|
|
|
LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS EN EL NUEVO PARADIGMAJavier Torró Biosca
El paradigma mecanicista que se desarrolla en la modernidad, ya no nos sirve. Parte de una visión truncada del hombre en la que sólo tiene en cuenta su dimensión mecánica y pierde de vista su pulsación vital, que es lo que nos une al resto de la naturaleza. Por eso hemos ido cayendo en una crisis ecológica que puede tener repercusiones catastróficas. De hecho los biólogos ya reconocen abiertamente que estamos en una época de extinción masiva de especies. Además, las consecuencias de la sociedad tecnológica distorsionan, limitan o eliminan los diferentes ecosistemas de nuestra biosfera y ponen en grave jaque la sostenibilidad biológica del planeta. El paradigma mecanicista surge con el proyecto de la modernidad. Lo moderno comienza a separarse de lo antiguo por contraposición en el Renacimiento. Sus ideas se afianzan y expanden en la Ilustración. En la modernidad el hombre y la razón se constituyen como los núcleos esenciales, y el progreso, como el motor para conseguir el dominio del hombre sobre la naturaleza. Es la época de la indisputada hegemonía del individuo cuya culminación es la Revolución Francesa que ensalzaba con orgullo la bandera de los ideales de libertad e igualdad generalizadas. Es la época en que el pensar histórico (la acumulación de experiencias históricas en un “espíritu de la época”) y el pensar utópico (el desarrollo de las alternativas de acción y posibilidades de realización de la razón) se unen, y nadie mejor que Hegel realiza esta síntesis. Es quizá por esto por lo que ya en sus textos se puede descubrir una condición de fragilidad y ambigüedad inherente a la modernidad si se descuida el proceso, es decir, si el desarrollo de la razón se hace unilateral. Por una parte está la “dialéctica del amo y el esclavo” en la Fenomenología del Espíritu; en ella dos “yoes” se enfrentan negativamente en un duelo a vida o muerte; uno de los dos cede pero no ante el otro sino ante el peligro de la muerte y así se instaura un desequilibrio que será el motor de la historia de la modernidad. El reconocimiento de las dos autoconciencia deja de ser bilateral y una de ellas (el esclavo) pasa a engordar el ámbito de lo natural, se cosifica. Por otra parte, en la Filosofía del Derecho nos dice Hegel: “en medio del exceso de riqueza la sociedad civil no es suficientemente rica, es decir no posee bienes propios suficientes para impedir el exceso de pobreza y la formación de la plebe”, así pues, por su propia dinámica interna se ve llevada fuera de sí misma. El primer problema se encontraba presente de forma más o menos larvada en el desarrollo y estructuración del sistema capitalista, constituyendo lo que se ha dado en llamar “la contradicción fundamental”. El segundo problema hace referencia a la insita necesidad del capitalismo de desarrollar continuamente la producción para hacer frente a la competitividad y a una mayor rentabilidad. Eso le ha llevado al imperialismo y a la sociedad tecnológica. En los análisis realizados por Habermas del sistema de sociedad propio del capitalismo tardío, encontramos que interactúan tres sistemas: el sistema económico, el sistema político-administrativo y el sistema socio-cultural. El sistema económico es dinamizado por el medio dinero. El sistema político-administrativo por el medio poder. Ambos sistemas funcionan de acuerdo a la lógica de la razón instrumental, que se preocupa de conseguir los fines propuestos sin detenerse a examinar la bondad o la racionalidad de los medios utilizados. Sólo en el sistema socio-cultural el individuo se encuentra inserto en un “mundo de la vida” estructurado por sistemas de valores y puede actuar de acuerdo a una razón objetiva que procura conseguir sus fines para configurar su vida y su historia de una manera humana. Con la globalización estos desajustes no han hecho más que incrementarse y el “mundo de la vida” se ha ido reduciendo a ámbitos cada vez más pequeños debido al fin de las ideologías, la pérdida progresiva de los derechos civiles y laborales, la manipulación de la información y las conciencias producidas por los medios de comunicación y la desestructuración de las culturas tradicionales con sus sistemas de valores. Desde Europa tenemos una visión sesgada del drama que vive la humanidad. Este drama se ha ido fraguando poco a poco. Como en el mito de la caverna de Platón o en la película de Matrix, vivimos en una gran trampa de la que debemos salir para entender la magnitud de la tragedia. Esa gran trampa es la que ha permitido que no hagamos caso a las previsiones de Robert Malthus, quien ya en 1798 en su libro Ensayo sobre el principio de la población, alertaba de los peligros del aumento de la población y su incidencia catastrófica en el mundo. Para Malthus la producción de alimentos crece por progresión aritmética, mientras la población lo hace por progresión geométrica. Para paliar estos efectos devastadores para la población y para el planeta, propuso ya en su época la prevención de la natalidad. En el año 2004 éramos 6.378 millones de personas aproximadamente en el planeta, con el consiguiente consumo de recursos de esa población. Aún teniendo en cuenta las enormes desigualdades es un número que sobrepasa, según los expertos, las capacidades adecuadas del planeta. Pero la cifra sigue subiendo y se espera que en el 2050 seamos 8.920 millones de personas. En los foros internacionales nunca se ha querido abordar seriamente esta cuestión. ¿Por qué los políticos no son capaces de afrontar la grave crisis de la superpoblación? Porque así el capitalismo dispone de lo que Marx llamaba el “ejercito de reservas de parados”, es decir, un gran número de personas con deseo de trabajar y sin posibilidades de hacerlo por lo que los que trabajen van a cobrar menos y los derechos laborales se van a ver disminuidos, reproduciendo así la “contradicción fundamental”. Esa gran trampa es la que sustenta la imagen del hombre como un egoísta racional que calcula instrumentalmente para conseguir sus fines sin reparar en los medios. Donde prevalece la visión hobbesiana en la que “el hombre es un lobo para el hombre” y la emoción dominante en la interacción social es el miedo. El hombre es destructivo por naturaleza y sólo puede ser domeñado por el báculo del poder. Esta visión se ve justificada por las múltiples guerras que han dominado la historia de la humanidad, hasta las preventivas. ¿A quién creéis que interesa esa visión egoísta y destructiva del ser humano? Al capitalismo atroz, que siempre ha hecho de las guerras una oportunidad para enriquecerse y manipular a las masas con total cinismo e hipocresía. Véase las últimas guerras preventivas del presidente Busch y sus acólitos, disfrazados de adalides de la libertad. A esa gran trampa le ha venido como anillo al dedo la teoría de la evolución descrita por los darvinistas y neodarwinistas, haciendo de ésta una especie de credo en el terreno de la biología pues hablaba de la supervivencia del más apto y de la adaptación de las destrezas del individuo a los desafíos de la naturaleza. Decía Darwin en El Origen de las Especies: “Dado que se producen más individuos que los que pueden sobrevivir, tiene que haber en cada caso una lucha por la existencia.” Esta idea de la selección natural es el dogma que ha dominado la biología en el siglo XX, extendiéndose a amplias zonas de las ciencias sociales mediante el darwinismo social. La idea de adaptarnos a las condiciones del medio social (“normalización”), de ver al otro como un enemigo al que superar para sobrevivir en el ámbito en el que nos desenvolvemos o la creencia de que los que llegan son los más aptos, es una falacia que ha calado hasta nuestros huesos. ¿A quién creéis que beneficia esa competitividad atroz? Todas estas creencias erróneas y esta trampa en la que estamos inmersos nos han ido llevando al embrutecimiento y a un clima de violencia generalizada. Ese ímpetu expansivo del capitalismo imperialista ha ido destruyendo las culturas tradicionales y los vínculos íntimos de los sistemas humanos y ha convertido al planeta en un erial de individuos desarraigados y embrutecidos. La sociedad tecnológica ha ido destrozando las pequeñas islas de comunicación para convertirlas en monolitos de fría información, donde el contacto se circunscribe a los datos. Y así, una vez más, se da la profecía autocumplida y acabamos creyéndonos que somos seres individualistas, egoístas y que no nos podemos fiar del los otros. Como el esclavo liberado del mito de Platón, hay que salir de la caverna y atrevernos a mirar al mundo a la luz del sol. Hay que descubrir la gran trampa en la que vivimos. Y para hacer frente a esta tragedia necesitamos amplias dosis de amor. Como la consigna hippy: “yo hago el amor y no la guerra”. Empédocles, un filósofo presocrático que vivió hacia el 440 a.C., creía que habían dos fuerzas intrínsecas a todo lo real y que actúan en todo tiempo y lugar: el amor y el odio. El cosmos es una configuración determinada formada por los cuatro elementos griegos en la que predomina uno e impone su ley. Las cosas se ordenan según el amor. Pero ya desde el inicio de esa configuración cíclica, decía Empédocles que el odio crecía en sus entrañas y producía la separación de los elementos constitutivos de las cosas. Así, por el odio los elementos se separan y vuelven a los “infiernos”, decía Empédocles, donde se construye un nuevo ciclo por obra de la diosa Amor. Así pues, debemos implorar a la diosa Amor que nos permita reconstruir un nuevo ciclo. Para ello debemos ser capaces de mirarnos a nosotros mismos e ir a las raíces de la vida como propugna la orgonomía o la ecología de los sistemas humanos. Michel Odent en Génesis del hombre ecológico dice: “Reconocer la necesidad de cierto contacto del hombre con sus raíces quizá sea un medio de precisar el contenido de conceptos hasta ahora difíciles de definir, tales como los de naturaleza humana, la alienación, la deshumanización. El proceso de deshumanización, de alienación, no sería otra cosa que la separación del ser humano de todas sus raíces. Las condiciones naturales del nacimiento en los países industrializados son inhumanas porque implican una separación madre-hijo, porque la pareja madre-hijo está ‘radicalmente’ separada de todo lo que avoca a los orígenes de la vida. La tecnocracia, el puro intelectualismo, constituyen otros ejemplos del proceso de deshumanización, por separación, ausencia de contacto con las raíces sociales… El inmueble de hormigón se inscribe en el proceso de deshumanización que aísla, separa de la tierra” (p. 17-18). A medida que vayamos tomando contacto con nuestras raíces y creando medios de vida que resulten respetuosos con ellas, iremos contactando también con nuestro propio ritmo. El ritmo es un elemento fundamental para el ser humano, de ahí la fascinación que sentimos por la música. Todo en la naturaleza es ritmo y alterar esos ritmos supone alterar nuestra naturaleza. Tomar contacto con nosotros mismos es tomar contacto con nuestro ritmo interno y respetarlo. A nivel social el criterio fundamental es la “sostenibilidad”. Capra, desde la perspectiva de la ecología profunda, la define estableciendo una serie de principios de organización que considera básicos para edificar sociedades sostenibles: 1.- La interdependencia. Supone comprender el hecho de que las comunidades ecológicas se encuentran interconectadas en una red de relaciones. Por tanto, cualquier perturbación afecta a toda la red. 2.- La naturaleza cíclica de los procesos ecológicos. Este presupuesto nos llevaría a innumerables reajustes en los sistemas sociales creados. Desde la utilización de energías renovables, hasta la gestión de los residuos urbanos e industriales o las ecoauditorías para analizar las consecuencias medioambientales en los procesos de producción. 3.- La asociación y la cooperación en una democracia participativa de todos los miembros de la comunidad. Aquí jugaría un papel muy importante el concepto de “democracia del trabajo” elaborado por Reich. 4.- La flexibilidad del ecosistema. Relacionado con la autorregulación del propio sistema. La falta de flexibilidad se manifiesta en forma de estrés, lo que induce a una creciente rigidez. Si esta es prolongada puede llevarlo a la destrucción. Por tanto una buena gestión significa descubrir los valores óptimos de sus variables, así como estrategias de resolución de conflictos. 5.- Diversidad en los ecosistemas. Cuando más diversidad hay, más compleja es la red y por tanto más resistente. En las comunidades humanas la diversidad étnica y cultural juega el mismo papel, siempre y cuando la comunidad no está fraccionada desde el principio. X. Serrano, en una conferencia dictada con el título de “Aplicación del funcionalismo orgonómico a los sistemas humanos” , proponía una serie de medidas institucionales para prevenir y paliar las crisis, entre las que estarían: asumir la enfermedad en nuestras instituciones, permitirse la permanencia en la crisis, que predomine lo cortical y la alianza de trabajo en los espacios institucionales para paliar la irracionalidad pulsional, facilitar espacios de comunicación irracional y de descarga, utilizar corticalmente el respeto entre los colegas, evitar la difamación y la crítica destructiva, buscar medidas de autorregulación a nivel individual y reconocer nuestros límites personales. También debemos tomar conciencia de la importancia de la creatividad para el ser humano. La expresión creativa nos acompaña desde los albores de la humanidad. Parece constituir algo así como una integración del mundo externo en el yo. Desde mi punto de vista no se ha hecho bastante hincapié en esta capacidad esencial del ser humano, en su necesidad de expresión creativa para ir digiriendo los elementos dispersos absorbidos del ambiente. Una especie de digestión del alma, sin la cual el animal humano se va marchitando y cayendo en una condición de embrutecimiento o, al menos, de pérdida de matices. Es preciso, también, sacar a la luz unos nuevos valores que inviertan esa imagen del hombre como egoísta racional. Parto de la idea de un ser humano con autonomía moral, competente para crear su propio código moral susceptible de ser regulado por un mínimo de principios morales y capaz de comprometerse con los códigos deontológicos de los sistemas humanos en los que participa. Creo, sin embargo, que se confunde sistemáticamente el egoísmo con el “amor a sí mismo” que según Rousseau es un principio propio del hombre natural. El amor a sí mismo es preocuparse por nuestro bienestar y conservación. El egoísmo es una especie de amor propio que empuja al individuo a mirar por sí mismo a expensas de los demás, pasando por encima de ellos si es preciso. Creo que el hombre debe preservar su “amor a sí mismo” y desechar el egoísmo que es una perversión surgida en el sistema social por los imperativos de la razón instrumental. El ser humano tiende, por otra parte, a la cooperación y no al individualismo como nos han hecho creer. La cooperación es una estrategia propia de la naturaleza. Los genes de algunas células bacterianas parecen trabajar en equipo, como si actuaran como un organismo único para su supervivencia. En la actualidad se sabe que muchos orgánulos (p.e. las mitocondrias) de las células fueron organismos independientes en un principio y con el tiempo acabaron coordinando funciones y adaptándose en el interior de la célula. Así la simbiosis tiene una fuerza evolutiva mayor que las prácticas destructivas. La coevolución de diferentes especies es otra estrategia bastante extendida en la naturaleza. Así se sabe que los hongos coevolucionaron con las plantas y en la actualidad, prácticamente todas las plantas dependen de algún hongo en sus raíces para la absorción de nitrógeno. Capra plantea, en esta misma línea, la interpretación del sistema inmunológico como una red de personas hablando unas con otras, más que con metáforas bélicas. En todo ecosistema se da un intercambio permanente de energía y recursos, lo que sólo tiene sentido desde la perspectiva de la cooperación. La cooperación y la asociación también han constituido una estrategia fundamental para el desarrollo del animal humano como especie. Rene Dubos en Un Dios Interior comenta como un antropólogo de la universidad de Columbia, encontró en una cueva de Shanidar, en Irak, restos fósiles de hombres de Neandertal que enterraban a sus muertos sobre lechos de ramas y flores. Además, uno de los esqueletos hallados era un hombre adulto que murió a los cuarenta años víctima de una avalancha de rocas, al que se le había amputado el brazo, por encima del codo, en los primeros años de su vida. Lo que supone un cierto grado de solidaridad con él para mantenerse en vida hasta los cuarenta y cuatro años. Por su parte, la antropología reconoce como uno de los elementos fundamentales de la evolución humana, la colaboración en la caza para la subsistencia de las hordas primitivas, una vez producido el proceso de bipedestación. Otro aspecto que redunda en la importancia de la colaboración y la asociación en el progreso de la humanidad es el proceso de división social del trabajo en los primeros asentamientos primitivos y la categoría de ese hecho social para el desarrollo de la cultura. Maturana apela a la raíz etimológica de la palabra conciencia (con-scire: “saber juntos”) para indicar el valor del contexto social en la aparición y el desarrollo de la conciencia humana. Por último, hay que apelar al instrumento que más identifica al animal humano, el lenguaje, que es un instrumento de cooperación social que permite desarrollar y afianzar los sistemas humano, la familia, las comunidades, las tribus, e intercambiar ideas y posibilidades de cooperación. Mi intención no es entrar en un debate con aquellos que plantean el egoísmo y el individualismo como estrategias que aportan mejores resultados a corto plazo. Sé que los cálculos a nivel sociológico se hacen pensando que el hombre actúa como egoísta racional. Como afirmaba anteriormente, tenemos integrada esa imagen de nosotros mismo. La profecía autocumplida. Mi intención es que reconozcamos que hay que revertir esa tendencia y apostas por el apoyo mutuo, la cooperación, la comunicación y, en definitiva, por el amor como energía que mueva nuestras acciones y nuestros planteamientos. Así como por la prevención de la salud desde una ecología de los sistemas humanos que permita la construcción de un mundo más humano, más honesto y más expansivo.
|
|