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Sobre círculos y triángulos(Capítulo VII del
libro "Saltando las Olas")
María Montero-Ríos(Psicóloga Clínica y Pedagoga, Especialista en Audio-Psico-Fonología. Orgonterapeuta Trainer de la ES.TE.R, siendo docente en los programas de formación y especialización. Realiza su trabajo clínico como terapeuta en el campo de las dificultades emocionales tanto con adultos como en la infancia y adolescencia. En el ámbito educativo y de la prevención, desarrolla actividades de orientación a padres - madres y profesionales de la salud y la educación.) Círculos
y triángulos son formas de moverse y diseñar el espacio, Las formas concretas
favorecen que se establezcan
relaciones concretas. La dirección de la comunicación se canaliza de diferente
manera si utilizamos un diagrama circular, todos alrededor de la mesa por
ejemplo, o lineal, uno arriba de la tarima y los demás abajo. Podríamos
imaginar el universo de las
relaciones personales como un mapa de dibujos geométricos. Quizá si partimos
de rebuscar en el significado de las formas, nos sea más fácil entender cómo
y por qué las utilizamos. El otro
día una madre se sorprendía comentando esta situación de su hija, una cría
de unos 4 años. Tenía dos buenas amiguitas en el barrio, con las que realmente
se sentía a gusto, pero sólo aceptaba ir
a jugar con ellas de una en una. La madre notaba la resistencia
de la nena cuando proponía que quedasen las tres juntas. También había
observado como tendían a jugar de dos en dos, alguna vez que se daba esta
situación, lo que hacía que una de ellas quedase un tanto desplazada. Esto es,
se manejaban mal con los triángulos. Los
movimientos nos envuelven en un conjunto de rayas y líneas. Lo oval es en la
Naturaleza la forma primitiva de
protección y seguridad. Es la estructura más rentable, en el sentido de ser la
que menos energía consume para mantenerse,
y, por tanto, la que mejor
la conserva dentro, por ello favorece los procesos internos de crecimiento,
maduración y diferenciación celular. El círculo
da estabilidad, pensemos en un aro o un balón, puede rodar sin romperse, porque
no tiene aristas, no tiene geografía hacia el exterior, su uniformidad prima
que la comunicación se vuelque preferentemente al interior. Como forma
es por excelencia defensiva, en
especial sirve para defender lo que hay dentro, es protectora. Podemos recordar
las caravanas en las películas de indios y vaqueros, similar a
la estrategia de los boers holandeses en las guerras africanas, o
las formas circulares del caracol, los erizos, los gusanos o simplemente todos
los huevos donde se gestan las crías. Las
primeras relaciones humanas se establecen en la pareja. Entre las interacciones
duales que suponen más intensidad está sin duda la de una madre y su cachorro y posteriormente se trasladará a la
relación con los padres, donde padre y madre forman una unidad, la familia.
Para los niños durante mucho tiempo las relaciones son básicamente circulares,
cada vez que se introduce un nuevo estímulo, sea un amigo o un juguete se crea
una dinámica circular con él. Esto nos permite comprender un poco mejor
el sentido de la repetición para los
pequeños, dando vueltas y vueltas hasta comprender.
Al
principio, como reflejo de
nuestra propia fusionalidad, nos ajustamos muy bien al círculo. Es más
la presión que desde el exterior se ejerce para abrirlo supone generalmente una
violencia, una tensión no adecuada,
pues el círculo, al igual que el huevo se abrirá por si mismo cuando sea capaz
de hacerlo sin peligro. El
círculo supone un equilibrio entre sus partes,
y entre el centro y la periferia. La relación es lineal, elemento a
elemento, parte a parte, en donde no existe ni un principio ni un fin. La
pareja es una forma circular, también compacta, pues no tiene puntas. Las
parejas sean en su vertiente sexual, de colegas, de amigos, etc. son típicamente
circulares, cerradas para asegurar la intimidad. Las formas impares son más
abiertas. Si te invitan a una fiesta y vas solo, seguramente saldrás con un
amigo, o te morirás de aburrimiento. Si has ido acompañado es bastante
probable que no hagas ninguna relación, incluso es posible que no hables con
nadie, excepción hecha de tu acompañante. La pareja, precisa de una
tensión hacia el centro para mantener su circularidad, por eso le cuesta
más abrirse. Generalmente
crecemos superponiendo círculos sobre círculos, así vamos ensanchando el
mundo e introduciendo nuevos estímulos y objetos sin perder la estabilidad
interna. A veces a los adultos nos
molesta que los niños pequeños no gusten de jugar con más niños, o no usen
todos sus juguetes, ni se pongan toda la ropa que le compraste, vayan
siempre con las mismas botas, o continúen queriendo volver a ver Merlin el
Encantador por décima vez. Entre otras cosas es porque se nos escapa que cuando
dan valor a algo empieza la circularidad y continúan en ella hasta que de
alguna manera la completan. El círculo a diferencia del triángulo es centrípeto
e inmovilista. El triángulo
introduce la irregularidad en el espacio. En él encontramos tres puntos que han
de lograr correlacionarse todos con todos, incluye la posibilidad de la armonía
en la proporción, pero también la "desobediencia" de la desproporción,
pues permite que la tensión y la apertura no se distribuyan por igual. El triángulo
al posibilitar que la distancia entre sus puntos no sea la misma, hace que dos vértices
puedan estar más cerca entre si y más alejados del otro, o incluso cada uno a
una longitud particular. El desequilibrio rompe la ecuanimidad en la distribución.
Con
esta forma se construye una estructura
en la que pueden integrarse múltiples irregularidades o asimetrías. Y
precisamente por esta capacidad de facilitar
la irregularidad, se introduce la libertad de elegir cómo y donde colocarse,
abriendo el círculo inicial hacía la variabilidad del mundo. Traducido
a nuestro contexto de las relaciones, veremos como el niño pequeño necesita
querer y ser querido por igual a papá y a mamá, - los adultos se divierten en
forzarlo con la consabida " gracia" del: pero vamos, a quien quieres
un poquito más, solo un poquito más -, mientras él se agarra como puede para
mantener la uniformidad, a los dos igual, a los dos igual. Pero al
crecer tiende a tomar partido, especialmente en las situaciones de
enfrentamiento o desacuerdo, y rápidamente
se "pega" a uno de
los padres e intenta establecer a
través de la alianza (círculo) un
bando, para escaparse del triángulo. Cualquier pelea familiar con un niño o niña
pequeño acaba más o menos así:
el crío se coloca junto a uno de los padres, y da igual quien tenga la razón o
haya iniciado el conflicto. Incluso,
si no estabas, si acabas de llegar del trabajo,
al poco te ves envuelto en la rabieta y te conviertes en el malo de la película.
En el
triángulo cada vértice, cada persona, ha de mantener su propia tensión, pero
cuando el niño es pequeño o está inseguro busca refuerzos. Al abrirse al
mundo aparecen las relaciones irregulares y asimétricas, las cosas, los estímulos,
las personas ya no tienen el mismo
valor, ni tan siquiera un único significado. Nuestras sensaciones comienzan a
moverse por los altiplanos de la geografía afectiva. EDIPO
REY.
Alrededor
de los 4 años y de la mano de la sexualidad infantil vamos a encontrarnos con
el más famoso triángulo de la Historia de la Psicología: el triángulo Edípico.
El tema del Edípo lo tomó prestado Freud de la tragedia griega y lo utilizó
para ejemplificar el interés sexual del niño por uno de los progenitores, el niño en cuanto varón se "enamoraría"
de la madre, y la niña del padre. Ejercer esta elección supone una inclinación
que rompe el equilibrio afectivo y,
lleva a descolocar las figuras paternas del
plano de igualdad circular propio del esquema primitivo, introduce la
preferencia, lo que supone una cierta discriminación hacia el otro y las
posibles repercusiones, de este rechazo. Ortodoxamente este hecho pasa a
complicarse por la famosa cuestión de la culpa y el castigo. -
Oh Dios! Que depravado,
como puede interesarme mi madre. Y
seguidamente. ¿Qué me hará mi padre si se entera? El tema
del Edípo es de por sí Complejo.
Además, en la concepción clásica
Freudiana, es diferencial, al igual
que lo son los genitales, esto es, moviliza
afectos y consideraciones diferentes según el sexo. En el caso de ser niña,
deberá cambiar la dirección de su amor, inicialmente depositado en la
madre, para cargar de valor al padre, trasladándole importancia y atención. El
temor a las represalias de alguien
a quien hasta hace poco quisimos incondicionalmente y al que luego retiramos la
estima, suele ser más retorcido. En un discurso falocrático, como el del
psicoanálisis ortodoxo, la mujer aparece como el varón castrado, incompleta y
agujereada. En sus intentos para salir de la angustia de la carencia y la
envidia de no tener pene, la niña cae en pensamientos compensatorios,
del estilo de que fue robada: alguien me quitó
algo y me dejó este agujero sin nada, qué hice mal para que me lo
quitaran a mi, y a mi hermano no, quien lo tiene, cuando me lo darán,... Y
espera pasivamente que un día alguien le devuelva
esa parte que la cierra con todo su valor, con todas sus piezas. La
aparición de la menstruación reactiva la idea
de corte, de roto, de que mis temores eran cierto,
me han hecho daño y por eso sangro. La mujer
sólo acabada con el hombre, que tiene el pene que
a ella le falta, sólo culminada con el hijo, ¡por fin algo propio, que
ella puede tener y el hombre no! Sólo revalorizada, perdonada, con la
maternidad, desde el estatus de "mujer
-madre". Pagando en cada una la deuda de
aquella Eva tentadora, perdición del hombre y de la humanidad, santificada
gracias al hijo que le permite salir de su humillante condición
de "mujer - mujer", sinónimo tradicional de puta. La mujer,
agujero, pasiva receptora que debe
ser llenada. Vacía como demuestra su ausencia en la historia de la cultura de
la humanidad. ¿Pues donde, donde están las mujeres ilustres, las guerreras,
las descubridoras, las artistas, las dirigentes y políticas? La mujer se
realiza como tal en el hogar, la venerada Mamma omnipotente no necesita
estudios, sólo un buen marido. En fin, todo
un guión. Aunque
las líneas arriba mencionadas, con un estilo grotescamente sobreactuado,
formen parte de la realidad histórica de un discurso. Creo que no sería
justo ignorar, que ante todo, son fruto del esfuerzo por entender y comprender.
Tuvieron el valor de existir y permitir, incluso al ser rebatidas, abrir el
pensamiento y la conciencia social a cotas hasta entonces inalcanzadas. Y es a
mi parecer incuestionable la contribución
de Freud y su pensamiento, al hecho de que la tan acelerada humanidad se
detuviera a mirar también en su interior. Mientras,
las teorías evolucionaron y muchas han
sido las aportaciones, especialmente de
las mujeres, desde el propio psicoanálisis (Horney, Langer, Klein, Mack
Brunswick, Mitchelle...) que
modifican los presupuestos iniciales y que clarifican o complejizan, más aún,
este discurso. Dejaremos en el aire algunas reflexiones. ¿Hasta cuando partir
de la mujer insatisfecha de si misma, de
manera innata negadora y
desinteresada de su cuerpo y envidiosa del otro? ¿Acaso el recibir no es tan
activo como el dar, acaso acoger y penetrar, entrar en el otro y abrirse para
aceptar al otro dentro de mí, no forman parte de una dimensión humana que
trasciende lo sexual? ¿Dónde esta la línea que separa lo masculino de lo
femenino? ¿Cómo aceptar mi feminidad sin sentirme menos hombre, incluso sintiéndome
más hombre por ello, pues me enriquece y completa
como persona? En una
revisión sobre este concepto
tendríamos que
considerar el tema de si el
Edipo forma parte del desarrollo normal
y universal de todas las
personas es decir: todos los niños y niñas entre tal y tal edad pasan
necesariamente como parte de su
crecimiento por... Un salto
en mi opinión cualitativo, se produce del
análisis y respuesta a esta
pregunta. ¿Por qué los niños habrían de volver su amor y su deseo otra vez
hacia los padres, si precisamente vienen de vivir esa experiencia? Si la
dirección de todos los intereses globales del niño y niña, todas sus
adquisiciones y descubrimientos se proyectan cada vez más en el espacio
exterior, en lo social, ¿por qué el interés sexual precisamente tiene que
seguir espontáneamente la dirección contraria?
¿Por que justitamente la expresión de la afectividad habría de ser diferente
y no desear ir hacia el mundo, sino permanecer anclada en el círculo estrecho e
imposible de la relación familiar? Cruel destino que nos llena de deseos y nos
cierra las puertas con mil candados. Probemos
ahora a hacer el discurso un poco más fácil. Esto es, pensemos que si
la Naturaleza se tomó el mismo cariño para construir la boca que la pilila
no va a tratarlas ahora de forma diferente. Así que vamos a considerar
que al igual que cuando sentimos la carga y excitación en nuestras manos nos
lanzamos a coger y tocar cuanto
alcanzábamos. Igual que descargamos
la tensión de la boca chupando lo
que encontrábamos sea la teta o el dedo, cuando pasado un tiempo la zona
genital nos pida atención con la misma naturalidad pondremos la mano sobre
nuestro cuerpo. Es tan normal que un niño/a se chupe el dedo como que toque sus
genitales, ambos suponen un comportamiento de autoexploración y autosatisfacción
placentera. Y, siguiendo
este camino, preferiremos
encontrar los príncipes y princesas entre los otros niños y niñas que nos
rodean, que en los vejestorios reyes y reinas que nos aguardan en casa. El
movimiento de la maduración va de dentro afuera, del yo hacia el mundo, de la
familia a lo social, pero en
general los adultos las dos cosas las llevamos mal. Soportamos mal las
manifestaciones emocionales de los niños
en parte debido a nuestras propias represiones. Basta con fijarnos en los
comentarios que hemos llegado a hacer sobre la masturbación infantil para ver
el grado de patología que alcanzamos y los mensajes tan culpabilizadores que
somos capaces de transmitir. En
relación a la niña el mecanismo más utilizado para la censura suele estar en
la línea de la negación, que se traduce en un: la niña no tiene deseo ni
curiosidad, para ella el sexo no existe. Pero la niña que no va a dejar de
sentirse, por más que los adultos así lo decidan, puede caer con más
facilidad en la idea de que sus sensaciones son extrañas, si nadie habla quizá
nadie las tenga (más que yo), y si esto pasa no deben ser buenas y
normales. La niña se ve inmersa en
la culpabilidad escondida y silenciosa de lo secreto y oculto. ¿Pues quien se atreverá a hablar de lo que no
existe?. En el niño,
como sus genitales son externos, y
por tanto visibles, (hecho este que básicamente, resulta más significativo
desde fuera y no para él que se
los nota, al igual que la niña), la censura es más clara y reprochadora. El
exterior ahora puede observar las
fluctuaciones de excitabilidad y otorga a la represión del hombre un matiz más
directo y contundente. Expresiones tales como, si te la tocas se te caerá, o te
volverás tonto, o quedarás impotente, o no te crecerá, fueron consignas
abanderadas no hace tanto. Al niño su
excitación le traiciona, se muestra, no puede ser disimulada. Él lucha
temeroso por contenerla, por retirar la carga
de la pelvis, por no quedar en evidencia.
Y contradictoriamente, un
poco más adelante, se
encontrará con un discurso social
donde la potencia sexual es condecorada, señal de hombría. Desde
que Freud reivindicó la sexualidad infantil la actitud general se ha
dulcificado. En
Europa difícilmente
encontrarías a alguien que públicamente
exprese que el que los niños se
masturben sea un pecado, aunque a muchos de estos mismos adultos se les cambia
la cara cuando se enteran de que en el colegio
al que van sus hijos se hacen actividades con masaje. Ahora uno no se
escandaliza tanto pero tampoco aprueba. La represión adopta formas más
indirectas, del estilo de no hablar, o poner
cara de póker si un crío de cinco años confiesa que se acalora y
excita cuando está con una amiguita de la que se siente perdidamente
enamorado. Es una
barrera sutil, un precario equilibrio, por el que algunas escuelas que conozco
se vieron presionadas y en la picota al ondear banderas que las tildaban de
descuido, caos y libertinaje, llegando las voces difamatorias a confundir con abuso sexual el juego seductor y erótico de
los pre-adolescentes. Hablando
aquí del amor entre nenes y nenas. ¡Que perversidad pensaría mi abuela!
El mundo esta completamente fuera de órbita, como van a amar los niños
tan angelicales ellos, como van a caber
esos "sucios" deseos en cuerpos tan chiquitos. Pero es
cierto, para ofensa de tanta mente contrahecha
y oscura, los niños y niñas
sienten el amor. Aman con
intensidad y pasión, sienten el deseo, y el placer que les lleva a tender hacia
lo que les conmueven, y son felices por ello.
Quizá sus manifestaciones, como en tantas otras cosas, no sean
necesariamente las mismas que las del adulto, sus expresiones son propiamente infantiles, pero no por ello merecen menos
respeto o adquieren menos
intensidad. Quiero decir que para un niño de cinco años hacer el amor con su amiguita, no tiene por que consistir en una relación
genital, coito incluido. La sexualidad para los niños pequeños tiene
manifestaciones más erótico afectivas, estar juntos, tocarse, explorarse,
abrazarse, besarse, acariciar su cuerpo por entero, sin discriminaciones pero
también sin sobrevaloraciones
patológicas y retorcidas propias
de adultos insatisfechos. Defender la libertad en lo sexual de niños, niñas y
adolescentes sigue siendo hoy un
discurso claramente revolucionario. ORDEN Y ESTRUCTURA.
Lo
organizado supone una estructura, y por tanto un orden, una posición, algo que
no debería mezclarse con el concepto de jerarquía cronificada. Mantener la posición exige muchas veces de una tensión, llamémosle fuerza, asertividad, o
agresividad en el sentido positivo, para tener la capacidad de defender y
perdurar en el sitio, lo cual nos lleva de pleno al manejo de la afirmación
personal y la autoridad. Saber
ejercer y ceder la autoridad,
refleja la madurez y flexibilidad de un sistema, y ambas cosas son necesarias. Pero,
además, no basta con poder
hacerlo, hay que conseguirlo de una
forma no arbitraria, lejos del estilo de quien es sumamente intransigente en una
situación, y en la siguiente, por contrarreacción, completamente laxo. A menudo
vemos como esto ocurre y asistimos
al paso desde la dictadura a la anti - autoridad, o desde la represión a
una ausencia total de límites. Lo que significa poco más o menos sujetar las
dos puntas de una misma cuerda, por lo que
en definitiva no se logra el
movimiento y pocas veces resuelve el conflicto de base. El orden
es algo positivo y natural, la injusticia no.
A los
adultos con frecuencia lo hemos
interiorizado el orden negativamente,
en su
vertiente de algo impositivo y limitador del movimiento
personal, de la expresión
del yo. Es
verdad, que muchos somos fruto de
generaciones que provenían de generaciones y generaciones que abusaron desde la
sin razón del ordeno y mando, y del por ser vos quien sois, o del cuando seas
padre comerás huevos... No es menos cierto que los cambios sociales en Europa
desde mediados del siglo XX han modificado y cuestionado las actitudes gráficamente
represoras y no por algo será que nos hemos librado al menos de las dictaduras
manifiestas. Aunque tengamos que resolver ahora problemas que nos ponen cara a
la xenofobia, el racismo, la intransigencia, la insolidaridad con otros países,
la destrucción del medio ambiente, o el resurgimiento de políticas
neofascistas. Al
interior de la familia, otro pequeño mundo, a la mayoría de los padres la
relación entre permisividad y autoridad nos resulta un problema. Acabamos con frecuencia viéndonos
atrapados entre arenas movedizas. Los padres de hoy
sufrimos el abuso de la autoridad, ejercido desde la familia, escuela,
estado, y muchas veces nos encontramos en la encerrona de no querer repetir la
historia. Huimos de asumir la
tensión de quien
impone el orden para no colocarnos en el lugar de la autoridad. No
podemos separar la figura del agresor de la
autoridad, que
nos trae
nefastos recuerdos
vividos en carne propia. Pero
esto no conduce a la libertad, es más, paradójicamente nos
bloqueamos y
actuamos desde una
permisividad sin
contacto, cayendo
en la
desorganización de la
falta de límites, y esto
lleva a los
hijos al rebote. Generalmente a otro tipo de rebote, puede que menos
reactivo, más comprometido, incluso más dialogante, pero rebote. Cortázar,
en sus historias sobre esos seres no tan imaginarios que define como cronopios y
famas, cuenta ésta, que al menos en
mi deja un cierto regustillo, lo cual señala que me atravesó con su ironía. "
Los cronopios no tienen casi nunca hijos, pero si los tienen pierden la cabeza y
ocurren cosas extraordinarias. Por ejemplo, un cronopio tiene un hijo, y
enseguida lo invade la maravilla y está seguro de que su hijo es el pararrayos
de la hermosura y que por sus venas corre la química completa con aquí
y allá islas de bellas artes y poesía y urbanismo. Entonces este cronopio no
puede ver a su hijo sin inclinarse profundamente
ante él y decirle palabras de respetuoso homenaje. El hijo,
como es natural, lo odia minuciosamente. Cuando
entra en edad escolar, su padre lo inscribe en primero inferior y el niño
está contento entre otros pequeños cronopios, famas y esperanzas. Pero se va
desmejorando a medida que se acerca el mediodía, porque sabe
que a la salida lo estará esperando su padre, quien al verlo levantará
las manos y dirá diversas cosas, a saber: -¡Buenas
salenas cronopio cronopio, el más bueno y más crecido y más arrebolado. El más
prolijo y más respetuoso y más aplicado de los hijos!
Con lo cual los famas y las esperanzas júnior se retuercen de risa en el
cordón de la vereda, y el pequeño cronopio odia empecinadamente a su padre y
acabará siempre por hacerle una mala jugada entre la primera comunión y el
servicio militar. Pero los cronopios no sufren demasiado con eso, porque también
ellos odiaban a sus padres, y hasta parecería que ese odio es otro nombre de la
libertad o del vasto mundo." Desde
posturas que intentan ser más progresistas y conciliadoras, a la
hora de gestionar las
normas en la familia, cuesta
entender que el hecho de marcar el límite tenga
también su vertiente positiva. Por
eso es
bueno saber que, la actitud
clara del otro actúa como un pilar, en el que a veces nos
apoyamos, como algo sólido y estable, que permite que nos descarguemos
de responsabilidad y nos da
seguridad. La posición del otro, refleja no sólo donde él está sino también
donde está conmigo. Su atención y preocupación por mí. Aspectos
que muestran donde el otro se hace visible, delimitando y conteniendo, en
el sentido de con -tener o tener
con. Así toma
cuerpo una relación
en la
que básicamente estás a mi
lado frente a la soledad y la
inseguridad, aunque esta proximidad no excluya el desacuerdo. Ciertos
padres no entienden que sus hijos de 13 años necesitan de alguna manera que se
les marquen los limites de las pequeñas cosas cotidianas, en lugar de
devolverles constantemente a la autonomía sobre la gestión de su vida.
Cuando los chavales les lanzan a bocajarro, un es que a ti no te importo, o, un
es que a ti te da igual todo, se quedan verdaderamente
a cuadros. Dentro del
supuesto respeto al
otro, ellos
deben asumir la responsabilidad
de levantarse y no
llegar tarde, prepararse
el desayuno y la merienda, coger
el autobús, tener
en cuenta
los deberes, decidir la hora
conveniente de volver a
casa, los gastos... Administrar
el esfuerzo y ajustar
el tiempo
no es
tan fácil,
ayuda mucho
que el
otro me devuelva el
principio de realidad y
me dé el
punto de
vez en cuando. El
"No" de los adultos marca el
límite durante mucho tiempo, esto es positivo y necesario mientras no se
resuelva definitivamente el conflicto con la
identidad. Para saber donde estoy y
quien soy yo, necesitaré utilizar esta frontera de demarcación. El
escollo estriba en la forma, en el cómo ponemos el límite y en la propia
capacidad de los adultos de resistir la embestida y permanecer con calma
el tiempo que haga falta en la rigurosidad de una posición acordada. La
dificultad reside en no dejar que se nos cuele la injusticia a través de
nuestra propia rabia, ni la debilidad de la inseguridad y las dudas de que
podemos perderlos. Cuando
sentimos que
la base que forman los
afectos no
es bastante sólida,
inconscientemente tememos dar motivos para que se alejen y
nos abandonen, como quizá
nosotros hicimos en su momento. Si
la autoridad
perdió su funcionalidad, decimos, decimos y ya podemos seguir diciendo, que por más
que digamos, realmente no va
a pasar
nada, y esto
solo nos
desgasta. Tal vez no
consigamos que nadie nos haga caso
sencillamente porque los primeros que constantemente nos desautorizamos
somos nosotros. En
el intento
de parecer fuertes ponemos límites
y damos
ordenes que solo
sirven para
un momento, no llegan a
crear una estructura. Algunas
cosas tal vez nos puedan ayudar, para construir una
autoridad que
funcione, una tiene que ver
con la constancia, la permanencia en la propia coherencia, otra con la
flexibilidad de ver
y escuchar al otro. De la
coherencia viene
la tranquilidad de quien esta
en su verdad, de la escucha y el
reconocimiento a la verdad del otro
emerge una importante vacuna sobre
la injusticia y la rabia de quien
entra a rivalizar perdiendo de paso la objetividad. Entender el desacuerdo
como un acto de cariño y ejercerlo desde la comprensión, aceptar la
diferencia de posiciones enfrentadas y el hecho de ceder o no ceder, es una de
esas tareas fundamentales que a los
educadores nos cuesta hacer. En esta línea otra cosa
útil a saber es que existen muy pocos "Nos" que podemos decir para reforzar una posición
y al mismo tiempo mantenerlos durante un tiempo relativamente largo,
necesario para que formen estructura. Esto
significa que la mayor parte de los "Noes" rotundos e inamovibles, con
los que enganchamos nuestra autoridad en los momentos de furia, sirven para bien
poco, pues no son capaces de conservar su verdad en los momentos de calma. Lo
que quiere decir que si abusamos de ellos, por el mismo camino que entramos
perderemos la fuerza. No está
de más no olvidar que con los niños la relación de autoridad se sitúa en
unas coordenadas de franca asimetría y desigualdad. Ejercida desde los más
floridos argumentos intelectuales, el adulto siempre elabora y tiene los mejores
argumentos, o al menos los más incuestionablemente razonables. Y, si es desde la fuerza física,
tampoco, el
niño, se encuentra en
condiciones de competir. Por eso el riesgo de caer en el
abuso está más cerca de lo que nos puede parecer. La descompensación
se acentúa porque el niño, además, nos necesita y, por tanto, no cuenta con
la opción de ser radical en su rechazo. El valor
y el respeto los adquirimos como consecuencia del reconocimiento del otro, a
través del miedo solo conseguiremos que se nos depositen gratuitamente, y a
esto ya no le cabe el nombre de autoridad funcional sino de insano ejercicio de poder. Precisamente
porque el orden y la estructura son necesarios para la organización de la vida,
la autoridad puede ser funcional. Funcional
es precisamente un termino que
encaja mal con la rigidez de la jerarquía piramidal, pues
se refiere a que la dirección
la lleva quien esté mejor preparado o capacitado. En las relaciones familiares,
el peso del reconocimiento suele estar descompensado. En parte tiene su lógica
ya que los padres tienen más
posibilidades de contemplar perspectivas globales y complejas de ciertos
acontecimientos, dominan mejor las secuencias espaciales y temporales, así como
las relaciones de causa y efecto lo
que les permiten conocer la continuidad y planificar y ordenar mejor la
realidad, pero muchas, muchas veces los niños tienen razón. En
general, al menos a mi modo de ver, ellos disponen de un
conocimiento profundo de lo esencialmente importante, mantienen un inequívoco
sentido de la justicia y suelen manejar
mejor que los siempre apresurados adultos el tema del
ritmo y el compromiso. También logran tener un acceso más rápido,
directo y simple, para identificar
el placer y las situaciones
divertidas, y es de gran ayuda que nos bronqueen por las miles de veces que les
fallamos y por las cincuenta cosas que siempre se nos ocurren antes de salir
para la playa. UN POCO MÁS DE GEOMETRÍA.
En este
mapa que componen las complejas interacciones interpersonales, es importante
sentir el sitio que cada cual
ocupa, para ver como desplazarse
por el espacio e ir configurando
nuevos sistemas y nuevas realidades. Siguiendo este juego de la geometría, te propongo acabar echando un vistazo a algunas particularidades
de la pre y adolescencia. Donde los propios cambios fisiológicos y emocionales
con los que se ultima nuestro crecimiento van a provocar ciertas situaciones
diferentes y especiales. Los
adolescentes han de afrontar el
cambio, lo cual siempre es inquietante, pues los puntos de referencia comienzan
a tambalear y el mapa de nuestra
identidad se desestabiliza. Mi cuerpo ya no es el mismo, yo no soy yo mismo y tú,
tampoco. Al niño que fui no lo encuentro en estos zapatos del 42. Los padres
tan poderosos ellos, tan capaces de
cubrir TODAS nuestras necesidades,
también se apearon mientras crecíamos. La "muerte" del niño, la
"muerte" del padre inclina drásticamente la balanza hacía el principio de
una realidad que francamente
asusta. Las cosas entrañan una definición que las concretiza, más allá de
uno mismo, definitivamente se dejó
de ser el sol del universo. No
quisiera que pecásemos de simplistas a
la hora de abordar este momento de la y
adolescencia, en el que la maduración tanto
física como psíquica, entraña múltiples
cruces e interrelaciones que implican aspectos biológicos, emocionales y
sociales de una gran complejidad. Pero, aunque
sea brevemente, me parece
importante hablar algo que en general tenemos bien conocido, y padecido,
como es la intransigencia
del adolescente, para oponer en su
descarga, la profunda dimensión de sus duelos, de sus miedos y
su desconsuelo,
cuando este
proceso se vive desde la
soledad y la incomprensión e impaciencia. En la
adolescencia asistimos, por segunda vez,
a un decidido predominio de lo biológico. Tras años, donde la
influencia de lo social y educativo
estuvo encaminada a frenar los impulsos, a dominar los instintos para
desarrollar mecanismos racionales y adaptativos, de pronto nos
vemos abocados a la realidad incontrolable
del cuerpo. Tanto esfuerzo, para entrar en el molde y lograr que mi cabeza
dirija mi vida, para acabar tirado,
abandonado miserablemente a "los caprichos del destino". Me salen
pelos, tetas, cambia la voz, me lleno de granos, crezco, ensancho, me estiro...
Me ocurre tan de todo, que la atención no tiene más remedio que
posarse en ese estrecho territorio que es
uno mismo. De vuelta al protagonismo de lo corporal (emocional), que
parecía haber quedado en un segundo plano allá por los 9-10 años,
encontraremos casi intactas los temores e inquietudes que dejamos allí. Estamos
en un momento donde se reactivan las carencias
e inseguridades más significativas que veníamos arrastrando,
o que fuimos intentando
compensar. Pero ahora el cuerpo no puede ser controlado, no pregunta, escapa
a la conciencia, reacciona,
y salen. La
actitud frente al displacer de los
contratiempos se hace hipersensible.
Aparece esa
exigencia de lo inmediato
tan tintada de
intransigencia, en la relación
con el exterior, que en
el fondo pretende compensar la sensación
de descontrol interno. En
el fondo, no estamos tan lejos de caer en:
¡hasta mi propio cuerpo me ignora, no cuenta conmigo! Y esto
me suena. Pero sabemos
que hay diferencias substanciales, en
la irritabilidad o la angustia, que puede emerger de la sorpresa de que por vez primera "pasen" de mí,
al como siempre, otra vez más no se cuenta conmigo. Por lo
que no será lo mismo llegar
a esta
edad como
culminación de un
largo periodo de desencuentro e
incomunicación o tener
que pasar la marejada en un
buen camarote. Del mareo
seguramente no te libras pero... El
adolescente ha de plantearse una
serie de cuestiones existenciales significativas siendo además capaz
de mantener el equilibrio en
la inestabilidad. Los tres
duelos básicos
de este momento, como señala
Aberastury, el
duelo por el niño que fui,
el rol
infantil, el duelo por
los padres de la infancia,
el duelo
por el cuerpo en el
que me reconozco. Los
adolescentes, se proyectan como en un espejo, en el espacio exterior, al
fin y al cabo, es lo único que no parece haberse movido. Y es cierto que lo
aprovechan para vomitar y descargar en él su caos, su tremendo desorden, su
intransigencia, su inseguridad, para depositar sobredimensionado su profunda
necesidad de ser querido, comprendido, respetado. Pero también lo es, que te
hacen el regalo de mover con la acidez de su crítica los anquilosados
pilares del conservadurismo, de ese
adulto doblegado a la servidumbre de la rutina. Y, desde ahí, te dan la
oportunidad de recuperar uno de los valores más preciados, aunque no por ello
menos olvidado, que quedó
abandonado en la cuneta del camino hacia la uniformidad: la esperanza por un
mundo mejor. Ellos
apuestan por el cambio, y se lanzan con la frescura
del que no tiene nada que perder, al fin y al cabo todo, incluido él,
está por descubrir. La biología "empuja"
la energía hacia la pelvis, la sexualidad, la lucha por el placer
irrumpe con fuerza, sin duda un buen substrato para la sana rebeldía. A pesar
de lo dicho, el adolescente con demasiada frecuencia entra en la depresión, en
la resignación del que sabe, por experiencia, que haga lo que haga nada va a
cambiar. Del que mira a su alrededor y no espera, pues recuerda del otro que
estuvo lejos cuando lo necesitó. Saberse solo lo lleva sentirse aún más débil
e impotente para acometer la empresa de tener ideales, de mejorar el presente,
de cambiar la realidad que han dejado en sus manos. Ya no cabe pretender
ir a descubrir el Mundo, como si
fuese una fantástica
aventura, más bien lo que hay que aprender es a huir, a fugarse
como sea, y lo antes posible. La
evasión se instaura en solución. Los
padres tampoco logramos escapar de compartir el reflujo de su crisis. Ellos
ganan autonomía y nosotros debemos ceder el sitio, ¡con lo que nos costó
conseguirlo!, y para colmo nos
machacan con discursos similares a los que hicimos no hace tanto frente a
nuestros propios padres. ¡Parecidos! Que injusto, con lo que nos esforzamos por
ser tan diferentes. Una vez más,
si el adulto no contiene y no elabora, correrá el riesgo de rivalizar, de
colocarse en el mismo plano y desenterrar el hacha de guerra, o de tender
defensivamente a ridiculizar y
menospreciar. Debemos,
además, devolver esa omnipotencia, desprendernos de ese tenerlos
incondicionalmente, que nos hacia sentir tan importantes, tan queridos mientras
ellos eran unos retacos. ¡Con lo lindo que nos quedaba el traje, con lo bien
que cubría algunas de nuestras inconfesables carencias afectivas! Y es que
nosotros, padres y madres, también nos quedamos más solos cuando ellos
se van. Ellos marchan al Mundo, cambian, mientras nosotros nos quedamos aquí,
un lugar que no siempre nos gusta.
El acto de tomar conciencia fuerza
a que nos cuestionemos en que
diablos estamos invirtiendo nuestra vida. Esa vida que de pronto, al mirarlos y
ver hombres
y mujeres, nos damos cuenta que va pasando, despertando
esa voz misteriosa que siempre nos
hace la más terrible de las preguntas: ¿realmente eres feliz? El
adolescente (y preadolescente),
necesita encontrarse, identificar su Yo, si en los estadios previos de la
maduración, este individualizarse estuvo cargado de ansiedad y dificultad,
ahora la presión podrá destapar la olla, y hacer aparecer la crisis con toda
su intensidad y virulencia. En este delicado momento, un precario equilibrio
llega a desestabilizarse con
facilidad, manifestándose con patologías tanto de orden afectivo relacional
como somático. Cuanto más cohesionado sea el substrato del Yo con más recursos
contará en sí mismo y no precisará recurrir a formas de identidad más
primitivas. Al estilo del como no sé quien soy me hago como tu, adopto tus
valores, tus modales, hasta tu forma de andar. Soy tu,
yo igual a ti. U otra típica
búsqueda de la identidad, por oposición. Saberse en base
a lo opuesto es un mecanismo rápido y simple, en el que tu me devuelves
a mí: si eres blanco, pues yo negro; si azul rojo, sí rojo verde, si verde
azul, (juego de colores que nos traen a la memoria las
banderas del discurso político). En
ambos casos, la debilidad obliga a ir bambando de un lado a otro, sin recuperar
el timón y conducir el destino, desde una posición más crítica y real. Realidad,
palabra de peso, pues como saber lo que
es real, ahora que me siento tan irreal, que apenas puedo contar conmigo. Y me
vendría bien contar contigo aunque en
mi experiencia quizá no
queda claro si tu
estás para mi
o para utilizarme. Y aquí
aparece otra cosa que va
a estar a prueba, la Confianza. En
situaciones de inestabilidad contar con el
otro es tan
necesario como arriesgado,
así que tendremos
que afrontar
la incertidumbre en sus dos
vertientes, la que gira hacia uno mismo y la que recae en los otros. Sabemos
bien del efecto devastador en los adolescentes
de las traiciones y desengaños
afectivos en
particular dentro de su grupo (su familia social, su
tribu). La
percepción en adolescente pasa por lo que podríamos llamar un "normal estado
disperceptivo", con lo que nos referimos
a que
es un tanto rara. Estamos en
cierta medida frente a una reorganización de la psicomotricidad, ante una nueva
distribución energético - funcional, y
eso tiene sus consecuencias.
El sistema vestibular se ve comprometido y con él la organización del espacio
y el tiempo. No pudiendo recurrir a
la estabilidad del espacio corporal, la noción de tiempo también se va al
traste, los andamios biológicos de la identidad están en reformas, así que no
queda más remedio que echar mano a las verdades
existenciales. ¿Qué será
de mi vida? ¿Quien soy, de dónde vengo, a dónde voy? Preguntas
para las que el colectivo humano, tras siglos de existencia, no
acertó a encontrar algo consistente. Más bien parece
que sólo alcanzó a dar una respuesta de este estilo: Ni idea, lo único que
hay seguro en este mundo es que un
día morirás. ¡Pues si ahora que no se quien soy
me tengo que reafirmar en la
segura certeza de que dejaré de ser, apaga y vámonos! (Y es que no hay nada
como unas palabritas de aliento). El
adolescente maneja mal los límites porque su
continuo movimiento suele estar descontrolado y
por esa razón desordenado por lo
que al menor descuido anda
chocando con ellos. El límite de las normas,
de las responsabilidades, del respeto al otro, son como tablones, con los
que uno tropieza ¡Ay!, y se para.
( Digo ¡Ay! conscientemente porque
se hacen daño). Y así suelen acabar rabiando por la injusta y traicionera
sorpresa de no saber que eso estaba ahí. ¡Pero, ¿cómo que no saben ?, si nos
pasamos la vida repitiendo, negociando, dialogando, mandando, imponiendo, si ya
hemos agotado todas las formas conocidas de comunicación humana! ¡Como que no
saben, mucho cuento, mucho egoísmo, mucho caprichito de niño mimado
es lo que tenemos! Pues
sí, pero la verdad es que esto no es del todo falso, o al menos digamos
que no saben que lo saben. Su memoria es como una especie de colador incapaz de
retener, donde las cosas no permanecen lo suficientemente quietas como para
cuajar, en el que el desorden llega ser tan grande, que uno olvida donde las dejó.
Algunas
voces dirán, ¡que un cuerno! Todo es puro egoísmo, ya que tienen una no sólo
fina, sino intransigente memoria selectiva,
de elevada factura para lo que
tiene que ver con él o con sus amigos. Es cierto, más tengamos en cuenta
que ambos forman parte del territorio del lo mío, son sus cosas, son Yo,
en cambio sus dificultades están en el terreno del tu, de recordar y tener en
cuenta lo que tiene que ver con el otro. Pararse,
cuando lo único cierto es la inmóvil y fría muerte, suele ser demasiado
arriesgado. Aunque el juego y la fantasía con la muerte, a ciertos niveles, no
queden exentos de seducción en la adolescencia.
En especial por lo que suponen de
recuperar protagonismo, lograr de nuevo que la realidad gire entorno a mí,
saberme en el centro
de algo
realmente grande. Me atrae, en mi sueño, ver tu dolor por mi ausencia,
señal inequívoca de tu amor. Los amigos, la familia, la gente del barrio,
todos con su duelo manifiestan con
su afecto mi importancia, vuestras
lagrimas chorrean como un bálsamo que alivia mis heridas, consuelo de mi
tristeza, compañía en la soledad. Ahora
puedo descansar, incluso
perdonar. Que agradable, que bien
me sienta ser espectador de tan
conmovedoras y reconfortantes imágenes... (¡Claro que para ser
espectador la condición indispensable es que
estés vivo!) Reconocer
que ciertas cosas son definitivas, que no siempre hay segundas oportunidades, ni
repescas, ni vuelta atrás, ni reparación posible, es asumir
la vida en su plenitud aquí y ahora, con todas sus consecuencias. En
realidad en esto residirá la grandeza de nuestra simplicidad, pero ellos aún no lo
saben, (y nosotros, estoy segura de
que tampoco). El
adolescente vuelve a precisar del otro, eso es evidente, aunque ahora el otro
que antaño fue la madre, el padre, la familia, pase a ubicarse en una dinámica más
amplia. Como suele ocurrir en muchos procesos el principio y el fin de alguna
manera se acercan, así podemos observar como para el adolescente se crea básicamente
de nuevo la tensión, la reactivación, del círculo definido ahora
desde lo social: Yo y el Mundo. El niño
y la niña quedaran condicionados por las circunstancias propias de este momento
madurativo, donde las hormonas campan
a su agrado. Cuando ya no puedo mirarme al espejo y ver quien era y tu tampoco
pareces tan ideal ni magnifico, ni fuerte como fuiste. Donde al menos yo
no tengo ni la menor idea de cómo
va acabar esto y no puedo identificarme con el adulto que seré. Aquí en el
tramo adolescente, donde todo se mueve, y casi no alcanzo a utilizar un
referente que no caduque al día siguiente, aquí que la realidad no permite ser
obviada y la imaginación de
momento se encuentra en cuidados intensivos, donde se me olvidó como se juega
al escondite y no sé que demonios voy a hacer para escaparme un rato a tomar un
respiro. En esta
encrucijada, vuelve a tener pleno sentido el intento de buscar una configuración
que tienda a lo circular: Yo y el Mundo. En la parte del maltrecho Yo pondremos,
para reforzar nuestra dimensión amplificada, así, para hacer peso
seremos YO y todo lo mío, desde mis vaqueros, mi música hasta mis colegas. Y
un Yo, lo más clarito posible, lo que significa un hueco bien clarito frente a
los demás. En estos momentos lo importante es salir de la indeterminación, que
ello sea a través de llevar el pelo corto, largo, rasta, amarillo o a
trencitas, con los pantalones rotos o bien planchados, la
minifalda, el percing o el equipo de
sufragista, no deja pese a su hondo significado diferencial de ser elementos
secundarios. Por que un Yo, cuanto más concreto, más acarrea la
carga de lo individual, de lo definido, de lo limitado, de lo finito. Por el
contrario el contrapeso en la
balanza del Mundo exterior con su
enorme variabilidad se engrandece y se extiende hacia lo infinito. Lo que
decididamente descompensa las fuerzas y no permite que perdure la situación
circular primitiva, cerrada. Es como sí las puntas
al no llegar a juntar tirarán hacía fuera trasformando el circulo en
espiral. Definitivamente
se rompe la dualidad arcaica gratuita e infantil. A partir de ahora YO deberé
responsabilizarme de cuidar mis
afectos, de asumir mis aciertos y mis errores, conducir mi vida, aceptando el
placer incluso de hacer feliz al otro. El ser humano afronta su dimensión no sólo
social sino universal y cósmica, y es en esta medida que trasciende las
estructuras básicas de las relaciones circulares y triangulares para acceder a
una geometría
de formas complejas que integran diversas superposiciones. Como el
cuadrado con sus lados idénticos, que permite acoger al círculo en su
interior, y donde un lado alcanza una relación de continuidad con los otros
dos, quedando aislado del tercero. Sirva
para acabar esta sutil imagen que
nos da el arquitecto japonés Tadao Ando: "La
elipse tiene dos focos, y a diferencia de un movimiento rectilíneo o de la
regularidad circular, es la forma que sugiere el movimiento. Se trata en otros términos,
de un movimiento que tiende a establecer un cara a cara, al colocar al otro en
el opuesto al punto de referencia que ocupa uno mismo. Es el desapego y la
revolución del consciente y del inconsciente. Es el desgarramiento de la
consciencia entre el vuelo y el deseo de permanecer siempre inmóvil. La elipse,
lugar geométrico que podría calificarse de reversible, no es más que un
simple vagabundeo ciego; es el lugar geométrico de la búsqueda de la Verdad. Si la
entrada al huevo cósmico significa un nuevo renacer, el arco simboliza un salto
al "origen", pues su objetivo no esta ya en el centro de la diana,
sino más allá. Pues el arco tensado abarca la totalidad del universo, síntesis
tanto del momento actual como el pasado, pues en cada aquí y ahora se recoge la
totalidad y la plenitud de la existencia. En cada presente me soy con toda mi
historia, es más sólo soy en cada presente, intensamente vivo en cada
instante".
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