Escuela Española de Terapia Reichiana 

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  FORMACIÓN, ASISTENCIA CLÍNICA E INTERVENCIÓN PREVENTIVA Y PSICOSOCIAL. DESDE 1985

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Sobre círculos y triángulos

(Capítulo VII del libro "Saltando las Olas")

María Montero-Ríos

(Psicóloga Clínica y Pedagoga, Especialista en Audio-Psico-Fonología. Orgonterapeuta Trainer de la ES.TE.R, siendo docente en los programas de formación y especialización. Realiza su trabajo clínico como terapeuta en el campo de las dificultades emocionales tanto con adultos como en la infancia y adolescencia. En el ámbito educativo y de la prevención, desarrolla actividades de orientación a padres - madres y profesionales de la salud y la educación.) 

 

 

Círculos y triángulos son formas de moverse y diseñar el espacio, Las formas concretas favorecen que se  establezcan relaciones concretas. La dirección de la comunicación se canaliza de diferente manera si utilizamos un diagrama circular, todos alrededor de la mesa por ejemplo, o lineal, uno arriba de la tarima y los demás abajo. Podríamos imaginar  el universo de las relaciones personales como un mapa de dibujos geométricos. Quizá si partimos de rebuscar en el significado de las formas, nos sea más fácil entender cómo y por qué las utilizamos.

El otro día una madre se sorprendía comentando esta situación de su hija, una cría de unos 4 años. Tenía dos buenas amiguitas en el barrio, con las que realmente se sentía a gusto, pero sólo aceptaba ir  a jugar con ellas de una en una. La madre notaba la resistencia  de la nena cuando proponía que quedasen las tres juntas. También había observado como tendían a jugar de dos en dos, alguna vez que se daba esta situación, lo que hacía que una de ellas quedase un tanto desplazada. Esto es, se manejaban mal con los triángulos.

Los movimientos nos envuelven en un conjunto de rayas y líneas. Lo oval es en la Naturaleza la forma primitiva  de protección y seguridad. Es la estructura más rentable, en el sentido de ser la que menos energía consume para mantenerse,  y, por  tanto, la que mejor la conserva dentro, por ello favorece los procesos internos de crecimiento, maduración y diferenciación celular.

El círculo da estabilidad, pensemos en un aro o un balón, puede rodar sin romperse, porque no tiene aristas, no tiene geografía hacia el exterior, su uniformidad prima  que la comunicación se vuelque preferentemente al interior. Como forma es por excelencia  defensiva, en especial sirve para defender lo que hay dentro, es protectora. Podemos recordar las caravanas en las películas de indios y vaqueros, similar a  la estrategia de los boers holandeses en las guerras africanas, o las formas circulares del caracol, los erizos, los gusanos o simplemente todos los huevos donde se gestan las crías.

Las primeras relaciones humanas se establecen en la pareja. Entre las interacciones duales que suponen más intensidad está sin duda la de una  madre y su cachorro y posteriormente se trasladará a la relación con los padres, donde padre y madre forman una unidad, la familia. Para los niños durante mucho tiempo las relaciones son básicamente circulares, cada vez que se introduce un nuevo estímulo, sea un amigo o un juguete se crea una dinámica circular con él. Esto nos permite comprender un poco mejor  el sentido de la repetición para  los pequeños, dando vueltas y vueltas hasta  comprender.

Al principio, como  reflejo de  nuestra propia fusionalidad, nos ajustamos muy bien al círculo. Es más la presión que desde el  exterior se ejerce para abrirlo supone generalmente una violencia, una tensión no  adecuada, pues el círculo, al igual que el huevo se abrirá por si mismo cuando sea capaz de hacerlo sin peligro.

 El círculo supone un equilibrio entre sus partes,  y entre el centro y la periferia. La relación es lineal, elemento a elemento, parte a parte, en donde no existe ni un principio ni un fin.

La pareja es una forma circular, también compacta, pues no tiene puntas. Las parejas sean en su vertiente sexual, de colegas, de amigos, etc. son típicamente circulares, cerradas para asegurar la intimidad. Las formas impares son más abiertas. Si te invitan a una fiesta y vas solo, seguramente saldrás con un amigo, o te morirás de aburrimiento. Si has ido acompañado es bastante probable que no hagas ninguna relación, incluso es posible que no hables con nadie, excepción hecha de tu acompañante. La pareja, precisa de una  tensión hacia el centro para mantener su circularidad, por eso le cuesta  más abrirse.

Generalmente crecemos superponiendo círculos sobre círculos, así vamos ensanchando el mundo e introduciendo nuevos estímulos y objetos sin perder la estabilidad interna. A veces  a los adultos nos molesta que los niños pequeños no gusten de jugar con más niños, o no usen  todos sus juguetes, ni se pongan toda la ropa que le compraste, vayan siempre con las mismas botas, o continúen queriendo volver a ver Merlin el Encantador por décima vez. Entre otras cosas es porque se nos escapa que cuando dan valor a algo empieza la circularidad y continúan en ella hasta que de alguna manera la completan. El círculo a diferencia del triángulo es centrípeto e inmovilista.

El triángulo introduce la irregularidad en el espacio. En él encontramos tres puntos que han de lograr correlacionarse todos con todos, incluye la posibilidad de la armonía en la proporción, pero también la "desobediencia" de la desproporción, pues permite que la tensión y la apertura no se distribuyan por igual. El triángulo al posibilitar que la distancia entre sus puntos no sea la misma, hace que dos vértices puedan estar más cerca entre si y más alejados del otro, o incluso cada uno a una longitud particular. El desequilibrio rompe la ecuanimidad en la distribución.

Con  esta forma se construye una estructura  en la que pueden integrarse múltiples irregularidades o asimetrías. Y precisamente por esta capacidad de  facilitar la irregularidad, se introduce la libertad de elegir cómo y donde colocarse, abriendo el círculo inicial hacía la variabilidad del mundo.

Traducido a nuestro contexto de las relaciones, veremos como el niño pequeño necesita querer y ser querido por igual a papá y a mamá, - los adultos se divierten en forzarlo con la consabida " gracia" del: pero vamos, a quien quieres un poquito más, solo un poquito más -, mientras él se agarra como puede para  mantener la uniformidad, a los dos igual, a los dos igual.

Pero al crecer tiende a tomar partido, especialmente en las situaciones de enfrentamiento o desacuerdo, y rápidamente  se "pega"  a uno de los padres e intenta  establecer a través de  la alianza (círculo) un bando, para escaparse del triángulo. Cualquier pelea familiar con un niño o niña pequeño acaba más o menos  así: el crío se coloca junto a uno de los padres, y da igual quien tenga la razón o haya iniciado el conflicto.  Incluso, si no estabas, si acabas de llegar del  trabajo, al poco te ves envuelto en la rabieta y te conviertes en el malo de la película.

En el triángulo cada vértice, cada persona, ha de mantener su propia tensión, pero cuando el niño es pequeño o está inseguro busca refuerzos. Al abrirse al mundo aparecen las relaciones irregulares y asimétricas, las cosas, los estímulos, las personas  ya no tienen el mismo valor, ni tan siquiera un único significado. Nuestras sensaciones comienzan a moverse por los altiplanos de la geografía afectiva.

 

 

EDIPO REY.

 

Alrededor de los 4 años y de la mano de la sexualidad infantil vamos a encontrarnos con el más famoso triángulo de la Historia de la Psicología: el triángulo Edípico. El tema del Edípo lo tomó prestado Freud de la tragedia griega y lo utilizó para ejemplificar el interés sexual del niño por uno  de los progenitores, el niño en cuanto varón se "enamoraría" de la madre, y la niña del padre. Ejercer esta elección supone una inclinación que rompe el equilibrio afectivo  y, lleva a descolocar las figuras paternas del  plano de igualdad circular propio del esquema primitivo, introduce la preferencia, lo que supone una cierta discriminación hacia el otro y las posibles repercusiones, de este rechazo. Ortodoxamente este hecho pasa a complicarse por la famosa cuestión de la culpa y el castigo.

-          Oh Dios! Que depravado, como puede interesarme mi madre.

Y seguidamente. ¿Qué me hará mi padre si se entera?

 

El tema del  Edípo es de por sí Complejo. Además, en la concepción  clásica Freudiana,  es diferencial, al igual que lo son los genitales, esto es,  moviliza afectos y consideraciones diferentes según el sexo. En el caso de ser niña,  deberá cambiar la dirección de su amor, inicialmente depositado en la madre, para cargar de valor al padre, trasladándole importancia y atención. El temor a las represalias  de alguien a quien hasta hace poco quisimos incondicionalmente y al que luego retiramos la estima, suele ser más retorcido. En un discurso falocrático, como el del psicoanálisis ortodoxo, la mujer aparece como el varón castrado, incompleta y agujereada. En sus intentos para salir de la angustia de la carencia y la envidia de no tener pene, la niña cae en pensamientos compensatorios,  del estilo de que fue robada: alguien me quitó  algo y me dejó este agujero sin nada, qué hice mal para que me lo quitaran a mi, y a mi hermano no, quien lo tiene, cuando me lo darán,... Y espera pasivamente que un día alguien le devuelva  esa parte que la cierra con todo su valor, con todas sus piezas. La aparición de la menstruación reactiva la idea  de corte, de roto, de que mis temores eran cierto,  me han hecho daño y por eso sangro.

La mujer sólo acabada con el hombre, que tiene el pene que  a ella le falta, sólo culminada con el hijo, ¡por fin algo propio, que ella puede tener y el hombre no! Sólo revalorizada, perdonada, con la  maternidad, desde el estatus de  "mujer -madre". Pagando en cada una la deuda  de aquella Eva tentadora, perdición del hombre y de la humanidad, santificada gracias al hijo que le permite salir de su humillante condición  de "mujer - mujer", sinónimo tradicional de puta. La mujer, agujero,  pasiva receptora que debe ser llenada. Vacía como demuestra su ausencia en la historia de la cultura de la humanidad. ¿Pues donde, donde están las mujeres ilustres, las guerreras, las descubridoras, las artistas, las dirigentes y políticas? La mujer se realiza como tal en el hogar, la venerada Mamma omnipotente no necesita estudios, sólo un buen marido. En fin, todo  un guión.

Aunque las líneas arriba mencionadas, con un estilo grotescamente sobreactuado,  formen parte de la realidad histórica de un discurso. Creo que no sería justo ignorar, que ante todo, son fruto del esfuerzo por entender y comprender. Tuvieron el valor de existir y permitir, incluso al ser rebatidas, abrir el pensamiento y la conciencia social a cotas hasta entonces inalcanzadas. Y es a mi parecer incuestionable la contribución  de Freud y su pensamiento, al hecho de que la tan acelerada humanidad se detuviera a mirar también en su interior.

Mientras, las teorías evolucionaron y muchas  han sido las aportaciones, especialmente  de las mujeres, desde el propio psicoanálisis (Horney, Langer, Klein, Mack Brunswick, Mitchelle...)  que modifican los presupuestos iniciales y que clarifican o complejizan, más aún, este discurso. Dejaremos en el aire algunas reflexiones. ¿Hasta cuando partir de la mujer insatisfecha de si misma,  de manera innata negadora  y desinteresada de su cuerpo y envidiosa del otro? ¿Acaso el recibir no es tan activo como el dar, acaso acoger y penetrar, entrar en el otro y abrirse para aceptar al otro dentro de mí, no forman parte de una dimensión humana que trasciende lo sexual? ¿Dónde esta la línea que separa lo masculino de lo femenino? ¿Cómo aceptar mi feminidad sin sentirme menos hombre, incluso sintiéndome más hombre por ello, pues me enriquece y completa  como persona?

En una  revisión sobre este  concepto tendríamos  que  considerar el tema de si  el  Edipo forma parte del desarrollo  normal  y  universal de todas las personas es decir: todos los niños y niñas entre tal y tal edad pasan necesariamente como parte  de su crecimiento por...

Un salto en mi opinión cualitativo, se produce  del análisis y respuesta a  esta pregunta. ¿Por qué los niños habrían de volver su amor y su deseo otra vez  hacia los padres, si precisamente vienen de vivir esa experiencia? Si la dirección de todos los intereses globales del niño y niña, todas sus adquisiciones y descubrimientos se proyectan cada vez más en el espacio exterior, en lo social, ¿por qué el interés sexual precisamente tiene que seguir espontáneamente la dirección  contraria? ¿Por que justitamente la expresión de la afectividad habría de ser diferente y no desear ir hacia el mundo, sino permanecer anclada en el círculo estrecho e imposible de la relación familiar? Cruel destino que nos llena de deseos y nos cierra las puertas con mil candados.

Probemos  ahora a hacer el discurso un poco más fácil. Esto es, pensemos que si la Naturaleza se tomó el mismo cariño para construir la boca que la pilila  no va a tratarlas ahora de forma diferente. Así que vamos a considerar que al igual que cuando sentimos la carga y excitación en nuestras manos nos lanzamos  a coger y tocar cuanto alcanzábamos. Igual que   descargamos la tensión de la boca  chupando lo que encontrábamos sea la teta o el dedo, cuando pasado un tiempo la zona genital nos pida atención con la misma naturalidad pondremos la mano sobre nuestro cuerpo. Es tan normal que un niño/a se chupe el dedo como que toque sus genitales, ambos suponen un comportamiento de autoexploración y autosatisfacción placentera. Y,  siguiendo  este  camino, preferiremos encontrar los príncipes y princesas entre los otros niños y niñas que nos rodean, que en los vejestorios reyes y reinas que nos aguardan en casa.

El movimiento de la maduración va de dentro afuera, del yo hacia el mundo, de la familia  a lo social, pero en general los adultos las dos cosas las llevamos mal. Soportamos mal las manifestaciones emocionales de los niños   en parte debido a nuestras propias represiones. Basta con fijarnos en los comentarios que hemos llegado a hacer sobre la masturbación infantil para ver el grado de patología que alcanzamos y los mensajes tan culpabilizadores que somos capaces de transmitir.

En relación a la niña el mecanismo más utilizado para la censura suele estar en la línea de la negación, que se traduce en un: la niña no tiene deseo ni curiosidad, para ella el sexo no existe. Pero la niña que no va a dejar de sentirse, por más que los adultos así lo decidan, puede caer con más facilidad en la idea de que sus sensaciones son extrañas, si nadie habla quizá  nadie las tenga (más que yo), y si esto pasa no deben ser buenas y normales. La  niña se ve inmersa en la culpabilidad escondida y silenciosa de lo secreto y  oculto. ¿Pues quien se atreverá a hablar de lo que no existe?.

En el niño, como  sus genitales son externos, y por tanto visibles, (hecho este que básicamente, resulta más significativo desde fuera y no  para él que se los nota, al igual que la niña), la censura es más clara y reprochadora. El exterior ahora  puede observar las fluctuaciones de excitabilidad y otorga a la represión del hombre un matiz más directo y contundente. Expresiones tales como, si te la tocas se te caerá, o te volverás tonto, o quedarás impotente, o no te crecerá, fueron consignas abanderadas no hace tanto. Al niño  su excitación le traiciona, se muestra, no puede ser disimulada. Él lucha temeroso por contenerla, por retirar la carga  de la pelvis, por no quedar en evidencia.  Y contradictoriamente,  un  poco  más adelante, se encontrará  con un discurso social donde la potencia sexual es condecorada, señal de hombría.

Desde que Freud reivindicó la sexualidad infantil la actitud general se ha dulcificado.  En  Europa  difícilmente encontrarías  a alguien que públicamente exprese que el que los niños  se masturben sea un pecado, aunque a muchos de estos mismos adultos se les cambia la cara cuando se enteran de que en el colegio  al que van sus hijos se hacen actividades con masaje. Ahora uno no se escandaliza tanto pero tampoco aprueba. La represión adopta formas más indirectas, del estilo de no hablar, o  poner cara de póker si un crío de cinco años confiesa que se acalora y  excita cuando está con una amiguita de la que se siente perdidamente enamorado.

Es una barrera sutil, un precario equilibrio, por el que algunas escuelas que conozco se vieron presionadas y en la picota al ondear banderas que las tildaban de descuido, caos y libertinaje, llegando las voces difamatorias  a confundir con abuso sexual el juego seductor y erótico de los  pre-adolescentes.

Hablando aquí del amor entre nenes y nenas. ¡Que perversidad pensaría mi abuela!  El mundo esta completamente fuera de órbita, como van a amar los niños tan angelicales ellos, como van a  caber esos "sucios" deseos en cuerpos tan chiquitos.

Pero es cierto, para ofensa de tanta mente contrahecha  y  oscura, los niños y niñas sienten el amor.  Aman con intensidad y pasión, sienten el deseo, y el placer que les lleva a tender hacia lo que les conmueven, y son felices por ello.  Quizá sus manifestaciones, como en tantas otras cosas, no sean necesariamente las mismas que las del adulto, sus expresiones son  propiamente infantiles, pero no por ello merecen menos respeto o adquieren  menos intensidad. Quiero decir que para un niño de cinco años hacer el amor  con su amiguita, no tiene por que consistir en una relación genital, coito incluido. La sexualidad para los niños pequeños tiene manifestaciones más erótico afectivas, estar juntos, tocarse, explorarse, abrazarse, besarse, acariciar su cuerpo por entero, sin discriminaciones pero también  sin sobrevaloraciones patológicas  y retorcidas propias de adultos insatisfechos. Defender la libertad en lo sexual de niños, niñas y adolescentes sigue siendo hoy  un discurso claramente revolucionario.

 

 

ORDEN Y ESTRUCTURA.

 

Lo organizado supone una estructura, y por tanto un orden, una posición, algo que no debería mezclarse con el concepto de jerarquía cronificada.  Mantener la posición exige muchas veces  de una tensión, llamémosle fuerza, asertividad, o agresividad en el sentido positivo, para tener la capacidad de defender y perdurar en el sitio, lo cual nos lleva de pleno al manejo de la afirmación personal y la  autoridad. Saber ejercer y ceder  la autoridad, refleja la madurez y flexibilidad de un sistema, y ambas cosas son necesarias.

Pero, además,  no basta con poder hacerlo, hay que conseguirlo  de una forma no arbitraria, lejos del estilo de quien es sumamente intransigente en una situación, y en la siguiente, por contrarreacción,  completamente laxo.

A menudo vemos como  esto  ocurre y  asistimos  al paso desde la dictadura a la anti - autoridad, o desde la represión a una ausencia total de límites. Lo que significa poco más o menos sujetar las dos puntas de una misma cuerda, por lo que  en definitiva no se  logra el movimiento y pocas veces resuelve el conflicto de base.

El orden es algo positivo y natural, la injusticia  no.

A los adultos con frecuencia lo  hemos  interiorizado el  orden  negativamente,  en  su  vertiente de algo impositivo y  limitador  del  movimiento  personal,  de la expresión  del  yo.

Es verdad, que muchos  somos fruto de generaciones que provenían de generaciones y generaciones que abusaron desde la sin razón del ordeno y mando, y del por ser vos quien sois, o del cuando seas padre comerás huevos... No es menos cierto que los cambios sociales en Europa desde mediados del siglo XX han modificado y cuestionado las actitudes gráficamente represoras y no por algo será que nos hemos librado al menos de las dictaduras manifiestas. Aunque tengamos que resolver ahora problemas que nos ponen cara a la xenofobia, el racismo, la intransigencia, la insolidaridad con otros países, la destrucción del medio ambiente, o el resurgimiento de políticas neofascistas.

Al interior de la familia, otro pequeño mundo, a la mayoría de los padres la relación entre  permisividad y  autoridad nos resulta un problema. Acabamos con frecuencia viéndonos atrapados entre arenas movedizas. Los padres de hoy  sufrimos el abuso de la autoridad, ejercido desde la familia, escuela, estado, y muchas veces nos encontramos en la encerrona de no querer repetir la historia. Huimos  de  asumir la  tensión   de quien  impone el orden para no colocarnos en el lugar de la autoridad. No podemos separar la figura del agresor de la  autoridad,  que  nos  trae  nefastos  recuerdos  vividos  en carne propia.

 Pero esto no conduce a la libertad, es más, paradójicamente nos  bloqueamos  y  actuamos  desde una permisividad  sin  contacto,  cayendo   en  la  desorganización  de la  falta de límites, y  esto lleva  a los  hijos al rebote. Generalmente a otro tipo de rebote, puede que menos reactivo, más comprometido, incluso más dialogante, pero rebote.

Cortázar, en sus historias sobre esos seres no tan imaginarios que define como cronopios y famas, cuenta ésta, que al menos  en mi deja un cierto regustillo, lo cual señala que me atravesó con su ironía.

" Los cronopios no tienen casi nunca hijos, pero si los tienen pierden la cabeza y ocurren cosas extraordinarias. Por ejemplo, un cronopio tiene un hijo, y enseguida lo invade la maravilla y está seguro de que su hijo es el pararrayos  de la hermosura y que por sus venas corre la química completa con aquí y allá islas de bellas artes y poesía y urbanismo. Entonces este cronopio no puede ver a su hijo sin inclinarse  profundamente  ante él y decirle palabras de respetuoso homenaje.

El hijo, como es natural, lo odia minuciosamente. Cuando  entra en edad escolar, su padre lo inscribe en primero inferior y el niño está contento entre otros pequeños cronopios, famas y esperanzas. Pero se va desmejorando a medida que se acerca el mediodía, porque sabe  que a la salida lo estará esperando su padre, quien al verlo levantará las manos y dirá diversas cosas, a saber:

-¡Buenas salenas cronopio cronopio, el más bueno y más crecido y más arrebolado. El más prolijo y más respetuoso y más aplicado de los hijos!

            Con lo cual los famas y las esperanzas júnior se retuercen de risa en el cordón de la vereda, y el pequeño cronopio odia empecinadamente a su padre y acabará siempre por hacerle una mala jugada entre la primera comunión y el servicio militar. Pero los cronopios no sufren demasiado con eso, porque también ellos odiaban a sus padres, y hasta parecería que ese odio es otro nombre de la libertad o del vasto mundo."

 

Desde posturas que intentan ser más progresistas y conciliadoras, a la  hora  de gestionar las  normas  en la familia, cuesta entender que el hecho de marcar el límite tenga  también su vertiente positiva.

Por  eso  es  bueno  saber que, la actitud clara del otro actúa como un pilar, en el que a veces nos  apoyamos, como algo sólido y estable, que permite que nos descarguemos de responsabilidad y  nos da seguridad. La posición del otro, refleja no sólo donde él está sino también donde está conmigo. Su atención y preocupación por mí.

Aspectos que muestran donde el otro se hace visible, delimitando y  conteniendo,  en el  sentido de con -tener o tener con. Así  toma  cuerpo una  relación  en  la  que básicamente estás  a mi lado frente a la soledad y  la inseguridad, aunque esta proximidad no  excluya   el desacuerdo.

Ciertos padres no entienden que sus hijos de 13 años necesitan de alguna manera que se les marquen los limites de las pequeñas cosas cotidianas, en lugar de  devolverles constantemente a la autonomía sobre la gestión de su vida. Cuando los chavales les lanzan a bocajarro, un es que a ti no te importo, o, un  es que a ti te da igual todo, se quedan verdaderamente  a cuadros. Dentro  del  supuesto  respeto al  otro,  ellos  deben asumir la  responsabilidad de levantarse y  no  llegar  tarde, prepararse  el  desayuno y la  merienda,  coger  el  autobús, tener  en  cuenta  los deberes, decidir la  hora  conveniente de volver  a  casa, los  gastos...

Administrar el  esfuerzo  y  ajustar   el  tiempo  no  es  tan  fácil,  ayuda  mucho   que  el  otro me  devuelva el  principio de realidad  y   me  dé el  punto  de  vez en  cuando.

El "No" de los adultos marca  el límite durante mucho tiempo, esto es positivo y necesario mientras no se resuelva definitivamente el conflicto con  la identidad. Para saber  donde estoy y quien soy yo, necesitaré utilizar esta frontera de demarcación.

El escollo estriba en la forma, en el cómo ponemos el límite y en la propia capacidad de los adultos de resistir la embestida y permanecer con calma  el tiempo que haga falta en la rigurosidad de una posición acordada. La dificultad reside en no dejar que se nos cuele la injusticia a través de nuestra propia rabia, ni la debilidad de la inseguridad y las dudas de que podemos perderlos.  Cuando  sentimos  que  la base que  forman los  afectos  no  es  bastante  sólida,  inconscientemente tememos dar motivos para que se alejen y  nos  abandonen, como quizá nosotros hicimos en su momento.

Si    la  autoridad  perdió su  funcionalidad,  decimos, decimos y ya podemos seguir diciendo, que por más  que digamos, realmente  no va  a   pasar  nada, y  esto  solo  nos  desgasta.  Tal vez no  consigamos que nadie nos haga  caso sencillamente porque  los primeros  que constantemente nos  desautorizamos somos  nosotros. En  el  intento  de parecer fuertes ponemos  límites  y  damos  ordenes  que solo  sirven  para  un momento, no llegan  a  crear una estructura.

Algunas cosas tal vez nos puedan ayudar, para construir una  autoridad  que  funcione, una tiene que  ver con la constancia, la permanencia en la propia coherencia, otra con la  flexibilidad  de ver  y escuchar  al otro. De la  coherencia  viene  la tranquilidad de quien  esta en su verdad, de la  escucha y el reconocimiento a la  verdad del otro emerge  una  importante vacuna  sobre  la  injusticia y la  rabia  de quien entra a rivalizar perdiendo de paso la  objetividad.

Entender el desacuerdo  como un acto  de cariño y ejercerlo desde la comprensión, aceptar la diferencia de posiciones enfrentadas y el hecho de ceder o no ceder, es una de esas tareas fundamentales que  a los educadores nos cuesta  hacer.

En esta  línea  otra cosa útil a saber es que existen muy pocos "Nos" que  podemos decir para reforzar una posición  y al mismo tiempo mantenerlos durante un tiempo relativamente largo, necesario para que formen estructura.

Esto significa que la mayor parte de los "Noes" rotundos e inamovibles, con los que enganchamos nuestra autoridad en los momentos de furia, sirven para bien poco, pues no son capaces de conservar su verdad en los momentos de calma. Lo que quiere decir que si abusamos de ellos, por el mismo camino que entramos perderemos la fuerza.

No está de más no olvidar que con los niños la relación de autoridad se sitúa en unas coordenadas de franca asimetría y desigualdad. Ejercida desde los más floridos argumentos intelectuales, el adulto siempre elabora y tiene los mejores argumentos, o al menos los más incuestionablemente razonables. Y, si  es desde la fuerza física,  tampoco,  el  niño,  se encuentra en condiciones de competir. Por eso el riesgo de caer en el  abuso está más cerca de lo que nos puede parecer. La descompensación se acentúa porque el niño, además, nos necesita y, por tanto, no cuenta con la opción de ser radical en su rechazo.

El valor y el respeto los adquirimos como consecuencia del reconocimiento del otro, a través del miedo solo conseguiremos que se nos depositen gratuitamente, y a esto ya no le cabe el nombre de autoridad funcional sino de  insano ejercicio de poder.

Precisamente porque el orden y la estructura son necesarios para la organización de la vida, la autoridad puede ser funcional.

Funcional es precisamente  un termino que encaja mal con la rigidez de la jerarquía piramidal, pues  se refiere  a que la dirección la lleva quien esté mejor preparado o capacitado. En las relaciones familiares, el peso del reconocimiento suele estar descompensado. En parte tiene su lógica ya que los padres  tienen más posibilidades de contemplar perspectivas globales y complejas de ciertos acontecimientos, dominan mejor las secuencias espaciales y temporales, así como las relaciones de causa y  efecto lo que les permiten conocer la continuidad y planificar y ordenar mejor la realidad, pero muchas, muchas veces los niños tienen razón.

En general, al menos a mi modo de ver, ellos disponen de un  conocimiento profundo de lo esencialmente importante, mantienen un inequívoco sentido de la justicia y suelen  manejar mejor que los siempre apresurados adultos el tema del  ritmo y el compromiso. También logran tener un acceso más rápido, directo y simple,  para identificar el placer y  las situaciones divertidas, y es de gran ayuda que nos bronqueen por las miles de veces que les fallamos y por las cincuenta cosas que siempre se nos ocurren antes de salir para la playa.

 

 

UN POCO MÁS DE GEOMETRÍA.

 

En este mapa que componen las complejas interacciones interpersonales, es importante sentir  el sitio que cada cual ocupa, para  ver como desplazarse por el espacio e  ir configurando nuevos sistemas y nuevas realidades. Siguiendo este juego de la geometría, te  propongo acabar echando un vistazo a algunas particularidades de la pre y adolescencia. Donde los propios cambios fisiológicos y emocionales con los que se ultima nuestro crecimiento van a provocar ciertas situaciones diferentes y especiales.

Los adolescentes  han de afrontar el cambio, lo cual siempre es inquietante, pues los puntos  de referencia  comienzan a  tambalear y el mapa de nuestra identidad se desestabiliza. Mi cuerpo ya no es el mismo, yo no soy yo mismo y tú, tampoco. Al niño que fui no lo encuentro en estos zapatos del 42. Los padres tan poderosos ellos, tan  capaces de cubrir  TODAS nuestras necesidades, también se apearon mientras crecíamos. La "muerte" del niño, la "muerte" del padre inclina drásticamente la balanza hacía el principio de una realidad  que francamente asusta. Las cosas entrañan una definición que las concretiza, más allá de uno mismo, definitivamente  se dejó de ser el sol del universo.

No quisiera que pecásemos de simplistas  a la hora de abordar este momento de la  y adolescencia, en el que la maduración tanto  física como psíquica, entraña  múltiples cruces e interrelaciones que implican aspectos biológicos, emocionales y sociales de una gran complejidad. Pero, aunque  sea  brevemente, me parece importante hablar algo que en general tenemos bien conocido, y padecido,  como es la  intransigencia del adolescente, para oponer en  su  descarga, la profunda dimensión de sus duelos, de sus miedos y  su  desconsuelo,  cuando  este  proceso  se vive desde la soledad y la incomprensión e impaciencia.

En la  adolescencia asistimos, por segunda vez,  a un decidido predominio de lo biológico. Tras años, donde la influencia de lo social y  educativo estuvo encaminada a frenar los impulsos, a dominar los instintos para desarrollar mecanismos racionales y adaptativos, de pronto nos  vemos abocados a la realidad  incontrolable del cuerpo. Tanto esfuerzo, para entrar en el molde y lograr que mi cabeza dirija mi vida, para  acabar tirado, abandonado miserablemente a "los caprichos del destino".

Me salen pelos, tetas, cambia la voz, me lleno de granos, crezco, ensancho, me estiro... Me ocurre tan de todo, que la atención no tiene más remedio que  posarse en ese estrecho territorio que es  uno mismo. De vuelta al protagonismo de lo corporal (emocional), que parecía haber quedado en un segundo plano allá por los 9-10 años, encontraremos casi intactas los temores e inquietudes que dejamos allí.

Estamos en un momento donde se reactivan las  carencias  e inseguridades más significativas que veníamos arrastrando,  o  que  fuimos  intentando  compensar. Pero  ahora el cuerpo no puede ser controlado, no pregunta, escapa a la conciencia,  reacciona,  y  salen.

La actitud  frente al displacer de los  contratiempos se hace hipersensible.  Aparece   esa  exigencia de lo  inmediato tan  tintada  de intransigencia,  en la relación  con el exterior,  que  en  el fondo pretende  compensar la sensación  de descontrol  interno.

 En el fondo, no estamos tan lejos de caer en:  ¡hasta mi propio cuerpo me ignora, no cuenta conmigo! Y esto  me  suena. Pero sabemos  que hay diferencias substanciales,  en la irritabilidad o la angustia, que puede  emerger  de la sorpresa de que por vez primera "pasen" de mí,  al como siempre, otra vez más no se cuenta conmigo. Por lo  que no  será lo mismo llegar  a  esta  edad  como  culminación  de un  largo periodo de  desencuentro   e  incomunicación   o  tener  que pasar la marejada  en un buen camarote. Del  mareo seguramente  no te libras pero...

El adolescente ha de plantearse  una serie  de cuestiones  existenciales significativas siendo  además  capaz  de mantener el  equilibrio  en  la inestabilidad. Los  tres  duelos  básicos  de este momento,  como  señala Aberastury,  el  duelo por  el niño que fui,  el  rol  infantil, el duelo  por  los padres  de la infancia, el  duelo  por  el cuerpo en el  que  me reconozco.

Los  adolescentes, se proyectan como en un espejo, en el espacio exterior, al fin y al cabo, es lo único que no parece haberse movido. Y es cierto que lo aprovechan para vomitar y descargar en él su caos, su tremendo desorden, su intransigencia, su inseguridad, para depositar sobredimensionado su profunda necesidad de ser querido, comprendido, respetado. Pero también lo es, que te  hacen el regalo de mover con la acidez de su crítica los anquilosados pilares del conservadurismo,  de ese adulto doblegado a la servidumbre de la rutina. Y, desde ahí, te dan la oportunidad de recuperar uno de los valores más preciados, aunque no por ello menos  olvidado, que quedó abandonado en la cuneta del camino hacia la uniformidad: la esperanza por un mundo mejor. 

Ellos apuestan por el cambio, y se lanzan con la frescura  del que no tiene nada que perder, al fin y al cabo todo, incluido él, está por descubrir. La biología "empuja"  la energía hacia la pelvis, la sexualidad, la lucha por el placer irrumpe con fuerza, sin duda un buen substrato para la sana rebeldía.

A pesar de lo dicho, el adolescente con demasiada frecuencia entra en la depresión, en la resignación del que sabe, por experiencia, que haga lo que haga nada va a cambiar. Del que mira a su alrededor y no espera, pues recuerda del otro que estuvo lejos cuando lo necesitó. Saberse solo lo lleva sentirse aún más débil e impotente para acometer la empresa de tener ideales, de mejorar el presente, de cambiar la realidad que han dejado en sus manos. Ya no cabe pretender  ir a descubrir el Mundo, como  si  fuese una  fantástica  aventura, más bien lo que hay que aprender es a huir, a fugarse  como sea, y lo antes posible.  La evasión se instaura en solución.

Los padres tampoco logramos escapar de compartir el reflujo de su crisis. Ellos ganan autonomía y nosotros debemos ceder el sitio, ¡con lo que nos costó conseguirlo!, y para colmo  nos machacan con discursos similares a los que hicimos no hace tanto frente  a nuestros propios padres. ¡Parecidos! Que injusto, con lo que nos esforzamos por ser tan diferentes. Una  vez más, si el adulto no contiene y no elabora, correrá el riesgo de rivalizar, de colocarse en el mismo plano y desenterrar el hacha de guerra, o de tender defensivamente a ridiculizar  y menospreciar.

 Debemos, además, devolver esa omnipotencia, desprendernos de ese tenerlos incondicionalmente, que nos hacia sentir tan importantes, tan queridos mientras ellos eran unos retacos. ¡Con lo lindo que nos quedaba el traje, con lo bien que cubría algunas de nuestras inconfesables carencias afectivas!

Y es que  nosotros, padres y madres, también nos quedamos más solos cuando ellos se van. Ellos marchan al Mundo, cambian, mientras nosotros nos quedamos aquí, un lugar  que no siempre nos gusta. El acto  de tomar conciencia fuerza a que  nos cuestionemos en que diablos estamos invirtiendo nuestra vida. Esa vida que de pronto, al mirarlos y ver  hombres  y mujeres, nos damos  cuenta  que va pasando,  despertando esa voz misteriosa que  siempre nos hace la más terrible de las preguntas: ¿realmente eres feliz?

El adolescente (y  preadolescente), necesita encontrarse, identificar su Yo, si en los estadios previos de la maduración, este individualizarse estuvo cargado de ansiedad y dificultad, ahora la presión podrá destapar la olla, y hacer aparecer la crisis con toda su intensidad y virulencia. En este delicado momento, un precario equilibrio llega  a desestabilizarse con facilidad, manifestándose con patologías tanto de orden afectivo relacional como somático.

Cuanto  más cohesionado sea el substrato del Yo con más recursos contará en sí mismo y no precisará recurrir a formas de identidad más primitivas. Al  estilo  del como no sé quien soy me hago como tu, adopto tus valores, tus modales, hasta tu forma de andar. Soy tu,  yo igual a ti.  U otra típica búsqueda de la identidad, por oposición. Saberse en base  a lo opuesto es un mecanismo rápido y simple, en el que tu me devuelves a mí: si eres blanco, pues yo negro; si azul rojo, sí rojo verde, si verde azul, (juego de colores que nos traen a la memoria las  banderas del discurso político).  En ambos casos, la debilidad obliga a ir bambando de un lado a otro, sin recuperar el timón y conducir el destino, desde una posición más crítica y real.

Realidad, palabra de peso, pues como saber lo  que  es real, ahora que  me siento tan irreal, que apenas puedo contar conmigo. Y me vendría bien contar contigo aunque  en  mi experiencia   quizá  no queda  claro si tu  estás  para mi  o para  utilizarme. Y aquí aparece  otra cosa que va  a estar a prueba, la Confianza. En   situaciones  de inestabilidad  contar  con el otro  es tan  necesario como  arriesgado,  así  que tendremos   que  afrontar  la incertidumbre  en sus dos vertientes, la que gira hacia uno mismo y la que recae en los otros. Sabemos bien del efecto devastador en los adolescentes  de las traiciones y  desengaños  afectivos  en  particular dentro de su grupo (su  familia  social,  su tribu).

La percepción en adolescente pasa por lo que podríamos llamar un "normal estado disperceptivo", con lo  que  nos  referimos  a  que  es un  tanto rara. Estamos en cierta medida frente a una reorganización de la psicomotricidad, ante una nueva distribución energético - funcional,  y  eso tiene  sus consecuencias. El sistema vestibular se ve comprometido y con él la organización del espacio y el  tiempo. No pudiendo recurrir a la estabilidad del espacio corporal, la noción de tiempo también se va al traste, los andamios biológicos de la identidad están en reformas, así que no queda más remedio que echar mano a las  verdades existenciales. ¿Qué  será  de mi vida? ¿Quien soy, de dónde vengo, a dónde voy? Preguntas  para las que el colectivo humano, tras siglos de existencia, no  acertó  a encontrar algo  consistente. Más bien  parece que sólo alcanzó a dar una respuesta de este estilo: Ni idea, lo único que hay seguro en  este mundo es que un día morirás. ¡Pues si ahora que no se quien soy  me tengo que reafirmar  en la segura certeza de que dejaré de ser, apaga y vámonos! (Y es que no hay nada como unas palabritas de aliento).

El adolescente maneja mal los límites porque su  continuo movimiento suele estar descontrolado y  por esa razón desordenado por  lo  que  al menor descuido anda chocando con ellos. El límite de las normas,  de las responsabilidades, del respeto al otro, son como tablones, con los que uno tropieza  ¡Ay!, y se para. ( Digo ¡Ay!  conscientemente porque se hacen daño). Y así suelen acabar rabiando por la injusta y traicionera sorpresa de no saber que eso estaba ahí. ¡Pero, ¿cómo que no saben ?, si nos pasamos la vida repitiendo, negociando, dialogando, mandando, imponiendo, si ya hemos agotado todas las formas conocidas de comunicación humana! ¡Como que no saben, mucho cuento, mucho egoísmo, mucho caprichito de niño mimado  es lo que tenemos!

Pues  sí, pero la verdad es que esto no es del todo falso, o al menos digamos que no saben que lo saben. Su memoria es como una especie de colador incapaz de retener, donde las cosas no permanecen lo suficientemente quietas como para cuajar, en el que el desorden llega ser tan grande, que uno olvida donde las dejó.

Algunas voces dirán, ¡que un cuerno! Todo es puro egoísmo, ya que tienen una no sólo fina, sino intransigente memoria  selectiva, de elevada  factura para lo que tiene que ver con él o con sus amigos. Es cierto, más tengamos en cuenta  que ambos forman parte del territorio del lo mío, son sus cosas, son Yo, en cambio sus dificultades están en el terreno del tu, de recordar y tener en cuenta lo que tiene que ver con el otro.

Pararse, cuando lo único cierto es la inmóvil y fría muerte, suele ser demasiado arriesgado. Aunque el juego y la fantasía con la muerte, a ciertos niveles, no queden exentos de seducción en la  adolescencia. En  especial por lo que suponen de  recuperar protagonismo, lograr de nuevo que la realidad gire entorno a mí, saberme en  el centro  de  algo  realmente grande. Me atrae, en mi sueño, ver tu dolor por mi ausencia, señal inequívoca de tu amor. Los amigos, la familia, la gente del barrio, todos con su duelo  manifiestan con su afecto mi  importancia, vuestras lagrimas chorrean como un bálsamo que alivia mis heridas, consuelo de mi tristeza, compañía en la soledad. Ahora   puedo  descansar, incluso perdonar. Que agradable,  que bien me sienta ser espectador de  tan conmovedoras y reconfortantes imágenes... (¡Claro que para ser  espectador la  condición indispensable es que  estés vivo!)

Reconocer que ciertas cosas son definitivas, que no siempre hay segundas oportunidades, ni repescas, ni vuelta atrás, ni reparación posible, es asumir  la vida en su plenitud aquí y ahora, con todas sus consecuencias. En realidad en esto residirá  la grandeza de nuestra simplicidad, pero ellos aún no lo saben, (y nosotros, estoy  segura de que tampoco).

El adolescente vuelve a precisar del otro, eso es evidente, aunque  ahora  el otro que antaño fue la madre, el padre, la familia, pase a ubicarse  en una dinámica  más amplia. Como suele ocurrir en muchos procesos el principio y el fin de alguna manera se acercan, así podemos observar como para el adolescente se crea básicamente de nuevo la tensión, la reactivación, del círculo definido ahora  desde lo social: Yo y el Mundo.

El niño y la niña quedaran condicionados por las circunstancias propias de este momento madurativo, donde las hormonas  campan a su agrado. Cuando ya no puedo mirarme al espejo y ver quien era y tu tampoco  pareces tan ideal ni magnifico, ni fuerte como fuiste. Donde al menos yo no tengo ni la menor idea  de cómo va acabar esto y no puedo identificarme con el adulto que seré. Aquí en el tramo adolescente, donde todo se mueve, y casi no alcanzo a utilizar un referente que no caduque al día siguiente, aquí que la realidad no permite ser obviada y la imaginación  de momento se encuentra en cuidados intensivos, donde se me olvidó como se juega al escondite y no sé que demonios voy a hacer para escaparme un rato a tomar un respiro.

En esta encrucijada, vuelve a tener pleno sentido el intento de buscar una configuración que tienda a lo circular: Yo y el Mundo. En la parte del maltrecho Yo pondremos,  para reforzar nuestra dimensión amplificada, así, para hacer peso seremos YO y todo lo mío, desde mis vaqueros, mi música hasta mis colegas. Y un Yo, lo más clarito posible, lo que significa un hueco bien clarito frente a los demás. En estos momentos lo importante es salir de la indeterminación, que ello sea a través de llevar el pelo corto, largo, rasta, amarillo o a trencitas, con los pantalones rotos o bien planchados, la  minifalda,  el percing o el  equipo  de sufragista, no deja pese a su hondo significado diferencial de ser elementos secundarios. Por que un Yo, cuanto más concreto, más acarrea la  carga de lo individual, de lo definido, de lo limitado, de lo finito.

Por el contrario el  contrapeso en la balanza del  Mundo exterior con su enorme variabilidad se engrandece y se extiende hacia lo infinito. Lo que decididamente descompensa las fuerzas y no permite que perdure la situación circular primitiva, cerrada. Es como sí las puntas  al no llegar a juntar tirarán hacía fuera trasformando el circulo en espiral.

Definitivamente se rompe la dualidad arcaica gratuita e infantil. A partir de ahora YO deberé responsabilizarme de cuidar  mis afectos, de asumir mis aciertos y mis errores, conducir mi vida, aceptando el placer incluso de hacer feliz al otro. El ser humano afronta su dimensión no sólo social sino universal y cósmica, y es en esta medida que trasciende las estructuras básicas de las relaciones circulares y triangulares para acceder a  una  geometría  de formas complejas que integran diversas superposiciones. Como el cuadrado con sus lados idénticos, que permite acoger al círculo en su interior, y donde un lado alcanza una relación de continuidad con los otros dos, quedando aislado del tercero. 

Sirva para  acabar esta sutil imagen que nos da el arquitecto japonés Tadao Ando:

"La elipse tiene dos focos, y a diferencia de un movimiento rectilíneo o de la regularidad circular, es la forma que sugiere el movimiento. Se trata en otros términos, de un movimiento que tiende a establecer un cara a cara, al colocar al otro en el opuesto al punto de referencia que ocupa uno mismo. Es el desapego y la revolución del consciente y del inconsciente. Es el desgarramiento de la consciencia entre el vuelo y el deseo de permanecer siempre inmóvil. La elipse, lugar geométrico que podría calificarse de reversible, no es más que un simple vagabundeo ciego; es el lugar geométrico de la búsqueda de la Verdad.

Si la entrada al huevo cósmico significa un nuevo renacer, el arco simboliza un salto al "origen", pues su objetivo no esta ya en el centro de la diana, sino más allá. Pues el arco tensado abarca la totalidad del universo, síntesis tanto del momento actual como el pasado, pues en cada aquí y ahora se recoge la totalidad y la plenitud de la existencia. En cada presente me soy con toda mi historia, es más sólo soy en cada presente, intensamente vivo en cada instante".

  

  

  

  

 

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