abordaje que tal vez podamos discutir a lo largo del coloquio). Aquí se
trata de otras defensas, más primitivas, de otras angustias, ya no la de
castración (o sus equivalentes en la mujer) sino de las de separación,
de vacío y, sobre todo, de aniquilación.
En fin, otro mundo, el mundo del análisis de la estructura u organización
narcisista.
Y
algo fundamental que no he dicho aún: más que al modelo teórico de las
neurosis, que arranca desde Freud con la noción dinámica que sitúa al deseo o
la pulsión sexual en un polo del conflicto y a las defensas del yo en el otro,
habrá que atender al del trauma precoz/ defensas del yo, que en gran parte lo sustituye, a
fines de poder comprender cómo funciona ese carácter
narcisista. El trauma temprano está, pues, en el lugar del deseo, y la
defensa prínceps no es la represión, como en las neurosis, sino la desmentida.
Trataré de ser más explícito: nos encontramos aquí, en muchos de los casos
de estos pacientes de patología narcisista, con la existencia de traumas
precoces, que no son, se podría decir, los traumas sexuales típicos de los que
hablaba Freud en los comienzos de su obra, sino aquellas heridas narcisistas,
verdaderas injurias para el yo, consecutivas a experiencias en las que el niño,
en períodos tempranos de su existencia, anteriores a la adquisición de la
palabra, experimentó la falta de amor y el desamparo. De allí sobrevendrá: la
fijación al trauma, la compulsión
de repetición de estas situaciones traumáticas y dolorosas, “más allá
del principio del placer”, tal como Freud lo describe en el trabajo del mismo
nombre de 1920.
Freud expone en 1939, en Moisés
y la religión monoteísta, como un modelo de estructura, el configurado por
la situación traumática y las consecuentes defensas del yo, capaces de dar
incluso lugar a la producción de determinados rasgos
de carácter en el sujeto.
Quienes
trabajamos predominantemente con modelos psicopatológicos de raíz freudiana, e
intentando comprender la patología con puntos de fijación en estadios
primitivos del narcisismo[i],
hemos venido comprobando en los pacientes de patología intermedia entre las
neurosis y las psicosis la repetición del trauma precoz.(En el agieren
transferencial, por ejemplo). Este
trauma carece de representabilidad (o es sólo parcialmente representable), por
lo que para algunos la problemática que plantea estaría “más allá…”
del psicoanálisis (de la analizabilidad).
Por
último y para completar el modelo: quien cite el trauma psíquico –y
siguiendo el dualismo del trauma y la defensa o pulsión-defensa- ha de incluir,
de modo concomitante, la acción de las defensas del yo, tanto represivas como
escisivas, que encubren el trauma, reprimiéndolo o desmintiéndolo. La proyección
puede también ocupar un lugar preponderante, como sucede, por ejemplo, en el
caso del carácter paranoide- agresivo descripto por W. Reich (1933).
Es
todo el aparato, toda la estructura psíquica la que repite -o se repite-, tal como
nos lo recuerda el propio Freud en Moisés
y la religión monoteísta. La
repetición no sólo es éllica, sino también yoica y superyoica.
Recordemos también que en Análisis
terminable e interminable sostiene además Freud que las defensas del yo
pueden acabar fijándose en él,
constituyendo pautas reaccionales, regulares y repetitivas del carácter.
Tenemos por un lado
la repetición por imperio del retorno de
lo reprimido. en el que hay una repetición a cargo del yo de la activación
de las distintas defensas (en este caso la represión y otros mecanismos
subsidiarios de ésta), característicamente estereotipadas e incrementadas en
las neurosis (y mucho más aún en las caracteropatías).
En cuanto a la
repetición que reproduce el trauma temprano: en estas circunstancias el
sujeto puede experimentar conscientemente el dolor u otras distintas formas de
displacer al revivir el trauma (angustia de aniquilamiento), pero no es obligado
que así sea. Agreguemos: es que aquí operan también las defensas, destinadas
a que el sujeto no recuerde ni reviva
nada del trauma primitivo, tal como señala el propio Freud en su trabajo de
1939, destacando además entre ellas la evitación
y la desmentida.
En
mi experiencia clínica distingo a menudo también la presencia de otras
defensas arcaicas que pueden encubrir el trauma precoz, tales como
la transformación en lo contrario y la
identificación con el agresor.
La
dinámica trauma temprano - defensas del yo puede inclusive cristalizar en una
estructura caracterológica determinada (Freud, 1939; Braier, 2000). Un ejemplo
de rasgo de carácter en estas personalidades narcisistas podría ser la arrogancia.
(Nicolini y Schut, 1992).
Creo
que la descripción de este modelo y en particular de estas defensas, con
frecuencia primitivas y férreas, admite cierta comparación con el modelo
reichiano de la coraza caracterológica, o por lo menos lo recuerda.
El
análisis y consecuente modificación de las defensas yoicas
–aunque esta última sólo fuera cuantitativa- es, por ende, decisivo en todos
los casos del espectro psicopatológico; supone no sólo el ineludible análisis
y superación de resistencias a hacer consciente lo inconsciente, pues como
resistencias operan en la cura (Freud, 1926; 1937), sino también la resolución
de síntomas, inhibiciones y alteraciones de la conducta, en los cuales se
hallan profundamente involucradas y arraigadas. Pero sobre todo este análisis
implica la posibilidad de cambio psíquico estructural,
de obtener modificaciones cuali y/o cuantitativas en la organización
caracterial del analizando.
PARA
FINALIZAR
El
gran desafío al que hoy nos enfrentamos en la clínica psicoanalítica es a mi
criterio el abordaje de trastornos que conciernen a la estructura
narcisista antes que a la edípica. Son, pues, más los tiempos de Narciso
que de Edipo.
A todo esto –y
aquí sólo puedo limitarme a citar los puntos, por razones de tiempo- deberá añadirse
un miramiento por a) la acción desidentificatoria que la labor psicoanalítica ha de traer
aparejada, en lo que atañe a aquellas identificaciones patógenas, en especial las estructurantes, que suelen operar como
prótesis ante el déficit de identificaciones normogénicas (García
Badaracco, 1985) y que han dado
lugar a rasgos patológicos del carácter (Braier,
1989), y b) la reestructuración
identificatoria del analizando (Braier,
1989), tratándose a menudo de ayudar a construir
un yo antes que de corregir sus alteraciones.
No
me alcanza el tiempo: guardo
para el coloquio la posibilidad de suministrar una breve viñeta clínica que
ilustre acerca del tratamiento de una caracteropatía narcisista.
FIN
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| VIÑETA
CLÍNICA: |
Fijaciones
a traumas tempranos acaecidos en las fases del narcisismo primitivo que
suelen acompañarse de defensas igualmente primitivas, pueden originar
conductas maníacas o psicopáticas en las que se exterioriza el anacronismo
de tales defensas, y/o dar lugar a determinados rasgos de carácter.
Les relataré a continuación una breve viñeta clíníca para
ilustrar este modelo psicopatológico de cuño freudiano que, por su
potencia teórico-clínica, juzgo oportuno retrabajar:
Jorge,
un hombre joven, me dijo en la primera entrevista: “Me estoy autodestruyendo
desde hace muchos años… Sobre todo he destruído mis relaciones con mis
novias…y ahora la relación con mi mujer”. Era esta una actitud
reflexiva y producto de cierta toma de conciencia de que le pasaban cosas
que escapaban a su comprensión y control y sobre todo que el causante de
los principales problemas de su vida era él mismo. En su análisis en
cambio evidenció intensas resistencias a ahondar en esos problemas. Una
neurosis de destino parecía condenarlo al “eterno retorno de lo igual”
(Freud, 1920).
A
menudo era infiel a su esposa y solía salir de juerga con sus amigos.
Ante todo, Jorge desmentía las carencias afectivas que junto a un hermano muy próximo
a él había padecido cuando niño. Perteneciente a una familia de
posición económica y social acomodadas, con su hermano eran los últimos
hijos, no deseados, de una numerosa prole y los únicos a quienes su madre
no amamantó. Sus padres eran bastante mayores cuando trajeron
a los dos al mundo. La crianza de ambos niños fue entonces
encomendada a un ama de llaves de la familia.
Jorge
albergaba, en la unión con su hermano, ambos bellos y económicamente
acaudalados, intensas fantasías de omnipotencia megalómana. Las defensas
maníacas se veían reforzadas a menudo
por la ingestión de cocaína (cuya dependencia de la misma él se encargaba
de desmentir), que le proporcionaba una manía “química”.
Se defendía esencial e inconscientemente de experimentar
sentimientos dolorosos de abandono, vale decir, de revivir
(repetir) situaciones traumáticas de desamparo infantil, así como
de sus sentimientos de dependencia. En cierto modo lo lograba, claro que a
expensas de recurrir a defensas
que generaban en él actings maníacos o psicopáticos capaces de dañarlo o de dañar a
los demás.
Una vez, para mitigar la angustia de desvalimiento que amenazaba con
instalarse a raíz de su temor de que una joven no estuviera enamorada de él,
no vaciló en ir a su encuentro a otra ciudad conduciendo su automóvil a
casi docientos kilómetros por hora sobre el asfalto resbaladizo debido a
las lluvias caídas, sólo para reasegurarse del amor de ella (por quien muy
pronto, por otra parte, perdería todo
interés). Exponía de este modo su vida, negando maníacamente la
posibilidad de sufrir un accidente y en el fondo
conmocionado ante el temor a que alguien lo rechazara, lo que
constituía su talón de Aquiles; asimismo, intentaba siempre invertir los
papeles para que fueran los otros quienes aparecieran dependiendo de él y
no al revés, cosa que repitió también en su relación
transferencial conmigo. (Transformación
en lo contrario; vuelta contra otros; identificación proyectiva). A la
manera de un don Juan, solía seducir a las mujeres e, incapaz de amar, las
abandonaba.
En Jorge y en su hermano, que presentaba una patología “en
espejo” con la de él, la misoginia era visible y constituía una expresión
del odio y el resentimiento hacia la figura materna.
A
Jorge le gustaba pasar por un play boy,
al igual que su hermano. Ambos adoptaban con frecuencia conductas violentas
y eran temidos por los demás. El ser arrogante,
despectivo y prepotente fueron algunos de sus rasgos caracteropáticos más
salientes, como consecuencia de defensas –maníacas- arraigadas en el yo y
testimonio de la marca dejada por las injurias narcisistas ocasionadas por
el desamparo padecido. (“Dime
de qué blasonas y te diré de qué careces”).